Un ser despreciable
“Odio a ese hombre que esconde una cosa en su corazón y habla otra.”
Homero
Antínoo fue, según el relato homérico, uno de los pretendientes de Penélope, esposa de Odiseo. El héroe, desaparecido tras la Guerra de Troya, dejó un vacío en el trono de Ítaca que muy rápidamente intentó usurparse por varios hombres que codiciaban hacerse con el poder en el reino. Penélope le esperó durante veinte años, tejiendo y destejiendo, y su hijo, Telémaco, tuvo que enfrentarse a los que, como aves de rapiña, querían a toda costa ocupar el lugar de su padre. El primero de los pretendientes se presentaba ante Penélope como alguien que garantizaría la estabilidad de Ítaca, en ausencia del rey, apelando a la humana debilidad de la reina. Sin embargo, el rostro de Antínoo emanaba una desconfianza absoluta: de torva mirada, de sonrisa torcida, de carcajada sonora, su alma oscura se dejaba entrever con nitidez, asomándose como una rata. Sus palabras, mero disfraz de una mente emponzoñada, no encubrían su postulación al trono, a costa de todo y de todos. Fue un cobarde, que conspiró sin éxito contra el hijo de Odiseo, trató de ponerse detrás de otros cuando fue descubierto; solo era capaz de referirse a Odiseo a su espalda, cuando no estaba, para difamarle; y, conforme a su mezquina naturaleza, únicamente se enfrentaba al que -erróneamente- consideraba débil desde su mediocre perspectiva de las cosas: la propia de un filtrador, de un torpe conspirador, de un desleal…de un ser despreciable.
Hombre sin valía alguna, mera cáscara, al que ni la apariencia ya le podía cubrir, pues el mal, como el hedor, transpiraba en todos sus gestos. Nadie se llevaba a engaño en su presencia. Y así fue, hasta el punto de que él, que tanto quería, que tanto ambicionaba, que no respetaba nada ni a nadie, fue el primer engañado. Porque a Antínoo le faltó algo muy importante: inteligencia. Hubo alguien, mucho más habilidoso que él, que sí supo actuar en la sombra y no solo regresar a casa, sino hacerlo con toda la gloria, más aún ganada a costa de un pobre diablo que intentó sumirle en el olvido, silenciarle para siempre y, en cambio, lo encumbró, sin pretenderlo, de una forma plena y admirable, perdiendo todo en el camino, y pasando a la leyenda como el ejemplo de aquello que no hay que ser en la vida.
Homero -autor rodeado por la niebla de un pasado muy remoto, pero plenamente fino y atinado- escribió la Ilíada y la Odisea hace milenios. Pareciera que lo hubiera hecho hoy.