El riñón que no pienso comprar ni aceptar (antes me como el mío al ajillo)
Hace una semana recibí una noticia que te coloca, sin anestesia, frente a tu propia biología: mi creatinina ha subido. Y cuando solo te queda un riñón, esa frase no es un número en una pantalla, es un telegrama del destino. De pronto, la vida se reduce a dos palabras que suenan a ultimátum: diálisis o trasplante.
No voy a fingir serenidad. Lo primero que pensé fue: “¿Y ahora qué?”. Lo segundo: “¿Y por qué a mí?”. Y lo tercero —porque uno también es hijo de su tiempo— fue recordar esos reportajes donde alguien, acorralado por la pobreza, decide vender un riñón como quien vende una bicicleta vieja.
Me pregunté, con la mezcla incómoda de arqueólogo-periodista y paciente, si eso podría ocurrir aquí. Busqué. Leí. Y respiré.
Porque en España, comprar o vender un riñón es ilegal sin matices. No se puede pagar, ni cobrar, ni intermediar, ni insinuar. La ley es tan clara que casi da gusto leerla: la donación solo puede ser altruista, y cualquier intento de convertir un órgano en mercancía entra directamente en el terreno del delito grave.
Y pensé: menos mal.
Porque yo, que ahora mismo soy un posible receptor, no podría comprar un riñón, aunque quisiera. Y no quiero. Ni puedo imaginarme llamando a nadie para pedirle que me venda un trozo de su cuerpo. Ni siquiera contemplo la donación altruista de un vivo. Antes me como mi riñón al ajillo.
Además, ya sabemos cómo funciona el lenguaje: hay cosas que valen un ojo de la cara, y otras que “te van a costar un riñón”. Pero una cosa es la metáfora… y otra muy distinta convertirla en transacción.
Uno sigue leyendo y descubre que Irán es el único país del mundo donde existe un sistema legal de compensación económica por donar un riñón. Aquí, en cambio, la ONT recuerda que la única vía correcta es el circuito hospitalario y que cualquier oferta privada es un indicio inequívoco de ilegalidad.
En España hemos decidido algo simple y enorme: el cuerpo no se vende. Ni por necesidad, ni por desesperación, ni por ingenio.
Y sea lo que sea lo que venga, estoy tranquilo. Porque de dos cosas sí estoy seguro: que algún día nos tenemos que morir… y que estamos en el mejor país del mundo para retrasar ese momento gracias a su sanidad pública.
Quizá por eso, cuando fuimos peces, entendimos que la vida se cuida, no se negocia. Y aquí, por suerte, aún lo recordamos.