TecniLAGía, tecnología sin tecnicismos

Lo que nos enseña España campeona (y lo que nos negamos a aprender)

El domingo, mientras Ferrán Torres celebraba un gol que llegaba en el minuto 106, algo se confirmó que ya intuíamos desde hacía meses: esta España no ha ganado el Mundial por tener el mejor futbolista del planeta. Lo ha ganado por tener el mejor equipo.

No hay una sola estrella que sostenga esta selección. Hay un capitán, Rodri, que se lleva el Balón de Oro del torneo por leer el juego mejor que nadie, no por regatear más. Hay un portero, Unai Simón, que encaja un solo gol en ocho partidos porque delante de él hay una línea que defiende como bloque, no once individualidades. Hay un chaval de diecinueve años, Cubarsí, premiado como mejor jugador joven, que entiende que su función es sostener el sistema, no lucirse por encima de él. Y hay, sobre todo, un vestuario que ha decidido, partido tras partido, que el escudo pesa más que el ego.

A mí esto no me sorprende. Llevo años defendiendo, en los equipos que he construido y en los que espero construir, una idea muy simple: prefiero a alguien dispuesto a dejarse la piel por encima de alguien simplemente talentoso. El talento sin entrega se queda en promesa. La entrega sin talento, al menos, suma. Y cuando encuentras a alguien que tiene las dos cosas, talento y disposición a sacrificarse por el grupo, ahí es cuando un equipo deja de ser una suma de nombres y se convierte en algo capaz de ganar un Mundial, o de sacar adelante cualquier proyecto que de verdad importe.

Ojalá lleváramos ese mismo espíritu a otros ámbitos donde España se juega tanto o más que en un campeonato. Pienso, por ejemplo, en cómo gestionamos la innovación.

Hoy, buena parte del esfuerzo inversor en I+D+i en nuestro país se organiza por comunidades autónomas: cada región con su propia estrategia, su propia agencia, sus propios fondos y, con demasiada frecuencia, su propio afán de figurar antes que de sumar. El resultado es un presupuesto troceado en diecisiete pedazos que compiten entre sí por los mismos talentos, las mismas empresas tractoras y los mismos titulares, en lugar de complementarse hacia un objetivo común. Duplicamos estructuras, diluimos masa crítica y, al final, ninguna región alcanza la escala que sí tendría España si jugara como selección y no como diecisiete clubes rivales.

Nadie discute que Madrid, Cataluña, el País Vasco o Andalucía tengan sus propias fortalezas, sus polos tecnológicos, su identidad. Tampoco un futbolista deja de ser del Barça, del Madrid o del Athletic cuando se pone la camiseta de España. Pero cuando toca competir de verdad contra Alemania, contra Francia, contra Estados Unidos o contra China en la carrera por la innovación, lo que cuenta es la selección, no el club. Y una selección no gana un Mundial si cada jugador antepone su interés particular al del conjunto, igual que un país no compite globalmente en innovación si cada comunidad prioriza su propia bandera antes que la del conjunto.

Esto no va de recentralizar por recentralizar, ni de negar el papel de las regiones. Va de tener, además, una estrategia de país: proyectos tractores de innovación con capacidad real, financiados a la escala que exige competir con las grandes potencias, donde cada comunidad autónoma aporte su fortaleza específica al servicio de un objetivo compartido, en lugar de dispersar el presupuesto en diecisiete estrategias que compiten entre sí por los mismos recursos y el mismo talento.

España acaba de demostrar, otra vez, que sabe ganar cuando juega como equipo. Once jugadores, un capitán, un objetivo. Quizás sea buen momento para preguntarnos por qué no aplicamos la misma lógica a la innovación, que es, al final, el partido más largo y más importante que tenemos por delante.