El penúltimo capítulo de la historia más antigua jamás contada
Leí hace unos días una entrevista a Juan María Nin en la que afirmaba que la inteligencia artificial es “la heredera del pensamiento humano y su prolongación más radical”.
Al contar la historia de IA, hablamos de algoritmos, de modelos de lenguaje, de chips cada vez más potentes y de los riesgos que todo ello plantea. Parece una revolución nacida hace apenas unas décadas. Pero ...
¿Y si ésta hubiera empezado hace casi catorce mil millones de años?
Hemos contado la evolución como la historia de las especies desde la primera que apareció, hasta nosotros. Pero tal vez podamos entenderla como una sucesión de soportes cada vez más capaces de conservar, transformar y transmitir información. Veamos ...
Primero fueron las partículas.
Después los átomos.
Más tarde aparecieron moléculas capaces de copiar información sobre sí mismas: primero el ARN y después el ADN.
Con la aparición de los cerebros, por primera vez la información no solo podía heredarse, sino que también se podía aprender.
Luego llegaron el lenguaje, la escritura, los libros, las bibliotecas e Internet.
Cada transición permitió que la información sobreviviera un poco mejor a la fragilidad de quienes la transportaban.
Y ahora asistimos a otro cambio, hemos construido sistemas capaces de trabajar con información de maneras distintas que, hasta hace muy poco, considerábamos exclusivamente humanas.
No sé si algún día serán conscientes ni si ya comprenden aquello que procesan. Ni siquiera sabemos todavía qué significa exactamente comprender.
¿Estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo soporte para la información?
Si la respuesta fuera afirmativa, la IA ocuparía un lugar dentro de una historia muchísimo más larga: la de cómo la materia ha ido encontrando formas cada vez más sofisticadas de organizar información.
No afirmo que ésta sea la explicación correcta. No tengo pruebas, es solo una intuición, una forma distinta de mirar. Pero las intuiciones, cuando son fértiles sirven para formular mejores preguntas.
Quizá por eso me interesa tanto la inteligencia artificial. No porque vaya a sustituirnos o a salvarnos, sino porque nos obliga a preguntarnos qué somos nosotros.
Si una máquina puede conversar, razonar, aprender y colaborar en la construcción del conocimiento, la pregunta deja de ser qué pueden hacer las máquinas y pasa a ser qué entendíamos exactamente por inteligencia e incluso por conciencia.
Quizá la inteligencia nunca fue el final del camino de la vida, era una etapa, un nuevo capítulo en una historia que empezó mucho antes de que existieran los seres humanos. Y cuyo siguiente capítulo, sencillamente, todavía no conocemos.
Tal vez dentro de unos siglos la IA no sea recordada únicamente por lo que fue capaz de hacer, sino por la pregunta que nos obligó a formular.
¿Qué significa pensar?
Esa pregunta acabó llevándome mucho más lejos de lo que imaginaba. Me obligó a mirar hacia atrás, hasta el origen mismo de la vida, de la conciencia y de nuestra propia capacidad para comprender el mundo.
De ese recorrido nació Hic svnt dracones, un ensayo que estoy preparando y en el que intento explorar una historia fascinante: la de cómo la materia llegó a organizarse hasta hacerse preguntas sobre sí misma.
Tal vez el conocimiento no avance únicamente encontrando respuestas, sino aprendiendo a formular preguntas cada vez mejores.