¿Podría existir un país gobernado por una inteligencia artificial?
Pensar que la IA puede gobernar un país podría parecer, a primera vista, una extravagancia o algo propio de conversación de taberna, sin embargo, convendría examinarlo con serenidad y, también, quizá con una pizca de ironía moralista. ¿Qué ocurriría si un país fuese gobernado por una inteligencia artificial, teniendo en cuenta que es ajena a intereses económicos, presiones familiares, chantajes, amistades peligrosas y otros lastres que suelen acompañar a cualquier gobernante? En realidad no se trata de una pregunta menor, sobre todo en este mundo en que la política se ha convertido en puro teatro, guerra de intereses y una cueva de ladrones.
La Inteligencia Artificial, en teoría, carece de ambiciones, no aspira a la reelección y tampoco necesitaría colocar a una esposa, un hermano, un cuñado o un amigo en la empresa pública, tampoco teme que un socio preferente filtre conversaciones incómodas ni el qué dirán. La única lealtad de la IA sería el dato, ese juez que no admitiría sobornos u obligaciones de partido. Algunos pensarán que un gobierno así sería inhumano, pero tal vez otros estimen que sería justo, sencillamente porque la justicia —cuando es ejercida sin ningún miedo ni pago de favores— también suele parecer inhumana. La imparcialidad siempre incomoda al que prospera por privilegios.
No faltarán quienes tachen esto como un despotismo tecnológico, pensando que la máquina despertará mañana con deseos de coronarse nuevo rey. Sin embargo, la historia demuestra que los abusos no llegan de la lógica, en realidad nacen de la vanidad. Así pues, si algo distingue a la IA es precisamente la falta de ese vicio tan humano. Así pues, una IA no necesita gente que le aplauda, ni inaugurar rotondas, ni tampoco prometer lo que sabe que no cumplirá, estaríamos ante un programa que no admite demagogias ni cualquier otra ocurrencia que pueda garantizar votos.
Los gobiernos, es sabido, suelen estar sometidos a numerosas presiones. Hoy legislan para contentar a un socio, mañana para apaciguar a un empresario y pasado para evitar que un escándalo les arruine la campaña. El resultado es un país gobernado como el nuestro, con sobresaltos, escándalos y a golpe de talonario. Frente a esto, la IA ofrecería coherencia, principalmente porque no improvisaría decretos, ni rectificaría sobre la marcha convirtiendo excepciones en norma. Además, y esto es lo mejor, tampoco confundiría la importancia del Estado con un proyecto personal.
¿Sería perfecto? Desde luego que no, porque nada lo es. Pero algo que hoy parece utópico podría equilibrar y lograr que las decisiones dejasen de tomarse por simple utilidad electoral. Es, probablemente, la única forma de que la política deje de tratarse como un concurso de simpatías. Y, además, lo más importante es que la IA tendría varias ventajas decisivas sobre cualquier gobierno. La IA no necesitaría fingir que no sabe nada de lo que ocurre a su alrededor, no gastaría en aviones ni en asesores, trabajaría permanentemente sin dilapidar el dinero del contribuyente en palacios vacacionales y no tendría a toda su familia y amigos viviendo a costa del esfuerzo ajeno. La IA ahorraría una fortuna a los bolsillos de todos y seguramente el precio de las cosas volvería a su estado real.
Así sea.