Metaverdad o “ganar el relato”
“Cuando pensamos que estamos dirigiendo, nos están dirigiendo a nosotros.”
Lord Byron
Vivimos una época muy oscura. No se trata solo de mantener la verdad de las cosas oculta tras el velo de la desinformación y de la falsedad en la exposición de los hechos, mediante una concatenación de elementos que se presentan como conexos por razón de tiempo y de materia a voluntad del mejor postor.
No estamos hoy ante el simple uso de la mentira. Hay algo más. Se ha alcanzado un nuevo nivel (no de sofisticación – pues este término tiene una connotación positiva- sino de perversidad) que ha querido denominarse “relato”, siendo la prioridad absoluta el conseguir que tal construcción artificiosa se clave cual estaca en el corazón de la opinión pública como un hecho innegable, utilizando para referirse a esto la infame expresión de “ganar el relato”: viva consagración lingüística y sinónimo de la manipulación de las masas.
Decía Ortega y Gasset que es egregio, y no masa, aquél que busca mejorarse con su propio esfuerzo, esto es: que quiere diferenciarse del colectivo que asume “el relato” como el parámetro de sus vidas, sin cuestionamiento alguno.
Son tiempos en los que se fomenta el sentimiento de masa y se posterga el pensamiento individual. Porque implica esfuerzo. Las redes sociales, con su velocidad, con su lenguaje, con sus formas, han creado el cauce perfecto para trasladar “el relato” de forma general, al ser esencialmente cómodas, apelar a lo primitivo y no requerir actividad de razonamiento alguna, en definitiva: de esfuerzo intelectual.
La metaverdad consiste en tapar la verdad genuina con otra verdad artificial, creada, a modo de monstruo de Frankenstein, con retazos de la oculta y, a continuación, en manipular a ese engendro hasta el extremo de lo ridículo y generar tendencia con él. Ver la ridiculez de la metaverdad, descubrir el engaño, está solo al alcance de quienes, con el sustento de la cultura, de la ética y del pensamiento, sepan ver a través del “relato”, que es sino el mero apodo de esta metaverdad.
Una sociedad la actual que asume, día a día, sin crítica, la caverna en la que vive, a diferencia del mito platónico, en el que aquella cueva no era algo que pudieran concebir de partida quienes en ella habitaban; muy por el contrario, se preguntaban si no habría más mundo fuera de aquellas cuatro paredes que les venían impuestas y de las que salieron solo por su propio esfuerzo, por su cuestionamiento, por su curiosidad.