Mentiras
“Quien no sabe la verdad sólo es un estúpido, pero quien la sabe y la llama mentira, es un criminal.”
Bertold Brecht
Cuando, en la antigüedad clásica, se estableció la dramaturgia como una de las más importantes manifestaciones culturales, su éxito vino dado no solo por el entretenimiento que la obra ofrecía una vez que se materializaba sobre las tablas, por su vocación de fuente de desconexión momentánea de la realidad o por la catarsis que -se decía- aquello que se escenificaba hubiera de producir en el espectador; si alcanzó fama entonces y la mantiene en la actualidad es por una razón muy sencilla: porque el teatralizar la vida no nos es ajeno.
Hoy no es preciso acudir a un teatro para ver grandes puestas en escena. En lo particular y en superiores escalas. Es más: se trata, en el mundo que tenemos, de una práctica imposición, de una cuestión de supervivencia porque, en contextos de falsedad y de cinismo, las dotes interpretativas tienen que saber ejecutarse a un nivel de ser merecedoras de premio, dado que la ingenuidad o la inocencia no solo no son valoradas, sino que conllevan un alto coste, pues, quien de ello peca, ni siquiera es consciente de los golpes que recibe, de los desprecios o de las bromas que causa.
Mentiras: contrarias a la ética más elemental, y sintomáticas de la decadencia de una sociedad, no tanto por quien las produce, sino por no saber identificarlas, entenderlas y ver a través de ellas la intención genuina. Y no se trata de una cuestión de valores (inexistentes en quien miente) sino de un serio problema de inteligencia: porque si ni tan siquiera ante falsedades burdas se es capaz de ser consciente de ellas a pesar de su evidencia, triste destino nos aguarda al quedar a disposición, literalmente, de quienes se están riendo de todos.
Ante ello ¿qué podemos hacer? Solo nos queda la ironía ante las circunstancias de la vida, y el saber jugar un papel en el tablero lo suficientemente habilidoso para conseguir que quienes mienten, aunque no lo perciban, sean los realmente engañados.
Este gran teatro del mundo, parafraseando a Calderón, está lleno de actores, y como en todas las profesiones, algunos son mejores que otros. El oscarizado, el primus inter pares, el mejor de todos, es aquel al que le preguntan si es actor y dice que no y, además, ni se le nota.