El mayor despañadero, la confianza

El martes 21 de julio visualicé perplejo una nueva rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, en donde la Vicepresidenta Yolanda Díaz, en lo que respecta a la no injerencia del poder político en el poder judicial -aquella “excentricidad” de Montesquieu, vaya- aseguraba haber cumplido, en los siguientes términos:  “Bueno, saben ustedes que me dedico a la abogacía y nunca en mi vida nunca- he valorado sumarios judiciales: ni cuando gobernaba el Presidente Feijóo la Xunta de Galicia, ni a día de hoy. Lo saben ustedes porque hay algún gallego aquí presente y lo hago -lo he hecho- a lo largo de toda mi vida. En primer lugar, porque no sería, eh, responsable por mi parte; y, en segundo lugar, porque además observo cómo todos los días correctamente, supongo que sí, mucha gente habla, seguramente -bueno pues… sin la pericia suficiente para ello, cosa que yo no voy a hacer”. Pues bien y entre otras muchas ocasiones: (i) lo hizo en octubre de 2023 valorando negativamente, ni más ni menos que las actuaciones del Tribunal Supremo en relación con “el procés” y con la aplicación de la Ley de Amnistía; (ii) lo hizo de nuevo en noviembre de 2025, en relación con la condena del Fiscal General del Estado, poniendo en la picota otra vez al Tribunal Supremo; (iii) y, cómo no, vuelve a hacerlo y en cada ocasión que se le presenta, con referencia a la tramitación de la causa dirigida contra la esposa del actual Presidente del Gobierno. En esta última, la diatriba que dirige frente al Juez Peinado, sube de tono hasta el punto de referir, textualmente: “todo lo que les he dicho muchas veces: que esta instrucción se va a estudiar en las facultades de Derecho de las que provengo yo”. No vamos a entrar en apoyar o no en este momento la instrucción del Juez Peinado, que para eso está “La Superioridad”, esto es la Audiencia Provincial de Madrid y el exclusivo camino de los recursos como vía de acceso a la tutela judicial efectiva. Habrá así mantenido algunas de sus resoluciones y corregido otras, pero lo cierto y verdad es que el asunto va a juicio oral de jurado por dos presuntos delitos escasamente tranquilizadores. Señora Vicepresidenta: si queremos poner sobre el tapete un claro ejemplo de un caso paradigmático para enseñar en las Escuelas de Práctica Jurídica de toda la nación… ¡Ese es el de David Sánchez! No ha sido ni siquiera capaz de decirnos a qué se dedicaba, ni dónde estaba su centro de su trabajo, ni quienes eran sus compañeros, ni otra serie de circunstancias generales que cualquiera aprende y pronuncia con la debida dosis de verosimilitud y con soltura en cualquier parte y, sobre todo, ante un juez de instrucción. Más inquietante y desazonador es decir -abiertamente así lo dice- si alguien habla o deja de hablar “sin la adecuada pericia para ello”. Lamentamos nuevamente tener que discrepar dicha aseveración: de momento no existe “carné” para ejercer el derecho a la libertad de expresión, pensamiento y de opinión, y sí y por el contrario (artículo 20 de la Constitución) a opinar libremente. ¿O es que también se nos va a decir qué es lo que tenemos que opinar? Naturalmente, esta particular alocución de la Sra. Vicepresidenta vino al caso del expresidente Sr. Rodríguez Zapatero, con constante y machacona alusión a la presunción de inocencia, a la cual y por cierto se alude por el Gobierno y sus “adláteres”, con la indisimulable finalidad de “mantener prietas las filas” hasta en tanto no conste eventualmente dictada una sentencia condenatoria (y, firme, naturalmente, para más señas…). Y -eso sí- con ciertos tímidos y bien medidos reproches, en los menos casos,  Y no es así: si tales “pruebas indiciarias” pueden, como pueden, constituir la base de imputación para un juez de instrucción, cuánto no más podrá extenderse a la imagen pública, confianza y reputación de cualquier persona. Dicho de otra manera: la presunción de inocencia no impide que una persona, estando o no investigada a través de un proceso penal y con todas las garantías y más en el segundo caso, pueda suscitar reticencias y desconfianzas. No hay cabalmente que aguardar a una condena por sentencia firme para recelar o desconfiar de nadie: «El mayor despeñadero, la confianza», que diría Don Francisco de Quevedo. Seamos serios pues y reparemos en los matices, que no son inocuos. No se nos lleve al huerto, por favor.