Lecciones de fútbol
A Sócrates, el sumo inquisidor ateniense, sin duda le hubiera parecido un disparate ver el valor exorbitante que se le concede a un espectáculo en el que dos equipos de fornidos y habilidosos jugadores se esfuerzan durante los 90 minutos reglamentarios, más el resto de los añadidos, dándole patadas a un balón para colárselo al cancerbero. El que más goles marque es el ganador. Y aunque se trate de un juego, a veces el imperativo maquiavélico se impone y en vez de un partido de fútbol lo que tenemos es una batalla campal. Me refiero, naturalmente, a la final de la copa del mundo. Estoy seguro de que lo que voy a decir no es nada nuevo, pero dado lo simbólico de los sucesos, no quisiera dejármelo en el tintero.
La exhibición de maestría futbolística y deportivismo de La Roja ante la marrullería argentina quedó en evidencia. La actitud de los blanquicelestes fue, literalmente, de acoso y derribo, no sólo contra España sino en todos sus partidos. Para colmo, todo apunta a que las decisiones arbitrales estuvieron sospechosamente orquestadas a su favor. ¿Y por qué? Porque, presuntamente, a la FIFA de Infantino y de siempre lo que le interesa no es el deporte sino el dinero y como Messi vende entradas, en este caso las más caras de la historia, se lo perdonaban todo, inclusive una clarísima tarjeta roja. Infantino ya había dado muestras de su corrupción entregándole a Trump el Premio FIFA de la Paz, remachándolo con la cancelación de la tarjeta roja a Balogun, el máximo goleador de los EUA, porque así se lo había pedido el presidente.
Llegada la hora de la verdad, la selección argentina se lanzó a la intimidación del adversario a base del juego más sucio y las trampas y trifulcas a las que ya nos tenían acostumbrados los italianos. Pero como se pasaron de la raya, acabaron con diez hombres y perdieron merecidamente ante el mejor equipo del torneo. A continuación, y en honor a su estilo futbolístico se la armaron a insultos, patadas y puñetazos contra los jugadores españoles, terminando por despreciarles dándoles la espalda en el momento de alzar el trofeo. O sea que acabaron demonstrando lo peor del arquetipo arrogante y pendenciero de lo que en la época de la dictadura y los desaparecidos García Márquez denominara el Coño Sur.
Mientras tanto, Trump compartía la tribuna con la presidenta mexicana y el primer ministro canadiense, a cuyos países había impuesto aranceles y amenazado con la anexión. Y allí estaban también la familia real y el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, como máximos representantes de España, país al que Trump ha vilipendiado y amenazado con la expulsión de la OTAN y la ruptura de relaciones comerciales por su defensa de los palestinos y su oposición a la guerra ilícita de Irán. Pero esa noche se hizo justicia en el terreno deportivo al igual que en el ético y político, y tanto los argentinos de Messi como el vanidoso de la Casa Blanca tuvieron que tragarse el orgullo, aceptar la derrota y darle el premio a quienes se lo tenían merecido.
Pero no termina ahí el cuento, pues lo ejemplar de La Roja no fue sólo la victoria sino su unidad e integridad, las cuales no son sólo una lección para el mundo sino para la propia España, cuya crispación sociopolítica sigue reflejando su congénita invertebración. Aunque las gestas del deporte, por su escasa trascendencia, se vean prontamente relegadas al trastero de la memoria, nos conviene recordar ésta porque apunta a una regeneración colectiva urgente y necesaria.