Fortuna Imperatrix

La caja tonta

Queda ya lejos en el tiempo la tarde en que un ciudadano ejemplar cargaba en brazos, en una mudanza, una televisión cuadrada. Con ella atravesaba la plaza de Santa Ana, en Madrid, como una hormiga un grano de alimento enorme para su cuerpo diminuto, hacia su nuevo domicilio. En ese trayecto, eterno para él, alguien le chistó para preguntarle: “¿Pero adónde vas con la caja tonta?” Por supuesto él ni se inmutó y desapareció, como el insecto laborioso que era, por el agujero de un estacionamiento subterráneo.

Hoy en día la tonta ya no es caja en la que pueda apoyarse un adorno, sino lámina resultante de su loncheado en porciones que se pega con facilidad a una pared. Es por ello frecuente encontrar, incluso en los bares más modestos, varias de estas televisiones lanzando sus atronadores mensajes, multiplicados desde todas las perspectivas, cual ametralladoras barredoras de posibles cabezas pensantes.

Por la misma época en que acarreaba aquel individuo su preciado tesoro camino del hormiguero por el que se metió, el catedrático de Derecho Constitucional Jorge de Esteban escribió en su artículo Un grito de alarma, publicado en El Mundo el 26 de febrero de 1998, que la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo, la famosa LOGSE, de 1990, estaba concebida para fabricar analfabetos de forma masiva, pues los estudiantes se expresan a menudo con una sintaxis propia de Tarzán, por ejemplo “mola cantidad”,  y que “la televisión, antes que nada, es un instrumento que, tal y como se desenvuelve en España, está dirigido a cretinizar a la gente”. Añadiendo, además, que sería esperpéntico lanzar a bombo y platillo institutos Cervantes por todo el mundo cuando ni siquiera los jóvenes españoles que acceden a la Universidad dominan mínimamente la lengua de un autor al que la mayoría no ha leído ni por el forro. 

Estas manifestaciones resultan extraordinarias, al recordarse ahora, pues lo que temían es lo que ha ocurrido. Se sabe que el mejor método para el enriquecimiento del lenguaje es la lectura, y sus índices en nuestro país, contra lo que algunos quieran creer, siguen en números rojos. Así lo atestiguan los suspensos en las recientes oposiciones al Cuerpo de Maestros y Profesores a causa de los lamentables errores ortográficos, entre otros, cometidos en la expresión escrita por quienes aspiran a la docencia como proyecto de vida. Que se editen o vendan muchos libros no significa que se lean, los libreros de viejo saben bien que gran parte de ellos no llegan ni siquiera a abrirse.

Mientras tanto, la “pequeña pantalla”, ahora fileteada -llámala tonta-, a lo suyo, es decir, a esparcir desencajada sus sandeces, cuando no improperios. Con la circunstancia agravante de mostrar al público asistente a ciertos concursos “culturales” aplaudiendo a rabiar en las respuestas acertadas a las preguntas sobre los ríos más largos, las montañas más altas o tal o cual cantante imprescindible. 

La ene, eso sí, siempre de Navarra.