De Jesucristo a León XIV y del pollino al jet privado
Cuentan los más doctos que el Espíritu Santo, en su infinita clarividencia, sopla donde quiere. Sin embargo, a fuer de sinceros, en estos cónclaves modernos uno sospecha que la revelación ya no desciende en forma de paloma, sino que sube, jadeante por las escaleras. Así ocurrió con Francisco, cuya elección dejó perplejos a no pocos fieles y, ahora, con León XIV, que bien parece que la divina mensajería ha delegado sus funciones en un escribidor algo distraído.
No deja de ser pintoresco que el nuevo pontífice, lejos de nacer entre paja, frío y bestias, viera la luz en Chicago, la otrora Babilonia de los rascacielos donde el humilde pesebre es un simple elemento exótico. No me consta que su cuna fuese de oro, pero tampoco de esparto. Sin embargo, el Vaticano nos invita a contemplar su figura como un émulo del Nazareno, como si olvidara que uno vino al mundo en la pobreza y el silencio, y el otro entre plumas y calefacción central.
La visita de León XIV a España, que muchos celebran como un jubileo inesperado, ofrece ciertas estampas singulares. Mientras Jesucristo entraba en Jerusalén montado en un pollino, Su Santidad aterriza en un jet privado, descendiendo entre escoltas y ascendiendo a continuación en un coche blindado que es digno del mismísimo Tamerlán, soberano del Imperio timúrida. Y allá donde el Maestro exhortaba a sus discípulos a compartir: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene» (Lc 3,11); tenemos al Papa que llega a España con más baúles que un embajador otomano, atiborrados de ricas y finas vestiduras, ornamentos y alguna sotana cuyo precio haría ruborizar a los mercaderes expulsados del templo.
Imagino ahora a Jesucristo compartiendo pan con pescadores y no puedo evitar contrastarlo con León XIV, degustando manjares servidos en vajillas de Sèvres, vinos en cristalería Baccarat y cuberterías que harían llorar de emoción a cualquier anticuario. ¡Sin duda, Cristo comía con Dios!
Hace dos mil años, el Hijo del Hombre hablaba a viva voz a los pobres, sin guardias ni barreras. Hoy, Su Santidad llega rodeado de un ejército de policías, ambulancias, helicópteros, escoltas y dispositivos de vigilancia que harían palidecer al mismísimo Herodes. Cristo predicaba en las laderas, mientras el Papa lo hará desde un escenario que rivaliza con los conciertos de Bad Bunny. Entretanto ignora el Valle de los Caídos, que alumbra nuestra España, y cuya cruz —la mayor del mundo— sigue siendo para muchos signo de reconciliación, humildad y perdón.
Entretanto el Vaticano nos obsequia con un cabasario donde se presenta a Pedro Sánchez —ateo confeso y gobernante de veleidades laicistas— como un estadista de virtudes teologales. Ensalzan su «relanzamiento económico», su «fortalecimiento del bienestar», su «transición ecológica» y hasta su «valentía» frente al presidente Trump. Pero omiten, claro está, las campañas contra el derecho a la vida, las diatribas contra la Iglesia o las “profanaciones de tumbas”, y ni que decir tiene, su afán por convertir el aborto en un derecho constitucional. El documento elaborado por el Dicasterio para la Comunicación, se excusa diciendo que no es oficial, como si la falta de oficialidad mitigase la evidente intención panegírica.
Resulta, cuanto menos, chocante que la Santa Sede dedique tan generosa prosa a un gobernante que no oculta su desdén por lo sagrado. Parece un sarcasmo que quienes deberían custodiar la verdad eterna presenten como adalid de virtudes sociales a un ateo contumaz y también, que el Papa se reúna con Sánchez de un modo que constituye una ironía demasiado gruesa para pasar inadvertida.
A León XIV le deseo una larga vida y también la posibilidad de abandonar la condición de mercader disfrazado de cristiano, para que abrace el cristianismo genuino, ese que no necesita fastos ni lujos para ser verdadero. En justicia también reconozco que al menos ha tenido la cortesía de visitar esta España que tanto ha dado a la Iglesia, un gesto que su predecesor no tuvo a bien realizar. Algo es algo, aunque no sea suficiente para disipar la sensación de que en estos tiempos la paloma divina vuela demasiado alto y los hombres, demasiado bajo.