Un gallego en la galaxia

El imperio de la libertad

Este pasado 4 de julio se celebró el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En su estilo hiperbólico de costumbre, Trump declaraba sin cortapisas que los EUA representan la culminación de la civilización occidental y que su bandera anuncia a los cuatro vientos la vocación victoriosa del pueblo más valiente, libre y emprendedor de la historia, el cual ha sido la mayor fuerza para el bien, el progreso y la justicia que haya existido jamás, lo que les ha convertido en la luz, la esperanza y la gloria de las naciones. Y todo porque un buen día 56 patriotas plasmaron en tinta china aquello de que todos los hombres han sido creados iguales y que poseen derechos inalienables a la vida, la libertad y la procura de la felicidad, o sea a la propiedad privada, derechos ampliados por la Constitución, incluidos la libertad de expresión y culto, la igualdad ante la justicia y el derecho a poseer y portar armas.  

Como es natural, Trump, que no tiene idea de nada, hizo un breve repaso a la historia. En el Monte Rushmore las cabezas de Thomas Jefferson, autor de la Declaración de Independencia, George Washington, el primer presidente, Abraham Lincoln, que salvó la Unión, y Theodor Roosevelt, que lanzó la aventura imperialista, le marcaron el camino. Trump hizo hincapié en las empresas bélicas y, con menor énfasis, en los triunfos de la ingeniería, pues en la vanguardia de la grandeza que se propone recuperar figuran la tecnología punta y sobre todo el ejército más poderoso del mundo, con los que van a seguir expandiendo su sueño y ambición al resto del planeta en pos de su destino manifiesto de forjar el gran Imperio de la Libertad.

En ningún momento reparó en las contradicciones, atropellos y violaciones sistemáticas del derecho internacional de los que está plagada esa historia, pues el momento no se prestaba a la autocrítica. Al contrario, se trataba de borrar toda tacha de la memoria para resaltar sus grandes triunfos como vencedores del fascismo y del comunismo, contra el que Trump lanzó un ataque frontal pues, según él, ese sistema enemigo está en auge dentro del país. Se refería, claro está, a la rama socialista del partido demócrata que ha estado ganando terreno como fuerza electoral alternativa que merma las posibilidades republicanas de ganar las próximas elecciones al Congreso. Trump declaraba que eran un cáncer que había que extirpar, amenaza que documentaron en el reciente informe ‘Cuba: La capital del comunismo del siglo XXI’.

O sea que Trump y sus esbirros aprovecharon la ocasión para lanzar una nueva caza de brujas al estilo de la Era McCarthy, asociando de paso a los enemigos internos con los cubanos para justificar la reconquista de la Perla del Caribe. Porque así lo dicta el destino glorioso de esta estirpe de triunfadores, los cuales no tienen ningún reparo en violar sus principios para conseguir sus fines, como están demostrando en Gaza, Venezuela e Irán. Desgraciadamente, los ilusos no entienden de ironía y en vez de detenerse aspiran a ir todavía más lejos. Próxima parada: Marte. Pero, aunque el número de muertos les traiga sin cuidado, sí les preocupa el coste de los fertilizantes, por lo que les recomendaría la recolección y compostaje de sus víctimas para mayor gloria de la agricultura orgánica en los latifundios de las praderas.