El hombre en vías de extinción
¡Vivir para ver! Me sobresalto viendo a mis vecinos competir con sus perritos en el sofá, sin embargo, todo esto del caniche y el chucho tiene los días contados porque han llegado los «robots humanoides». Ya viven entre nosotros. Caminan, hablan y, en ocasiones hasta piensan como nosotros e incluso más que nosotros. Los robots han despertado el extraño fervor que nada tiene que ver con el progreso.
En algunos almacenes de logística ya pasean esos nuevos «obreros». Cargan cajas, ordenan estanterías y hasta saludan con elegancia, respeto y cortesía. Pero lo que más me inquieta no es su eficacia, es la expresión beatífica de quienes los observan. Parece que están contemplando la llegada del Mesías en versión tornillo y polímero. En las pequeñas industrias los robots ensamblan piezas con precisión, me recuerdan a los relojeros suizos. Pero si en esto son buenos, en mantenimiento son mejores. Capaces de reparar cualquier avería antes de que el humano medio saque la llave inglesa de la caja. Y, en lo más íntimo… bueno, digamos que muchos están esperando un descuento para tener un robot con curvas como compañía dócil. Sobre esto no entraré en detalles, pues la decencia de este diario me lo impide, no obstante, baste decir que algunas firmas han tenido que colgar el cartel de «agotado» y por causas que no declaran.
Lo más divertido —si uno tiene buen sentido del humor— es ver a los entusiastas de la novedad entregarse a la tecnología en absoluta fe. —¡Qué maravilla!, exclaman, mientras el robot les dicta la dieta, su ruta al trabajo y hasta lo que deben opinar. Esos admiradores incondicionales son los descendientes de quienes antaño compraban crecepelos milagrosos. Hoy en cambio buscan robots que les ordenen la vida, lo cual no es malo porque hasta es posible que curen la ingenuidad.
A su lado prosperan los usureros del silicio y los mercaderes de la certidumbre mecánica que venden robots por doquier. —Este modelo le resolverá sus problemas, aseguran mientras calculan las mensualidades que el comprador arrastrará hasta después de su edad de jubilación. Tampoco faltan en este particular los buscadores de fama, que subirán todo a sus aplicaciones de «Insta» o «Tic-Toc». Se grabarán desayunando, paseando y hasta discutiendo con su robot. Están convencidos de que la posteridad agradecerá su magnífica aportación a la historia universal.
Mientras los dilemas éticos se amontonan. Los asuntos importantes del ministerio serán saber si el robot debe de tener derechos o que ocurrirá si se percibe transgénero o Therian, también si es moral que un humano le delegue alguna decisión. Desconocemos además, si prohibirán pasear al robot atado con una correa, porque hoy todo son honduras intelectuales de una sociedad que reflexiona con el mismo rigor que dedica para leer un libro.
Y si todo esto parece poco, hasta han inventado un robot monje budista. Un artefacto sin corazón, sin alma y sin sentimientos que predica la compasión, el nirvana e incluso la liberación del «samsara». Quiero imaginar ese cacharro recitando «sutras» mientras prepara un sofrito para una fideuá ¡Como Buda levante la cabeza!
Hasta aquí hemos llegado, fascinados y perezosos, pero entregados a las estupideces. Los robots humanoides vienen a substituirnos. Y quizá lo hagan, porque poca cosa queda en este mundo que merezca una justa defensa cuando el pueblo gasta su tiempo y dinero en bobadas tecnológicas. Si un día me preguntan si prefiero al vecino o al robot, francamente no sabré qué responder. El robot, al menos, no toma el vermut ni come helados.