Gracias al Aikido y a mis ángeles de la guarda… el reloj de seguridad, solo la hora
Hace unos días celebraba las cosas buenas de ser español: que la sanidad —pública y privada— me trata como si fuera el nieto perdido de un consejero, y que la ayuda a la dependencia funciona con sorprendente eficacia. Pero, como en la luna, también hay cara oculta. Y a veces te la encuentras de frente, sin telescopio ni aviso previo.
Ayer, sin ir más lejos, me dirigía con mi silla de ruedas al hospital de San Juan de Dios. Había decidido ir por mi cuenta porque el día anterior, en mi primera sesión, el conductor de la ambulancia me llamó tras una hora de espera para pedirme que me acercara a la parada de taxis. Según él, estaba “muy cerca”. Tras intercambiar ubicaciones que no coincidían ni con Google Maps, confesó que se encontraba en la plaza de San Francisco… de Tarazona. A 88 kilómetros de mi casa. Primer día, vale, se lo perdoné.
Así que me lancé con mi silla eléctrica. Treinta minutos y al hospital. Hubieran sido menos si las obras eternas de la empresa MNL incluyeran en su catálogo la palabra “accesibilidad”. Colocan planchas metálicas de tres centímetros, pasarelas onduladas y vallas que parecen diseñadas por un enemigo personal. Pero ayer, para evitar los contratiempos del Mariano, tomé la otra acera: una vía municipal perimetral al Parque Grande que, para quienes vamos sobre ruedas, es una especie de pista americana.
En mi osadía olvidé que aquello era cuesta arriba. En uno de los bordillos, con inclinación digna de los Alpes, mi centro de gravedad —ya elevado por el cojín— decidió emanciparse. Resultado: vuelta de campana completa. En ese instante recordé que llevaba un catéter recién puesto y una fístula inmadura que debía proteger como si fuera el Santo Grial. También me vino a la mente mi “sensei” de Aikido, Santos Nalda, enseñándome a rodar en el tatami. La caída no fue tan elegante: quedé como un sapo panza arriba. Pero entero.
Varios coches frenaron y sus ocupantes corrieron a ayudarme, con cara de susto y mucha amabilidad. Me levantaron, comprobaron daños (cero) y me ofrecieron acompañarme. Ya estaba cerca, así que seguí hasta mis enfermeras, que revolotearon a mi alrededor como un enjambre de ángeles.
El único que no se enteró fue mi reloj de seguridad privada, ese que el banco me endosó por 30 euros al mes, ¡de oferta!. Ni “pamplona” dijo. Y en la caída anterior llamaron a un cuidador antiguo, pero a mí ni se molestaron. En fin: huele a timo.