Los trabajos y los días

Españoles, Franco ha vuelto… a la Selectividad

La prueba de acceso a la universidad de este año 2026, que han puesto en la comunidad autónoma de Andalucía para la asignatura de Historia, ha incluido, una vez más, la figura de Franco. Lo sorprendente es que su aparición no haya sido en forma caricaturesca o demonizada, sino con una intervención llena de matices. El General se dirige a las Cortes en un discurso pronunciado en 1966 y comienza diciendo una frase sorprendente: 

“La democracia, que bien entendida es el más preciado legado civilizador de la cultura occidental, aparece en cada época ligada a las circunstancias concretas que se resuelven en fórmulas políticas y varias a lo largo de la historia”.

Teniendo en cuenta la trayectoria previa de los profesores que suelen preparar este tipo de pruebas -progres entre los progres-, podemos sospechar que el objetivo de presentar semejante discurso es invitar a los alumnos a que despotriquen contra el dictador a cuenta del famoso concepto de “democracia orgánica” en que se basaba el régimen anterior y que hoy suele ser despachado con el denigrante término de “fascismo”. Según la mentalidad impuesta oficialmente a través del BOE con las leyes “de memoria”, Franco odiaba la libertad y por eso despreciaba a los partidos políticos, únicos cauces legítimos de participación política, si es que hay verdadera libertad.

Sin embargo, el matizado discurso de Franco en contra de los partidos políticos ha de ser interpretado en el contexto histórico de mediados del siglo XX, en el que la tirria contra estas organizaciones no era una extravagancia exclusiva de la derecha autoritaria sino una corriente de pensamiento transversal a toda la sociedad española. En la izquierda más radical de entonces encontrábamos enormes masas anarcosindicalistas, ferozmente contrarias al sistema de partidos. No digamos nada de los comunistas, partidarios de cerrar las Cortes burguesas y de llegar a una democracia asamblearia, “soviética”, pues eso es lo que significa el término, sin más partidos que el comunista (y alguna comparsa, en determinados casos). También eran contrarios a los partidos políticos Joaquín Costa y sus regeneracionistas, que ligaban la lucha electoral a los cambalaches del caciquismo y la corrupción sistematizada. El mismo Blas Infante, a pesar de que se presentó a las elecciones, nunca quiso fundar un partido andalucista, porque consideraba a que esas entidades eran “organizaciones electoreras”. Sabemos, incluso, que el mismo concepto de “democracia orgánica” interesó al liberal Madariaga y al socialista Julián Besteiro, por mencionar nombres nada sospechosos.

Claro que, en 1966, esas ideas ya se habían quedado un poco viejas, a la vista de lo que entonces estaba pasando en Europa. Pero muchos politólogos de entonces y de ahora siguen poniendo de relieve los peligros de una excesiva “partitocracia”, en la que no hay listas abiertas, en la que la financiación de los partidos no es transparente, en la que no hay separación de poderes y un solo partido es capaz de manejar todos los mecanismos de control de una sociedad libre: periodistas, tribunales, bancos, empresas…, como ocurre hoy en la España de Sánchez. Aquel discurso, escrito en 1966 desde los parámetros mentales de 1936, cobra una sorprendente actualidad en 2026.

En definitiva: vemos cómo, cuanto más se esfuerzan por denigrar a Franco, más actual aparece su figura.