Cuando fuimos peces

Entre la pampa y La Mancha: crónica imposible del partido del domingo

En vísperas del duelo entre Argentina y España, dos figuras que jamás deberían encontrarse —el gaucho Martín Fierro y el caballero Don Quijote— se cruzan en un territorio que no aparece en los mapas, pero sí en la imaginación de quienes creen que el fútbol es, ante todo, literatura en movimiento. De ese encuentro improbable nace esta crónica que mezcla humor, épica y un final que, por una vez, favorece a la selección española.

Hay lugares que no figuran en los atlas, pero existen en la memoria de los hinchas. Uno de ellos se extiende entre la pampa y La Mancha, una franja de tierra donde el viento huele a mate y a molinos, y donde el próximo partido entre Argentina y España parece haber convocado a personajes que no saben de fronteras ni de calendarios.

Martín Fierro llegó primero, montado en un caballo que tenía más kilómetros que un lateral veterano. Venía silbando una milonga y mascullando que “al hombre lo hacen pobre las penas”, aunque esta vez las penas eran los nervios del debut albiceleste. A su lado, un morral lleno de mates y un facón que, según él, servía “para cortar el aire cuando se pone pesado”.

Don Quijote apareció después, flaco como siempre, con la armadura abollada y una bandera rojigualda atada al yelmo. Saludó con solemnidad:

—Decidme, buen gaucho, ¿es aquí donde se libra la justa entre caballeros y albicelestes?

Fierro lo miró como quien observa a un turista perdido en la pampa.

—Mire, don… aquí se juega al fútbol. Pero si quiere, le explico cómo es la cosa.

Quijote, convencido de que el balón era un “orbe encantado”, aseguró que España vencería porque “la razón y la justicia siempre acompañan a los caballeros andantes”. Fierro replicó que Argentina ganaría porque “cuando el gaucho se decide, no hay quien lo pare”. Y así, entre refranes y versos, caminaron hacia el estadio.

En la previa, Quijote intentó arengar a la selección española con un discurso tan largo que los jugadores pidieron adelantar el tiempo de hidratación. Fierro, en cambio, se metió en el vestuario argentino para enseñarles a los muchachos cómo “pararse firme como un caldén”.

Pero cuando empezó el partido, ocurrió lo inesperado: Fierro y Quijote se sentaron juntos. El gaucho le convidó mate; el caballero lo aceptó como si fuera un brebaje mágico. Entre sorbos y carcajadas, descubrieron que ambos querían lo mismo: que el fútbol hiciera justicia poética.

El encuentro fue reñido, hermoso, lleno de épica. Argentina atacaba como tropilla desbocada; España defendía con la serenidad de un caballero que ha leído demasiados libros. En el minuto final, un delantero español —que Quijote juró ver envuelto en “aura dorada” y pañuelo rojo al cuello— marcó el gol decisivo.

Fierro se levantó, se sacudió el polvo del poncho y aceptó la derrota con la dignidad de quien sabe que la épica no siempre termina del lado propio. Entonces Quijote, radiante, sacó de su morral una bota de vino manchego y un paquete de alajú.

—Tomad, amigo Fierro —dijo—. Para endulzar la jornada y celebrar la victoria sin perder la compostura.

El gaucho probó el alajú, se limpió la miel de la barba y soltó una carcajada.

—Mire, don… si así festejan ustedes, hasta da gusto perder.

Brindaron con la bota: uno por la pampa, el otro por La Mancha. Y mientras se alejaban comentando jugadas como si fueran hazañas, quedó claro que el fútbol, cuando quiere, también escribe novelas. Unas veces trágicas, otras cómicas, y otras —como este domingo— con final español y postre de miel.

¡¡¡Ojalá!!!