Bala de Plata

Encontrarse sin haberse buscado

Escribir en esta columna, “Bala de plata”, sobre la amistad parece fuera de lugar o alejado de los temas de género negro que habitualmente ocupan mi espacio en El Diario de Madrid. Pero, en realidad, no lo es.

Recuerdo una frase de tono moral que escuché alguna vez, o quizá leí, no lo sé con exactitud. Venía a decir que “la nobleza y la amistad, son hermosa semilla de virtud”. Me llamó poderosamente la atención y decidí incluirla entrecomillada en uno de mis libros.

A veces recurro a ella cuando trato de apreciar la importancia de la generosidad y del altruismo que determinadas personas dejan en nosotros casi sin proponérselo.

Todos podríamos citar numerosos ejemplos de lazos sólidos. Con el paso de los años nos volvemos más selectivos en ese terreno. Ya no basta la simple compañía ni la palabra amable: se valora la lealtad, la entrega, la presencia discreta y la certeza de que alguien permanecerá cerca cuando las circunstancias se complican.

Ese afecto brota en cualquier lugar: en el trabajo, durante una actividad de ocio, en un viaje o en alguna de esas situaciones imprevistas que surgen sin pedir permiso.

Y a ello voy. Nuestro periplo discurría por los Países Bajos y Bélgica. Comenzamos en Róterdam, continuamos por Ámsterdam y recorrimos numerosas ciudades hasta llegar a Bruselas. Sin saber muy bien cómo, o quizá porque, como afirma una antigua enseñanza, el azar es orden en el tiempo, conocimos a una pareja y, ocho años después, mantenemos un entrañable vínculo.

Desde entonces han sido muchas las conversaciones, los encuentros, las alegrías y también los momentos difíciles. Porque la auténtica cercanía no se mide únicamente en los días felices, sino, sobre todo, en aquellos en los que llegan curvas.

Gracias, Rosa. Gracias, Javier por vuestro apoyo. La verdadera amistad puede nacer por casualidad, pero permanece porque se cuida.