Elecciones: Colombia se pelea consigo misma
Las urnas electorales en Colombia se cerraron ayer domingo a las cuatro de la tarde y, apenas conocidos los resultados, tres horas después, comenzó una aguda confrontación política tras los cuestionamientos formulados por el presidente Gustavo Petro Urrego, al poner en duda el censo electoral y el trabajo de la Registraduría Nacional del Estado Civil.
No hubo tiempo para discursos conciliadores, llamados a la unidad nacional ni pausas para la reflexión. Apenas se conocieron las cifras de votación, los dos finalistas, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, representantes de tendencias opuestas, comenzaron a cruzar acusaciones. La primera vuelta había terminado. La segunda comenzó de inmediato.
Paloma Valencia, otra de las protagonistas de la contienda, quedó fuera de competencia, pero sus votos, como los de los demás derrotados, se convirtieron instantáneamente en mercancía cotizada dentro del mercado electoral. La política tiene esa extraña capacidad de transformar adversarios irreconciliables en aliados en menos de veinticuatro horas. Lo que ayer era una traición, ahora se convierte en una alianza por la patria.
Pero la verdadera sorpresa de la noche no estuvo solamente en las urnas. Sin escalas, Colombia ingresó a la campaña más corta y probablemente más feroz de su historia reciente: tres semanas. Veintiún días. Quinientas cuatro horas para convencer a los indecisos, seducir a los derrotados y, sobre todo, gobernar un país que parece haber votado más desde el cansancio que desde la ilusión.
Porque hay algo que los porcentajes no cuentan. Los colombianos llegaron a las urnas cargando frustraciones acumuladas. Unos buscaron refugio en la derecha, convencidos de que la inseguridad, la incertidumbre económica y la pérdida de autoridad del Estado exigen respuestas más firmes. Otros permanecieron en la izquierda, convencidos de que las transformaciones emprendidas necesitan más tiempo o de que el regreso de las viejas élites representaría un retroceso.
Ambos votaron movidos por una emoción parecida: el agotamiento. Millones de electores de distinta condición no parecían estar votando por un sueño colectivo sino buscando refugio frente a sus temores. Cansancio frente a la violencia que cambia de nombre, en distintos territorios y diversas banderas. Cansancio frente a la corrupción que sobrevive como una enfermedad crónica. Cansancio frente a la polarización que promete soluciones y entrega confrontaciones.
De manera que la paradoja es reveladora. Una parte del país castigó los resultados ambiguos y contradictorios del gobierno de Gustavo Petro. Otra parte siguió castigando los logros de las élites políticas que gobernaron durante décadas. Y entre ambos castigos se construyó esta elección, lo más parecido a un referendo sobre la decepción nacional.
Mientras los candidatos celebraban o lamentaban los resultados, otros actores hacían cuentas silenciosas. Los grupos armados ilegales observan el nuevo escenario. Las economías criminales calculan riesgos. Los clanes regionales revisan alianzas. Los caciques políticos saben que su fortaleza reside en redescubrir estrategias que coincidan con las posibilidades de poder.
Y eso mismo comenzó a observarse anoche. Los dos candidatos que disputarán la segunda vuelta el próximo 21 de junio empezaron a incriminarse mutuamente antes de presentar propuestas al país. Por eso la pregunta más importante de la jornada no es quién ganó la primera vuelta, sino quién podrá gobernar después.
Porque el próximo presidente no heredará solamente la Casa de Nariño. Recibirá un país donde el mapa electoral y el mapa del poder real no siempre coinciden. Una nación donde el Estado todavía disputa autoridad con grupos armados, organizaciones criminales y poderes locales que no necesitan ganar elecciones para ejercer influencia.
Ahora viene la parte difícil: en tres semanas cambiarán las alianzas, aparecerán nuevos amigos, desaparecerán viejos enemigos y surgirán discursos sobre reconciliación pronunciados por quienes hasta ayer se consideraban irreconciliables ante el contrario. Todo eso es previsible.
Lo que sigue siendo incierto es si Colombia eligió una salida al cansancio o simplemente una nueva manera de administrarlo. Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.