El fuego sagrado
Hay derrotas que no ocurren en los campos de batalla ni en los estadios. Se libran en el silencio del corazón, allí donde el ser humano descubre que sus fuerzas ya no alcanzan y que la voluntad parece extinguirse. Es entonces cuando se hace necesario encontrar ese fuego interior que siempre estuvo allí, aunque tantas veces permanezca oculto bajo las cenizas del miedo, del cansancio o de la resignación.
Es curioso: nos cuesta reconocer esa llama en nuestra propia vida, pero solemos advertirla con facilidad en la de los demás. El deporte, quizás como pocas actividades humanas, permite contemplar ese misterio. En estos días, Lionel Messi vuelve a ofrecernos una de esas lecciones que trascienden el fútbol. A una edad en la que muchos ya hablan de despedidas, continúa desafiando los límites de la exigencia, del dolor y del tiempo.
Como argentino conozco parte de su historia. La baja estatura, el tratamiento para crecer, el desarraigo de abandonar su país siendo apenas un niño, la adaptación a otra cultura, la competencia permanente y, durante años, el juicio despiadado de quienes afirmaban que no estaba hecho para la Selección Argentina. Las comparaciones, las derrotas y las críticas habrían bastado para apagar muchas vocaciones. No apagaron la suya.
El éxito suele confundirse con la victoria. Sin embargo, las victorias pertenecen al instante; el verdadero éxito pertenece al carácter. Consiste en vencerse a uno mismo, levantarse una vez más y seguir caminando cuando nadie garantiza el resultado.
Santa Catalina de Siena escribió: «Si llegas a ser lo que debes ser, prenderás fuego al mundo entero.»
La antigua Grecia imaginó a Prometeo robando el fuego resguardado por Zeus para entregárselo a los hombres.
El cristianismo propone una imagen mucho más profunda: no es el hombre quien arrebata el fuego al Cielo, sino Dios quien regala el fuego de su Espíritu para renovar el corazón humano.
Jorge Luis Borges no disfrutaba del fútbol, entendible teniendo en cuenta que todos los festejos pasaban siempre enfrente de su casa, cosa que lo alteraba bastante. Decía que el fútbol despertaba las peores pasiones. Tal vez tuviera parte de razón. Sin embargo como alguna vez dijo Alejandro Dolina: “Yo no voy a ser tan estúpido de perderme a Borges ni a Messi por discutir ideologías”. Ambos, cada uno a su manera, nos recuerdan que la grandeza humana puede expresarse por caminos totalmente distintos.-
No sé si admiras a Messi o si el fútbol ocupa un lugar importante en tu vida. Poco importa. Lo verdaderamente valioso es advertir que, de vez en cuando, alguien nos recuerda que los límites no siempre están donde creemos. Que todavía es posible encender la esperanza cuando todo parece oscurecerse.
Cada uno lleva dentro un Fuego Sagrado. La diferencia no está en poseerlo, ya que todos lo tenemos, sino en decidir alimentarlo o permitir que las cenizas del desaliento lo oculten para siempre.
Tal vez a veces ver a “once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota” no sea la inspiración más adecuada, pero puede ayudar a soplar sobre las brasas.-