Tras de mí, el diluvio
No hay nada más fácil que tirar la piedra y esconder la mano. Por eso el saber popular sostiene que del árbol caído todo el mundo hace leña. Hay dos motivos esenciales, el primero es que en España se acostumbra a considerar impune el delito en tanto el criminal acumule riqueza.
La otra razón es la desmemoria nacional, por lo que conviene retroceder a un pasado no tan lejano, en lo que al caso Juan Guerra se refiere que, junto al sumario Flick de financiación irregular, dio lugar al primer proceso de corrupción del PSOE, ya en la democracia, que, pese a resultar Juan Guerra absuelto de la práctica totalidad de las acusaciones, no evitó, en 1992, la dimisión de su hermano, el entonces vicepresidente del Gobierno. Todo un manual de acción para la imputación de David Sánchez: caiga quien caiga.
Volviendo sobre las piedras y las pedradas, a toro pasado siempre en fácil analizar cada hecho con oportuna nitidez, pero cuando las cosas están en entredicho, el pueblo tiene por costumbre emitir sentencia. Tal es el caso de José Luis Rodríguez Zapatero, a quien la mayoría ya lo hace bailar en el patíbulo, casi privado del mismo derecho de presunción de inocencia del que también se despoja a los jueces desde el Ejecutivo.
Aunque lo interesante de Zp no sea el impacto generado a su alrededor, cuestiones sobre las que tendrá que pronunciarse la Justicia, sino la férrea defensa de Moncloa cerrando filas a su alrededor, que no constituye una maniobra para protegerlo sino la archirepetida estrategia del sanchismo de rasgarse las vestiduras para luego afirmar que también el Gobierno ha sido víctima del engaño, de la traición de alguien en quien confiaban.
Pero, dejando muy al margen las actuales imputaciones, la pregunta del millón es, si el expresidente no tenía nada que ver con Moncloa ni el PSOE, ¿en nombre de quién iba a Waterloo a negociar con Puigdemont, y quién pagaba sus emolumentos? ¿Costeaba el trasiego e iba en representación de Moncloa, del PSOE, de Sánchez, o a título personal, autofinanciándose? Porque ese también es tema que hace falta aclarar.
Lo llamativo es el valor de faro moral de la izquierda que se le ha atribuido desde las filas socialistas, aunque, con el corazón en la mano, merece la pena mencionar que el ídolo de oro casi siempre tiene los pies de barro, y que lo que lo destruye no es el martillo del creyente, sino el peso de la fe que este deposita en él.
Llegados a este punto, hay demasiadas manchas oscuras —por no decir agujeros negros— en la trayectoria de Zp, un político que en los días de su vida pensó que llegaría a ser presidente, y cuyo traje siempre se le quedó grande. Conste que no me refiero a ese patético Plan Ñ, que trituró el escaso dinero que quedaba en las arcas públicas; ni la pérdida de más de 130.000 millones de euros por malvender parte del oro del fondo nacional, o por esquilmar las reservas estratégicas de petróleo.
No, lo grave de Zapatero es que nunca acabó con ninguna guerra. Lo que hizo fue retirar de Irak al ejército español, que se encontraba en misión humanitaria, abandonando a su suerte a sus colaboradores, y privando a las empresas españolas de los beneficios posteriores por la reconstrucción del país iraquí.
Tampoco acabó con ETA. ¡Ya quisiera! De ser así podría habernos ahorrado su engendro de la Alianza de Civilizaciones —buscando su proyección internacional—, de menor recorrido que un caramelo a la puerta de un colegio. Quien acabó con la banda terrorista fue la Gran Recesión de 2008, cuya destrucción de actividad económica dejó a los etarras sin financiación. Lo que le metieron fue un gol como una casa a Zp, al negociar un desarme que, de facto, ya había tenido lugar por no poder mantener su estructura, a cambio de dádivas que nadie hubiera aceptado.
Aún así, el problema insoluble para los españoles no es ya que Zapatero haya sido reconocido como el presidente más dañino para la Democracia. El drama que ahora se suscita es el que marca el refranero al recoger la sentencia: “después de mí vendrá quien justicia me hará”, y es que la tragedia que se sustancia es quién sucederá a Pedro Sánchez.