El dilema de Feijóo con Mañueco: un puntal en Génova que pierde el pulso de Castilla y León

La última cita electoral en Castilla y León certifica una preocupante fatiga de materiales en el PP.  Que un PSOE reagrupado haya pisado los talones a Alfonso Fernández Mañueco es el síntoma  de un cambio de era. Para Alberto Núñez Feijóo, Mañueco sigue siendo un puntal imprescindible  para el equilibrio interno en Génova. Sin embargo, su peso orgánico contrasta con la realidad de  su feudo: el PP ya no gobierna por seducción, sino por la inercia de una estructura rural  encadenada a los extremos. Es el resultado de una alternancia desgastada por vicios de aparato  y una alarmante ausencia de regeneración. 

Históricamente, la sucesión de Juan Vicente Herrera enfrentó dos formas de entender la política:  el colmillo modernizador del sector primario frente a la mediocridad del aparato. Ganó el  segundo. Mañueco representa la apoteosis del fontanero orgánico. Su mérito nunca ha sido la  gestión brillante, sino el control de las cañerías del partido. Es un superviviente que sabe purgar  disidencias, pero su balance de gobierno es incapaz de retener el talento joven o el pulso urbano. 

Esta falta de estrategia se traduce en decisiones sonrojantes. Un ejemplo es la promoción de la  Junta: Mañueco prefirió regar con un millonario patrocinio para el Dakar a Jesús Calleja —activo  televisivo de repetidos abandonos— antes que respaldar el mérito real de la región. Teniendo a la  burgalesa Cristina Gutiérrez, experta mundial que firmó una gesta impecable en la categoría  Ultimate, la Junta demostró una ceguera imperdonable. Un error que a un estratega como Pedro  Sánchez jamás se le habría escapado para su relato de país, y que incomprensiblemente  tampoco fue afeado por el socialista Carlos Martínez, evidenciando la desconexión de los líderes  autonómicos. Cuando se es incapaz de discriminar el valor, la excelencia se purga en favor de la  sumisión. 

Este modelo sobrevive gracias a una "administración paralela" de fundaciones y convenios  privados que devalúa la función pública, debilita la transparencia y siembra dudas en sectores  como el bioetanol. Aquí es donde Vox tiene una oportunidad de oro: demostrar su utilidad  exigiendo el control estricto de las duplicidades de estas fundaciones y frenando el despilfarro de  los "bonocheques" electorales, aplicando la misma dureza implacable que ya dirige contra las  subvenciones a los sindicatos. 

Esta parálisis alimenta un auténtico canibalismo generacional. El blindaje del presente de los  mayores, capitalizado por redes clientelares bajo las reglas del subsidio cortoplacista, se traduce  en el exilio laboral crónico de sus hijos y nietos. 

El colofón se vivió en su discurso de investidura, convertido en una subasta de ayudas de última  hora para rentas que no lo necesitan. Que este recurso clientelar haya sido el eje de su campaña  electoral es la prueba evidente del fracaso estructural de sus políticas. Pero la culpa no es solo  del PP; un PSOE sumido en el mutis total y sin hacer oposición real es corresponsable de esta  decadencia. Mañueco salva el sillón, pero el "mañuequismo" ha gripado. El PP mantiene un  puntal en Madrid, pero pierde el pulso del futuro.