Cuando el fuego no entiende de fronteras
Las cifras de Ávila impresionan por sí solas. Cerca de 30.000 personas evacuadas, miles de personas confinadas y alrededor de 1.500 personas acogidas en la Escuela Nacional de Policía, convertida estos días en un refugio donde la incertidumbre, el miedo y la esperanza conviven bajo un mismo techo. Pero detrás de cada dato hay una familia, una historia y una enorme preocupación por lo que vendrá cuando las llamas se apaguen.
Sin embargo, la tristeza no termina en Ávila. Son muchas las provincias de España que están viviendo estos días la angustia de los incendios, con miles de personas que han tenido que abandonar sus hogares, permanecer confinadas o ver cómo el fuego amenaza aquello que tanto esfuerzo les ha costado construir. Es imposible no sentir un profundo pesar al comprobar que el mapa de nuestro país vuelve a teñirse de humo y de incertidumbre.
Pero en medio de esta tragedia también aflora lo mejor de nuestra sociedad. Quiero expresar un reconocimiento especial a los bomberos portugueses, que se incorporaron ayer al dispositivo de extinción. Su llegada demuestra que la solidaridad no entiende de fronteras y que, cuando una emergencia golpea, la cooperación entre pueblos se convierte en una de las herramientas más valiosas para proteger vidas.
Mi agradecimiento también a la inmensa mayoría de los empresarios que, lejos de buscar protagonismo, se están coordinando con las administraciones y las organizaciones implicadas para hacer llegar, en el menor tiempo posible, aquello que realmente se necesita. Porque en una emergencia, la generosidad es importante, pero la coordinación convierte esa ayuda en una respuesta realmente eficaz.
Y permitidme una mención muy especial a mi familia de azul, la Policía Nacional. A esos hombres y mujeres que, una vez más, están donde deben estar: evacuando, protegiendo, informando, tranquilizando y acompañando a quienes más lo necesitan. Conozco bien lo que significa vestir ese uniforme y sé que detrás de cada intervención hay mucho más que profesionalidad. Hay vocación de servicio, entrega y un compromiso silencioso que rara vez ocupa titulares, pero que sostiene a nuestra sociedad en los momentos más difíciles.
Mi gratitud se extiende también a los bomberos, brigadas forestales, la UME, Guardia Civil, policías locales, Protección Civil, servicios sanitarios, voluntarios y a todas esas personas anónimas que, sin esperar reconocimiento alguno, están dando lo mejor de sí mismas para proteger vidas y minimizar las consecuencias de esta tragedia.
Las llamas acabarán extinguiéndose. Ojalá sea pronto. Pero lo verdaderamente importante será que no se apague también nuestra memoria. No podemos resignarnos a que cada verano sea una sucesión de incendios, evacuaciones, pérdidas y promesas que se olvidan cuando llega el otoño.
Ha llegado el momento de aprender de una vez por todas. De invertir en prevención, en la gestión de nuestros montes, en más recursos humanos y materiales, en tecnología, en coordinación y en una planificación capaz de anticiparse a las emergencias, en lugar de limitarse a reaccionar cuando ya es demasiado tarde. El cambio climático aumenta el riesgo, pero la falta de previsión multiplica sus consecuencias.
Porque no podemos impedir que exista el fuego, pero sí podemos evitar que la falta de previsión convierta cada verano en una tragedia anunciada. Se lo debemos a quienes hoy lo han perdido todo y a quienes, con enorme profesionalidad y entrega, arriesgan su vida para proteger la de los demás. Que esta tragedia no quede solo en el recuerdo ni en las cifras. Que sea, por fin, el punto de inflexión para hacer las cosas de otra manera. Solo así podremos decir que, de tanto dolor, fuimos capaces de aprender.