Los colores del prisma

El Congreso de Colombia en tiempos de desconcierto​

Mientras el Congreso de Colombia instala una nueva legislatura y elige las mesas directivas del Senado y Cámara de Representantes, los ciudadanos viven preocupados por asuntos cotidianos: llegar al trabajo, sostener un pequeño negocio, buscar empleo, pagar impuestos o llevar el sustento a sus hogares. Son dos realidades que transcurren al mismo tiempo, aunque caminen por caminos distintos.

La atención de la jornada de este lunes 20 de julio se concentrará en los nombres de quienes dirigirán el poder Legislativo durante el próximo año, del total de cuatro para los cuales fueron elegidos por distintos partidos. Sin embargo, la pregunta importante es: ¿qué Congreso recibe el presidente electo, Abelardo de la Espriellla, que asumirá el poder el viernes 7 de agosto?

La respuesta va mucho más allá de una votación. El nuevo Congreso refleja un sistema político fragmentado. Ninguna fuerza dispone por sí sola de la capacidad para imponer su agenda y todas, sin excepción, necesitan dialogar si pretenden ofrecer gobernabilidad.

Esa fragmentación atraviesa todo el espectro político. Los partidos tradicionales, como el Liberal y el Conservador, enfrentan desde hace años una pérdida de influencia; la Alianza Verde, tampoco escapa a las divisiones; el Partido Comunes continúa buscando espacio después del Acuerdo de Paz; y las fuerzas más recientes de derecha e izquierda como el Centro Democrático, Partido de la U y el Pacto Histórico exhiben tensiones internas así hayan conquistado curules.

La crisis, en consecuencia, no pertenece a una sola corriente ideológica. Es una crisis del sistema de partidos. Ese diagnóstico ayuda a comprender por qué la confianza ciudadana en el Congreso sigue siendo uno de los mayores desafíos de la democracia colombiana. No se trata solo de los casos de corrupción que golpean a la opinión pública.

En las democracias debilitadas, los partidos corren el riesgo de dejar de ser escuelas de ciudadanía para convertirse en instrumentos de acceso y negociación del poder. Cuando esa desviación se combina con clientelismo, opacidad o corrupción, el daño trasciende a las organizaciones y erosiona la credibilidad debilitando la confianza de los ciudadanos.

El presidente electo no es ajeno a este desafío. Durante la campaña formuló severas críticas contra el Congreso y contra buena parte de la dirigencia política. Gobernar exige una lógica distinta a la confrontación electoral. A partir del 7 de agosto el mandatario deberá construir acuerdos con un Congreso plural, ejercer liderazgo sin desconocer la independencia del Legislativo y demostrar que el diálogo puede imponerse sobre la polarización.

Ese será también el examen para los congresistas. La ciudadanía espera menos discursos destinados a las redes sociales y más debates útiles; menos confrontación estéril y más control político serio; menos privilegios y más resultados. El Congreso no recuperará su prestigio por decreto ni mediante campañas de imagen. Lo hará si consigue demostrar que representa a los ciudadanos antes que a los intereses de quienes ocupan temporalmente el poder.

Cada cuatro años cambia la composición del Congreso. Lo que Colombia espera ahora es que también cambie la manera de ejercer la política colombiana. La legitimidad no se reconstruye con promesas ni con ceremonias. Se conquista cuando las instituciones vuelven a poner el interés general por encima de conveniencias partidistas.

Al finalizar la jornada de este lunes se conocerán los nombres de quienes presidirán el Senado y la Cámara. Esa será la noticia. Pero la verdadera historia comenzará cuando el Congreso decida si quiere seguir alimentando la desconfianza ciudadana o convertirse, por fin, en un escenario de construcción democrática. Porque las naciones avanzan cuando sus instituciones son capaces de inspirar confianza, y los parlamentos dejan de ser parte del problema para convertirse en parte de la solución. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP Press.