El liberal anónimo

Celtas, gaitas y otras criaturas mitológicas

Vivo en Asturias, una tierra antigua y escrita, pero lo hago rodeado de cierto fervor identitario en donde cada municipio parece empeñado en inventarse un pasado. Conviene recordar, aunque sea incómodo, que la historia no está para alimentar mitologías caseras. Hoy día pocas fábulas gozan de tanta salud como la de los supuestos «celtas» que vivieron en Galicia y Asturias. Unos visitantes fantasmagóricos que, a decir de algunos, dejaron aquí el sonido de las gaitas, su espíritu y casi diría que hasta la fabada y el pulpo. Empero, de todo esto, no hay ni una sola prueba concluyente. Ya es mala suerte.

El lector avisado sabrá bien que la arqueología moderna es poco dada a entusiasmos románticos. Repite de manera incansable que no hay evidencia alguna de migraciones celtas hacía el noroeste peninsular. Nadie ha encontrado cráneos centroeuropeos, ni ajuares, ni inscripciones, ni nada que permita afirmar, sin rubor, que los pobladores de estas tierras eran «celtas», a sensu estricto. Lo que sí existen son semejanzas. Pero ya se sabe que los parecidos, como los espejismos, hacen ver lo que no es.

Metidos en comparaciones diré que también hay semejanzas entre las pinturas rupestres de Altamira y las de Indonesia, y no por ello vamos a sostener que cántabros y papúes comparten los mismos abuelos. Es evidente que la humanidad, cuando se enfrenta a problemas semejantes tiende a inventar soluciones parecidas. Que un motivo geométrico aparezca en Lugo y en Bretaña no convierte a sus autores en primos hermanos. Lo que se acredita es que ambos sabían usar un compás rudimentario, es decir, la coincidencia no es parentesco aunque muchos se empeñen en confundirlo.

Sin embargo, donde la imaginación popular alcanza cotas épicas es en la «música celta». Uno cuando escucha ciertas melodías —esas gaitas reverberadas o el juego de coros— no puede evitar reírse por dentro e imaginar a un druida con un amplificador. En realidad no, por supuesto que no. Esa «música celta» es un invento actual, legítimo como cualquier otro, pero tan fantástico como los dragones. Es como si mañana alguien quiere bautizar el reguetón como «música visigoda», de seguro que no faltará quien lo defienda.

Los celtas y las criaturas mitológicas en el Cantábrico no son verdad histórica y la historia no puede dejarse seducir por simple nostalgia. En ella se exigen pruebas y esas, por desgracia para los amantes del mito, son intransigentes. El noroeste peninsular fue un mosaico de pueblos locales con influencias atlánticas, pero sin ningún rastro de una identidad celta análoga. Ni etnia, ni lengua, ni cultura, todo es literatura y fantasía.

Quizá esto resulte decepcionante para quienes soñaban con un espejo romántico en el que mirarse, pero la historia de verdad no está para consolarnos, sino para explicarnos. Y si algo debiera enseñarnos es que las identidades inventadas acaban pesando más que las reales porque, como decía un viejo profesor: La Historia no es un cuento para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos.

Así pues, dejemos a los celtas en paz y recuperemos nuestra verdadera identidad. Ellos que queden donde realmente estuvieron y nosotros a lo nuestro, a sociedades complejas, creativas y perfectamente capaces de construir castros, tallar piedras y tocar la gaita sin necesidad de invocar la magia, todo lo cual ya es mérito suficiente y además tiene la ventaja de ser verdad.