Entre la ley y la honestidad

La Campana de Huesca, siglo XXI

“(…) por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.”

John Donne

Cuenta una historia que hace muchos años, fallecido el rey de Aragón sin descendencia, su hermano, Ramiro II, apodado El Monje asumió el trono, y lo hizo en unas condiciones de levantamiento mayoritario de los nobles del reino. Una deslealtad a la corona que el nuevo monarca no sabía contener. Pidió consejo a un antiguo maestro suyo, a través de un mensajero, quien a la vuelta le relató cómo su maestro le llevó a un huerto y allí cortó las coles que eran más altas que el resto, apremiándole a que él hiciera lo mismo. Ramiro convocó a los nobles para enseñarles una nueva campana que, según decía, eran tan grande que se escucharía en todos los confines del reino. A medida que los nobles fueron bajando al habitáculo de la hipotética campana, un verdugo, uno a uno, los fue decapitando, colocando sus cabezas en círculo, y en el centro puso, colgada de una cuerda desde el techo, la cabeza del mayor desleal entre todos, como si se tratase del badajo. Luego los demás fueron llamados a contemplar aquella atrocidad que, en efecto, tanto sonaría, hasta el punto de silenciar otras voces, otros sonidos, que no fueran los emitidos por aquella infame Campana de Huesca.

Siglos después, las deslealtades -o lo que quiera entenderse por tal, pues la lealtad lo es, siempre y solo, a la ética y a la legalidad, por encima de cualquier afinidad personal- se siguen pagando muy caras. No se tratará de una decapitación física, sino de una ignominia, una calumnia, una coacción, un cese. Infundir el miedo, como ocurrió entonces, para callar las voces que dicen la verdad, que colocan a los responsables en su debido lugar, que destapan la vergüenza revestida de mando y de galones. La prepotencia, el terror y el poder unidireccional que no admite reproches justos, discrepancias o diferencias de opinión cuando lo que se ordena es abiertamente deshonroso. No existe ninguna lealtad ante la injusticia, la carencia de escrúpulos o la ilegalidad. Para quien parte del ejercicio del poder con esas premisas, la lealtad es mero vasallaje, y el desleal un traidor a destruir, porque su sola existencia revela la iniquidad, evidencia la auténtica cara del poder e incomoda de una forma insoportable.

El tañer de aquella legendaria campana no es hoy, precisamente, un sonido remoto, que en la lejanía resuene como un eco del pasado.

Ha trascendido a la leyenda, se ha convertido en un hecho.