¡Barbaries y más barbaries!
LA MIRADA DE ULISAS cada vez se estremece más por lo que le está sucediendo al mundo. Y la Ciudad Luz, un gran ejemplo de maravillas en el pasado, hoy se ha convertido en un modelo de desastres. Muestra con numerosas evidencias hacia dónde se dirige el mundo, si en algún momento no se enderezan los rumbos. Festejar una victoria con destrozos es un horror. Le queda claro a La Mirada de Ulisas que celebrar victorias o derrotas con violencia es lo que se está imponiendo en esta supuesta modernidad, que pesa y aturde tanto. Todo resulta un buen motivo para el desbordamiento. Ya no interesa si es positivo o negativo lo que se elogia o se condena. Las corrientes actuales, sobre todo de la juventud, se manifiestan con intimidación al expresar abiertamente la ausencia de valores. Principios de sana convivencia que se han extraviado en estos tiempos de barbarie. La policía, anteriormente una autoridad que imponía respeto, se ha convertido en foco de ataques. Ya nada ni nadie detiene los objetivos de llevar a cabo el desorden, los saqueos ni las agresiones a su máxima expresión. La mirada de Ulisas se pregunta: ¿qué le pasó al mundo al haberse degenerado de esta manera tan estrepitosa? Parece haber perdido el control y las riendas de una sociedad que se quiere ecuánime y dispuesta a vivir en la legitimidad. Los eventos demuestran lo contrario, ya se impone el caos, tal vez para decirnos que en río revuelto ganancia de pescadores. ¿Y quiénes son esos pescadores? Sin duda, deben tener nombre propio como el Mal, que sabe adueñarse de escenarios con sus tentáculos. La mirada de Ulisas piensa que desde aquel mayo de 1968 los objetivos se han venido deteriorando de tal modo que ya no se entiende que se quiere de una sociedad, que pierde cada día más su mejor forma de obrar y de ser. ¡Se hace eco de una modalidad que deja mucho que desear!!!
La mirada de Ulisas no puede acallar su dolor ante semejantes situaciones que ya no se limitan a París sino a toda Francia y quizá al mundo entero, donde el descontento halla una voz de violencia que parece haber perdido todo control. Y los líderes del momento no parecen estar capacitados para entonar la armonía y la legalidad que precisan las naciones en la actualidad. Demuestran que la mano firme es necesaria para impedir estos derramamientos de sangre, que afectan tanto a los países. Permiten demasiada laxitud. Sin querer volver a La Edad Media ni a sistemas autoritarios, que tampoco son la solución en vista de sus propias catástrofes, debe regir un orden que restablezca el control de entidades que han perdido el norte. Señalan que en anarquía no se puede vivir. Lleva a los desbarajustes que está padeciendo el Occidente con sus extralimitaciones. Producen trastornos que desvalorizan la propuesta de una sociedad justa y de altura. Si París pierde su luz, ¿qué se puede esperar del resto del mundo? Una debacle anunciada que atemoriza a la gente con buen criterio, que no concibe esta nueva manera de enfrentar la vida, donde la muerte flirtea con los días y con figuras otrora respetadas.