El liberal anónimo

Bad Bunny o cómo convertir el balbuceo en ovación

A estas alturas de mi vida en que casi he escrito más prólogos que leído novelas, también he querido entender al célebre Bad Bunny —augurio de misticismo cuya dicción parece obtenida de los gruñidos de un pangolín—. Sin embargo, después de varios experimentos auditivos, he llegado a la conclusión de que el problema no es mío, sino de una diabólica fonética que ha decidido emanciparse de toda comprensión humana.

Los jóvenes cuentan que el artista utiliza «jerga». ¡Sí, sí, jerga! Una hermosa palabra que solamente sirve para encubrir la ininteligibilidad, pero que en realidad son expresiones pastoriles como “yo perreo sola” o “ya yo me cansé” —breves fragmentos que ahora puedo citar después de haber buscado la canción escrita—, y no he podido dejar de pensar que el cantante, más que vocalizar, está pidiendo auxilio desde lo más profundo de una clase de diversificación. 

No obstante, son miles las almas cándidas que acuden a sus conciertos. Todos marchan felices, entregados a participar en un acontecimiento cultural de primer orden. Y un servidor, que ha tenido la suerte de conocer a verdaderos genios, no puede evitar preguntarse qué clase de magia convierte en ídolo a quien no es capaz de modular una palabra y cuyos mensajes han de subtitularse en una pantalla. 

Seamos sinceros, porque si tomamos la canción que interpretó en la Super Bowl de Estados Unidos y examinamos su “poesía”, descubriremos el escaso contenido que lanza al mundo. Basta recordar expresiones como “Me la vo a llevar a to’a”, “vamo a tirarno un selfie”, “Say Cheese, ey”; también ese giro del romanticismo cuando dice “una dominicana que es uva bombón”, o el estribillo “Titi me preguntó to to to to to to”. Sin duda, lejos de mostrar un sentimiento, parece que lo deja sumido en la oscuridad como si hubiésemos regresado al gran apagón. 

Sin embargo, ahí están, multitudes aplaudiendo con todo entusiasmo. Personas que jamás leerían un ensayo celebran ahora a un “poeta” que no se sabe si canta, balbucea o si es un recién llegado de Atapuerca. No cabe duda de que la mayoría no entiende lo que dice, aunque tampoco lo necesitan, sencillamente porque hoy en día la incomprensión es un signo de distinción. 

Pero yo sigo preocupado por el éxito. Quizá el secreto consista en no decir nada y, además, decirlo con convicción. Es evidente que vivimos en un mundo saturado de palabras vacías, donde la ausencia de significados empieza a convertirse en un lujo. Pues Bad Bunny es el visionario de ese vacío y parece que ha encontrado la fórmula magistral para explotarlo sin vocablo ni dicción. 

Ahora bien, algunos seguiremos preguntándonos si el problema es la falta de pronunciación del cantante o la pérdida de audición del público. Tal vez ambas cosas, tal vez ninguna, o tal vez, como en tantas modas, lo único importante es saltar, gritar, levantar los brazos, grabar con el móvil, subirlo a las Redes Sociales y contar que han estado en el concierto. Al final, este Bad Bunny es un personaje revolucionario porque sin saber hablar logra que la masa le aplauda sin saber por qué.