Sobre dogmas y consignas

¿Arde parís?

No, no ardió París. Los que sí, desgraciadamente van a hacerlo, como cada año, son nuestros montes. Años de avisar, de explicar y demostrar que es necesario cortar la hierba alta antes de que se seque.  Podar las ramas secas. Recoger las que hayan caído durante el invierno. Y arrancar los matorrales que hayan muerto. Cuatro cosas bastante simples. Evidentes. Sin grandes dificultades ni dispendio. Entonces  ¿por qué no se llevan a cabo? Forestales, bomberos y Guardia Civil exponen sus vidas y los vecinos pierden su tranquilidad, sus bienes, sus recuerdos y en muchos casos su medio de vida. Pero nuestro gobierno sordo, de pocas luces o neroniano, no tiene tiempo de estas nimiedades, así que no hacen nada, año tras año, por evitar el desastre.

Cierto es que, como en todo, hay prioridades y no se puede despilfarrar el erario público en nimiedades como esta. Tiene prioridad gastar nuestros impuestos en imponer las aes, oes, ees demostrando su inefable falta de cultura, lo que es natural en muchos de ellos. Conseguir enemistarse, sin que pueda saberse las razones, con países tradicionalmente amigos. En comprar de manera vergonzosa votos de quienes pueden, en algunos casos, originar problemas. En prebendas humillantes a quienes declaran en el Parlamento, que quieren la ruina de España.

Pero sobre todo, ante todo, ejercer su actividad favorita: la de prestidigitadores. Lo ejecutan con brillantez y maestría, que hay que reconocer los  méritos cuando han sido demostrados. Son capaces, ante la mirada asombrada de los contribuyentes, de hacer desaparecer limpiamente el erario público que pasa como por milagro a sus cajas fuertes, inmuebles de lujo y cuentas en paraísos fiscales. Sin olvidar orgías y prebendas a las que sea menester, que el amor es siempre algo bonito, generoso y lleno de espiritualidad.

¡Qué gloria de gobierno tenemos!