Cinco sentidos

Antideuterón

Si me lo preguntas, no seré capaz de explicarlo. Sólo podré decir, y con total ignorancia,  que la aplicación práctica de la antimateria tiene que ver con que es el combustible con  mayor densidad energética conocido. No es que yo sepa algo de esto; simplemente me  gusta leer y descubrir historias. Soy, sencillamente, un curioso, un buscador de historias. 

Y la historia de quien descubrió el antideuterón es apasionante. Se trata del  recientemente desaparecido doctor en Física Antonino Zichichi, una de las mentes más  brillantes de la física contemporánea. Sin duda alguna, sus aportes en el campo de la  física de altas energías han sido enormes. Podría nombrar muchos de sus  descubrimientos en el ámbito de la materia y la antimateria, fundamentales para el  desarrollo de la astrofísica y con aplicaciones concretas en la medicina nuclear. 

Más allá de ese mundo que me resulta fascinante, pero absolutamente inaccesible a mi  escaso conocimiento en física, siempre me llamó la atención su mirada de fe.  Acostumbrado a entrevistar científicos que se reconocen como ateos, existe para mí un  universo menos visible pero muy cercano: el de los científicos con fe. 

Aunque muchas veces se intenta enemistar a la ciencia y la fe, creo —de una manera  muy personal— que la ciencia busca a Dios y que, muchas veces, se frustra al no  encontrarlo dentro de sus propios métodos. Ante esa búsqueda, Zichichi tenía una  respuesta contundente: si a Dios se lo pudiera indagar a través de la ciencia —la famosa  “prueba científica” exigida por sectores antiteístas— ya no sería el Creador, sino una  simple criatura. 

En la misma línea, sostenía que los descubrimientos científicos son la prueba de que no  somos hijos del caos, sino de una lógica rigurosa. Y si hay una Lógica, debe haber un  Autor. 

Nino Zichichi, como lo llamaban sus allegados, fue una persona humilde, con esa  grandeza que sólo pueden tener los sabios. Supo llevar su fe a la vida ordinaria y  profesional, y entendió —y así lo impulsó— que los descubrimientos científicos no  pertenecen a nadie, sino que deben ser compartidos. 

Así lo expresó el Instituto Nacional de Física Nuclear de Italia en su carta de despedida:  fundador e impulsor del Centro Interdisciplinario Ettore Majorana para la Cultura  Científica, convirtió este espacio en un lugar de diálogo entre científicos de distintos  países, convencido de que la cooperación científica podía ser un instrumento concreto  de diplomacia y de consolidación de la paz. Mantuvo un compromiso inquebrantable  con la construcción de puentes entre la ciencia, la cultura y la sociedad, convencido de  que la investigación fundamental no es una mera tarea técnica, sino una piedra angular  del progreso humano.

Este gran pensador, eterno curioso, ha dejado este mundo con un legado científico que  permanecerá en la historia de la física teórica. Pero, sin duda, también deja un legado de  esperanza en esa búsqueda. 

Tal vez convenga pensar, como lo hacía Antonino Zichichi, que cada descubrimiento  nos acerca a una nueva pregunta para hacer, en esa búsqueda eterna que llevamos  impresa en nuestro ser. 

«Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en  ti». San Agustín 

DEP Antonino