Abelardo y el desafío de sacar a Colombia de Bogotá
Tres días después de la posesión del presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, comienza a abrirse un debate que el país tiene aplazado desde hace varias décadas: descentralizar el poder que continúa concentrado en Bogotá.
La ceremonia de posesión en Cali, seguida del anuncio de buscar sedes alternas de la Presidencia en Barranquilla, Medellín y la propia Cali, ha puesto el asunto sobre la mesa. La discusión está en efervescencia. La inconveniencia es confundir descentralización con geografía presidencial.
Colombia no necesita un presidente haciendo turismo administrativo. Necesita trasladar competencias, recursos y capacidad de decisión. La Constitución de 1991 definió al país como una República unitaria, descentralizada y con autonomía de sus entidades territoriales. Han transcurrido 35 años leyendo esa frase como una promesa pendiente.
El Congreso aprobó, hace años, una reforma constitucional al Sistema General de Participaciones que busca fortalecer la autonomía territorial y parte de un principio elemental: no se pueden descentralizar competencias sin asignar recursos necesarios.
Por eso la idea del nuevo Gobierno merece algo más que titulares, aplausos o discusiones. De la Espriella ha anunciado que presentará al Congreso un acto legislativo para reconocer a Barranquilla como capital alterna. Es decir, la propuesta tendrá que pasar por el lugar que corresponde en una democracia: el debate institucional.
¿Dónde está el documento técnico? ¿Cuál será el papel del Departamento Nacional de Planeación? ¿Qué competencias se trasladarán? ¿Qué recursos? ¿Qué responsabilidades? ¿Cómo se evitará que el centralismo de Bogotá sea reemplazado por pequeños centralismos regionales?
Colombia conoce bien esa película. Durante décadas creó normas de descentralización mientras el poder seguía concentrado en el centro. En muchas regiones, ese poder terminó capturado por élites políticas, redes clientelistas y estructuras económicas que convirtieron la administración pública en patrimonio familiar de reconocidos clanes.
Descentralizar, entonces, no puede significar simplemente llevar el escritorio presidencial a otra ciudad. También sería saludable recordar que los presidentes no son monarcas con derecho a reorganizar el Estado a golpe de inspiración matutina. Pueden proponer, naturalmente. Para eso son elegidos.
Pero cuando una propuesta pretende modificar la arquitectura institucional, la democracia exige debate ciudadano, academia, empresarios, organizaciones sociales, gobiernos territoriales, Congreso y Planeación Nacional. Más discusión. Menos escenografía.
Aquí aparece una oportunidad histórica. Colombia podría discutir nuevas formas de organización territorial: autonomías regionales, competencias diferenciadas, gobernanzas compartidas y regiones articuladas alrededor de sus sistemas ambientales, económicos y culturales.
España, por ejemplo, ofrece la experiencia de las autonomías; Alemania, la de un federalismo que distribuye el poder territorial. No se trata de copiar modelos, sino de aprender de ellos. Y quizá haya que mirar hacia donde Colombia ha mirado poco: el mar.
El país tiene dos océanos y sigue comportándose como si fueran postales turísticas. El Caribe puede ser para América lo que el Mediterráneo ha sido para Europa: un espacio de encuentro, comercio, cruce de culturas y civilización. Germán Arciniegas lo explicó hace décadas en su libro “Biografía del Caribe”. Barranquilla, Cartagena, Santa Marta y todo el litoral Caribe podrían ser mucho más que destinos de vacaciones si Colombia decide convertir su posición geográfica en estrategia.
El asunto, por tanto, no es mudar la Casa de Nariño. Es trasladar el poder. La verdadera descentralización no consiste en que el presidente administre desde Barranquilla, Cali o Medellín. Consiste en que un alcalde, una comunidad, un empresario o un campesino de cualquier territorio no tengan que viajar hasta Bogotá para descubrir que allí ya decidieron por ellos.
La gran discusión no es quién gobierna Colombia ni desde dónde. La pregunta es desde qué modelo de Estado se quiere gobernar. Esa discusión está ahora, en buena medida, en manos del presidente Abelardo de la Espriella. Porque gobernar desde las regiones puede ser una decisión histórica.
Pero gobernar para las regiones exige algo mucho más difícil: compartir el poder. Y el poder no cabe en una maleta presidencial. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP Press.