MEGAN: “Colombia no se juega únicamente quién gobernará; se juega la fortaleza de sus instituciones y su democracia”
Durante décadas, la política latinoamericana estuvo dominada por los grandes partidos, los sindicatos, las organizaciones estudiantiles y los medios de comunicación tradicionales. Sin embargo, la irrupción de las redes sociales ha alterado profundamente ese equilibrio. Hoy, una parte importante del debate público ya no se desarrolla exclusivamente en parlamentos, universidades o redacciones, sino también en plataformas digitales donde una nueva generación de comunicadores ha encontrado un espacio desde el que influir, explicar y confrontar ideas.
En Colombia, uno de esos rostros es el de María Eugenia Gómez Arias, más conocida como MEGAN (@megangoar). Politóloga de formación, analista de seguridad por experiencia profesional y divulgadora política por vocación, ha logrado construir una comunidad de seguidores especialmente interesada en comprender cómo las decisiones políticas terminan afectando a la vida cotidiana de los ciudadanos.
Su perfil rompe además algunos de los esquemas tradicionales de la política latinoamericana. Mujer, afrodescendiente, defensora de las ideas liberales y muy crítica con el Gobierno de Gustavo Petro, se ha convertido en una voz habitual dentro de la llamada batalla cultural que recorre actualmente buena parte de Hispanoamérica.
Sin embargo, reducir su figura a una etiqueta ideológica sería simplificar demasiado una trayectoria que comienza mucho antes de las redes sociales y que hunde sus raíces en una realidad que, según explica, sigue condicionando buena parte de los problemas colombianos: la distancia entre el poder político y las regiones.
“Siempre he intentado comunicar desde la costa, desde las regiones, desde donde realmente vive la gente”, afirma durante esta conversación con El Diario de Madrid.
A pocas horas de una de las citas electorales más importantes para Colombia, hablamos con ella sobre economía, educación, seguridad, libertad de expresión y el futuro de un país que, a su juicio, afronta uno de los momentos más decisivos de las últimas décadas.
Para quienes todavía no la conocen, ¿quién es realmente María Eugenia Gómez Arias y cómo nace MEGAN?
Mi nombre es María Eugenia Gómez Arias. Soy colombiana, nací en Valledupar, una ciudad maravillosa del Caribe colombiano. Después viví en Montería y desarrollé gran parte de mi vida académica y profesional en Barranquilla. Por eso siempre digo que soy profundamente costeña.
MEGAN realmente surge de algo muy sencillo. Son mis iniciales. Es un apodo que me pusieron cuando era muy pequeña y que terminó acompañándome hasta las redes sociales. Era más corto, más fácil de recordar y terminó convirtiéndose en mi identidad pública.
Pero más allá del nombre, hay algo que para mí siempre ha sido muy importante: mis raíces. Cuando hablo de ser costeña no lo hago por una cuestión folclórica ni identitaria. Lo hago porque una gran parte de mi visión política nace precisamente de haber vivido lejos de Bogotá y de observar cómo se toman muchas decisiones desde la capital sin comprender realmente la realidad de las regiones.
En Colombia existe un centralismo muy fuerte. Muchas veces los proyectos, las obras públicas y las políticas se diseñan desde despachos situados a cientos de kilómetros de distancia de las personas a las que van dirigidos. Y eso termina generando soluciones que, sobre el papel, parecen razonables, pero que luego no responden a las necesidades reales de cada territorio.
Por eso siempre he intentado comunicar desde la costa. Hablo de cuestiones nacionales, por supuesto, pero trato de aterrizarlas a la realidad concreta de las regiones. Porque los problemas suelen ser fáciles de identificar. Lo realmente complicado es encontrar soluciones que funcionen.
¿Esa preocupación por los problemas de las regiones fue lo que despertó su interés por la política?
En parte sí. Creo que los jóvenes solemos tener una enorme capacidad para detectar problemas. Vemos las injusticias, vemos los errores, vemos aquello que no funciona. Pero muchas veces nos cuesta más dar el siguiente paso y preguntarnos cuáles son las soluciones.
A veces también somos una generación muy emocional. Nos dejamos llevar por sentimientos, por indignaciones, por frustraciones legítimas. Y eso ocurre no solamente en Colombia, sino prácticamente en todo el mundo.
Sin embargo, gobernar o transformar una sociedad exige algo más que señalar aquello que está mal. Exige comprender cómo funcionan las instituciones, cómo se crean incentivos, cómo se financian las políticas públicas y cuáles son las consecuencias de las decisiones.
Creo que esa fue una de las razones que me llevó a estudiar Ciencia Política y Gobierno. Quería entender no solamente los problemas, sino también los mecanismos mediante los cuales una sociedad intenta resolverlos.
Después de la universidad llegó su experiencia profesional en el ámbito de la seguridad.
Sí. Trabajé durante varios años en el Observatorio de Seguridad Ciudadana y esa experiencia marcó muchísimo mi manera de entender Colombia.
La seguridad sigue siendo uno de los temas que más me apasionan. También la geopolítica. Porque cuando trabajas cerca de esos ámbitos descubres hasta qué punto la realidad suele ser más compleja de lo que muchas veces se presenta en los discursos políticos.
Desde fuera resulta fácil construir relatos simples. Buenos contra malos. Soluciones rápidas. Promesas inmediatas. Pero cuando uno observa cómo funcionan realmente las dinámicas territoriales, la violencia, los grupos armados o los problemas de seguridad, entiende que casi nunca existen respuestas sencillas.
Esa experiencia me acompañó después cuando empecé a comunicar en redes sociales. Me ayudó a desarrollar una mirada más analítica y más interesada en las consecuencias reales de las políticas públicas.
“La mayoría de la gente no se interesa por la política hasta que descubre que afecta a su bolsillo”
¿Cuándo descubre que la economía puede ser una herramienta para acercar la política a los ciudadanos?
Fue algo que ocurrió de manera bastante natural. Muchas personas creen que soy economista, pero realmente no lo soy. Mi formación es en Ciencia Política. Sin embargo, poco a poco fui observando algo muy interesante. Cuando hablas exclusivamente de política, es muy difícil captar la atención de la mayoría de la gente. Puedes explicar una reforma institucional, una ley o un debate parlamentario y muchas personas desconectan porque sienten que todo eso pertenece a un mundo lejano.
La situación cambia cuando les dices: “Esto va a afectar a tu salario”, “esto va a afectar al precio de tu vivienda”, “esto va a afectar al coste de tu alimentación” o “esto va a afectar a tu capacidad de ahorro”. Ahí sí aparece el interés. Y es lógico. Porque al final las decisiones políticas terminan condicionando cómo vivimos. Determinan cuánto podemos ahorrar, cuánto podemos invertir, cuánto podemos consumir o incluso qué oportunidades laborales tenemos. La política parece algo lejano hasta que toca el bolsillo. Y cuando toca el bolsillo, todo el mundo empieza a prestar atención.
Esa filosofía es la que le ha llevado a explicar conceptos económicos complejos utilizando ejemplos muy sencillos.
Exactamente. Uno de los ejemplos más conocidos fue cuando intenté explicar la subida del salario mínimo utilizando una pizza. Puede parecer una simplificación excesiva, pero muchas veces es la mejor manera de transmitir una idea.
En Colombia se anunció una subida muy importante del salario mínimo y mucha gente reaccionó celebrándola de manera automática. Parecía lógico: si ganas más dinero, tu situación mejora. Sin embargo, la economía es bastante más compleja. Intenté explicar qué es realmente el salario mínimo, para qué sirve, cuántas cosas están indexadas a él y por qué una subida salarial no implica necesariamente que una persona pueda comprar más bienes o servicios. Si al mismo tiempo aumentan los precios, si crece la inflación o si se encarece la producción, el resultado final puede ser muy diferente al que inicialmente se esperaba.
Por eso creo que necesitamos hacer un enorme esfuerzo de pedagogía económica. Porque muchas veces las personas toman decisiones políticas sin comprender realmente las consecuencias económicas de determinadas propuestas. Y eso no es culpa de los ciudadanos. Es que nadie se lo ha explicado de manera sencilla.
“Soy libertaria, me considero anarcocapitalista y creo que la gran batalla de nuestra generación es explicar la economía”
En sus vídeos suele definirse abiertamente como libertaria. No es una etiqueta especialmente habitual en la política colombiana. ¿Cómo llega a esas ideas?
Ha sido un proceso bastante natural. A medida que fui estudiando política, economía e instituciones, fui acercándome cada vez más a las ideas de la libertad individual, de la responsabilidad personal y de la limitación del poder político.
Hoy me defino como libertaria y me considero anarcocapitalista. Sé que para muchas personas esos términos pueden sonar extraños o incluso radicales, pero para mí el núcleo de esas ideas es bastante sencillo: la defensa de la libertad del individuo frente al poder excesivo del Estado.
Creo que demasiadas veces se plantea que cualquier problema social debe resolverse desde arriba, mediante más regulación, más intervención o más dependencia del aparato estatal. Mi experiencia me ha llevado a concluir justamente lo contrario. Cuanto más dependiente se vuelve una sociedad de la política, menos capacidad tiene para construir soluciones propias.
Y eso es algo que intento transmitir constantemente a través de mis redes sociales. No porque quiera convertir a nadie a una ideología concreta, sino porque creo que la gente debería entender cómo funcionan realmente los incentivos económicos y políticos.
Muchas veces votamos propuestas sin preguntarnos quién las paga, cómo se financian o cuáles serán sus consecuencias a largo plazo.
Usted insiste mucho en la necesidad de explicar economía. ¿Por qué considera que esa labor es tan importante?
Porque la economía sigue siendo uno de los grandes puntos ciegos de nuestras sociedades. Muchas personas terminan la educación obligatoria sin comprender conceptos básicos sobre inflación, deuda, tipos de interés, ahorro o inversión. Y eso ocurre no solamente en Colombia. Es un fenómeno bastante generalizado. Al final terminamos viviendo dentro de sistemas económicos complejísimos sin que nadie nos haya enseñado realmente cómo funcionan.
Por eso intento traducir esos conceptos a ejemplos cotidianos. Porque cuando una persona entiende cómo funciona una hipoteca, cómo afecta la inflación a sus ahorros o por qué determinadas políticas terminan encareciendo los productos, empieza a comprender mejor la realidad política. Y ahí es donde aparece algo muy importante: la capacidad de cuestionar discursos simplistas.
“La izquierda entendió antes que nadie cómo comunicar”
¿Por qué cree que determinadas corrientes ideológicas han logrado conectar mejor con los jóvenes?
Porque entendieron algo fundamental antes que nadie: la importancia de la comunicación. Durante años quienes defendían las ideas liberales o de libre mercado hablaban principalmente entre académicos, intelectuales o especialistas. Utilizaban un lenguaje técnico, complejo y muchas veces inaccesible para la mayoría de la población.
Mientras tanto, la izquierda aprendió a simplificar. Y eso tiene una enorme fuerza política. Te dicen que los empresarios son los culpables, que los bancos son los culpables, que el mercado es el culpable, que el Estado resolverá todos los problemas. Son explicaciones extremadamente simples para cuestiones muy complejas. Pero precisamente por eso funcionan tan bien.
Yo siempre digo que muchas veces nuestros propios espacios ideológicos han cometido el error de intentar parecer inteligentes antes que comprensibles. Y la gente no necesita escuchar una conferencia universitaria. Necesita entender qué está ocurriendo. La izquierda comprendió eso muchísimo antes que nosotros.
¿Las redes sociales han equilibrado ese terreno?
Sin duda. Creo que las redes sociales han democratizado enormemente la conversación pública. Durante décadas, quienes tenían capacidad para influir eran los grandes medios de comunicación, los partidos políticos, los sindicatos o determinadas estructuras tradicionales. Hoy una persona con un teléfono móvil puede llegar a cientos de miles de ciudadanos. Eso cambia completamente las reglas.
Por supuesto, también tiene riesgos. Hay desinformación, polarización y muchos incentivos perversos. Pero al mismo tiempo permite que aparezcan voces que antes nunca habrían tenido espacio. Y eso es precisamente lo que estamos viendo en muchos países. Cada vez hay más personas que se informan directamente a través de creadores de contenido, analistas independientes o comunicadores que trabajan fuera de los canales tradicionales.
“Mucha gente habla de libertad de expresión hasta que escucha una opinión distinta”
Usted ha sido muy crítica con lo que considera una doble vara de medir respecto a la libertad de expresión.
Porque la he vivido personalmente. Hay una enorme contradicción entre algunos discursos y algunos comportamientos. Escuchamos constantemente hablar de tolerancia, diversidad e inclusión. Pero muchas veces esos conceptos parecen tener una condición previa: pensar exactamente igual que quienes los defienden. Cuando una persona discrepa, deja automáticamente de formar parte de esa diversidad que dicen proteger.
Y eso no ocurre solamente en internet. Lo he vivido en espacios públicos, en entrevistas, en actividades o simplemente caminando por la calle. Hay personas que consideran perfectamente legítimo intentar intimidar o señalar a quien piensa diferente. Y eso me preocupa mucho más que cualquier comentario desagradable en redes sociales. Porque revela una concepción muy limitada de la libertad.
“Los espacios donde más han intentado condicionarme no han sido precisamente espacios conservadores”
En varias ocasiones ha hablado de los ataques que recibe por ser mujer afrodescendiente y defender posiciones liberales.
Sí, porque es una experiencia que me ha hecho reflexionar mucho. En Colombia, como ocurre en otros lugares, existe una narrativa muy concreta sobre cómo debería pensar una mujer afrodescendiente. Parece que determinadas características personales llevan asociada una posición política obligatoria. Y cuando no encajas en ese esquema, aparecen los problemas. Muchas veces he escuchado comentarios como: “¿Cómo vas a ser afro y de derecha?” o “¿Cómo puedes defender esas ideas siendo mujer?”. Como si existiera una forma correcta de pensar según tu origen, tu sexo o tu color de piel.
Y lo más curioso es que algunos de los comentarios más agresivos que he recibido sobre mi cabello, mi aspecto físico o mi color de piel han venido precisamente de personas que se presentan como defensoras de la inclusión. Eso me parece profundamente contradictorio.
También se define como feminista. ¿Cómo convive esa etiqueta con su pensamiento liberal?
Para mí no existe ninguna contradicción. De hecho, muchas veces creo que se ha olvidado cuál fue el origen del feminismo. El feminismo nace precisamente de una reivindicación liberal: la igualdad ante la ley, la libertad individual y el reconocimiento de derechos para las mujeres. Lo que ocurre es que hoy muchas personas identifican automáticamente el feminismo con determinadas corrientes políticas contemporáneas y olvidan toda esa tradición anterior.
Yo siempre he defendido la igualdad de oportunidades y la libertad de las mujeres para decidir sobre sus vidas. Pero también creo que la libertad implica algo muy importante: la posibilidad de pensar diferente. Y muchas veces parece que algunas personas defienden la libertad de las mujeres siempre que esas mujeres compartan determinadas posiciones ideológicas.
“Venezuela nos enseñó que las democracias no desaparecen de un día para otro”
Cuando habla de libertad de expresión suele terminar mencionando Venezuela. ¿Por qué?
Porque Venezuela es probablemente una de las lecciones políticas más importantes que ha vivido nuestra región. Muchas veces la gente imagina que las democracias desaparecen de manera repentina, mediante un golpe de Estado o un acontecimiento dramático.
La realidad suele ser mucho más gradual. Primero se construyen determinadas narrativas. Después se polariza a la sociedad. Más tarde se desacredita a quienes piensan diferente. Y finalmente se empieza a cuestionar la legitimidad de las instituciones que limitan el poder político. Por eso Venezuela aparece constantemente en nuestras conversaciones. No porque Colombia sea Venezuela. Sino porque nos recuerda lo importante que es defender los contrapesos institucionales antes de que sea demasiado tarde.
¿Por eso insiste tanto en que estas elecciones son especialmente importantes?
Exactamente. Creo que muchas personas todavía no son plenamente conscientes de lo que está en juego. No estamos discutiendo simplemente un programa económico o una propuesta concreta. Estamos discutiendo qué tipo de país queremos ser. Qué papel tendrán las instituciones. Qué límites tendrá el poder político. Y hasta qué punto seguiremos siendo una sociedad abierta al debate y al pluralismo.
Por eso he dicho muchas veces que este ha sido probablemente mi cumpleaños más nervioso. Porque siento que Colombia está afrontando uno de esos momentos históricos en los que las decisiones de una generación pueden condicionar el futuro de las siguientes. Y creo que tenemos la responsabilidad de tomarnos ese debate muy en serio.
“Queremos vivir sin tener que pedir permiso”
Hablábamos antes de libertad individual, de responsabilidad y de la relación entre el ciudadano y el Estado. ¿Cómo conecta todo eso con su visión del Gobierno de Gustavo Petro?
Creo que existe una idea muy sencilla que resume buena parte de lo que yo defiendo: queremos vivir sin tener que pedir permiso. Puede sonar simple, pero en realidad es una idea profundamente política. Significa que las personas puedan construir su proyecto de vida sin depender constantemente de la autorización, de la tutela o de la intervención permanente del poder político. Y precisamente por eso creo que muchas de las dinámicas que hemos visto durante el Gobierno de Gustavo Petro van en la dirección contraria.
Durante estos años hemos asistido a una expansión constante del discurso estatal. Todo gira alrededor del Gobierno. Todo gira alrededor del presidente. Todo gira alrededor de la narrativa oficial. Y además no se hace con recursos propios, sino con dinero de los contribuyentes. Por eso una de las cuestiones que más he criticado es la enorme maquinaria de propaganda institucional que se ha construido durante estos años.
¿Por qué considera que la propaganda institucional ha adquirido tanta importancia durante este Gobierno?
Porque se ha convertido prácticamente en una política pública en sí misma. Uno observa determinados ministerios y tiene la sensación de que su principal función ya no es gestionar, sino comunicar. Se prometen proyectos. Se anuncian objetivos grandilocuentes. Se generan grandes expectativas. Y cuando llega el momento de evaluar los resultados reales, muchas veces encontramos niveles de ejecución muy inferiores a los prometidos.
Sin embargo, eso queda eclipsado por una estrategia comunicativa muy eficaz. Hace poco comentaba un ejemplo en mis redes sociales. El Gobierno anunció la creación de cien universidades. Cuando uno analiza la ejecución real encuentra cifras muy diferentes a las anunciadas inicialmente. Sin embargo, cada inauguración se presenta como un gran acontecimiento nacional. Y no hablo simplemente de cortar una cinta. Hablo de desplegar toda una narrativa pública para transmitir la sensación de éxito independientemente del grado real de avance del proyecto. Ese mecanismo se ha repetido muchas veces durante estos años.
“Petro ha conseguido que cualquier polémica sustituya al debate sobre los problemas reales”
Usted suele decir que el presidente marca constantemente la agenda pública.
Porque es exactamente lo que ha ocurrido. Tengo la sensación de que Colombia lleva cuatro años viviendo en una sucesión permanente de polémicas. Aparece un escándalo. Surge una investigación. Se abre un debate sobre corrupción, seguridad o economía. Y de repente aparece una nueva controversia que desplaza completamente la conversación pública.
Es una dinámica muy difícil de combatir porque obliga a la sociedad a reaccionar constantemente. Nunca hay tiempo suficiente para profundizar en los problemas de fondo. Siempre estamos discutiendo el último titular. La última declaración. La última pelea. La última confrontación. Y eso termina beneficiando a quienes prefieren que el debate público nunca llegue a profundizar demasiado.
¿Dónde cree que esa diferencia entre relato y realidad se percibe con más claridad?
En muchas áreas: educación, vivienda, infraestructuras, inversión pública, promesas sociales... Por ejemplo, uno de los casos que más he comentado tiene que ver con las universidades prometidas por el Gobierno. Porque una cosa es anunciar proyectos y otra muy distinta ejecutarlos. Y esa diferencia es importante.
La política no puede medirse únicamente por las intenciones, tiene que medirse por los resultados. Muchas veces el debate público se centra exclusivamente en lo que se prometió y muy poco en lo que realmente se consiguió.
“Acabaron con programas que ayudaban a miles de familias a acceder a una vivienda”
Usted también ha criticado la política de vivienda.
Sí, porque creo que es otro ejemplo muy ilustrativo. En Colombia existía un programa llamado Mi Casa Ya, orientado a facilitar el acceso a viviendas de interés social para personas de ingresos bajos y medios. Era un mecanismo imperfecto, como todos los programas públicos, pero permitía que muchas familias accedieran a una vivienda propia. El Gobierno decidió acabar con ese modelo y sustituirlo por otras iniciativas.
Y ahí aparece algo que me preocupa mucho: la diferencia entre construir una vivienda y contabilizar actuaciones menores como si fueran viviendas entregadas. Porque no es lo mismo entregar una casa nueva que pintar una fachada o realizar una mejora puntual. Sin embargo, en ocasiones ambas cosas terminan apareciendo dentro de los mismos balances públicos. Y eso distorsiona la percepción de los resultados.
¿La cuestión económica es uno de los principales puntos débiles del actual Gobierno?
Desde mi punto de vista, sí. Porque muchas veces el debate económico se plantea como una discusión moral. Si estás a favor del gasto eres sensible. Si cuestionas determinadas políticas eres insensible. Y la realidad es mucho más compleja. La verdadera pregunta no es cuánto dinero gasta un Gobierno. La verdadera pregunta es si ese dinero produce resultados. Porque los recursos públicos no son infinitos. Provienen del esfuerzo de millones de ciudadanos. Y por tanto deberían administrarse con la máxima responsabilidad.
Lo preocupante es cuando se incrementa el gasto sin que eso se traduzca en mejoras visibles para la población.
“Llamar ‘pendejos’ a quienes intentan comprar una vivienda fue un error enorme”
Uno de los vídeos más vistos de sus redes sociales está relacionado con las declaraciones del presidente sobre quienes pedían créditos para comprar vivienda.
Sí. Y creo que tuvo tanta repercusión precisamente porque mucha gente se sintió identificada. En aquel momento el presidente calificó como “pendejos” a quienes estaban solicitando créditos hipotecarios en un contexto de tipos de interés elevados. Yo quise explicar por qué esa afirmación me parecía profundamente injusta. Estamos hablando de personas que intentan construir un patrimonio. Que intentan acceder a una vivienda. Que intentan mejorar su situación económica. Y me parecía sorprendente que se responsabilizara a los ciudadanos por una situación económica compleja mientras el propio Estado seguía aumentando su endeudamiento.
Ese vídeo tuvo un alcance enorme porque conectó con una preocupación muy real de muchísimas familias colombianas.
¿Qué papel atribuye al Banco de la República durante estos años?
Creo que el Banco de la República ha desempeñado precisamente el papel que debe desempeñar una institución independiente. Y eso es importante decirlo. Cuando la inflación aumenta, los bancos centrales tienen herramientas limitadas pero necesarias para intentar controlarla. Eso puede generar decisiones impopulares. Puede encarecer el crédito. Puede ralentizar determinadas actividades económicas. Pero la alternativa suele ser mucho peor.
Por eso me preocupa cuando se convierte al Banco de la República en un enemigo simplemente porque adopta decisiones técnicas que no coinciden con los intereses políticos del Gobierno. Las instituciones independientes existen precisamente para eso: para tomar decisiones que a veces resultan incómodas para quienes gobiernan.
“La democracia necesita contrapesos, no instituciones sometidas al poder político”
Esa reflexión nos lleva directamente a otro de los temas que más le preocupan: la independencia institucional.
Exactamente. Porque aquí ya no estamos hablando únicamente de economía. Estamos hablando de la arquitectura democrática del país. Una democracia funciona porque existen contrapesos. Porque hay instituciones capaces de limitar el poder. Porque ningún gobernante puede hacerlo absolutamente todo.
Y creo que muchas de las tensiones que hemos vivido durante estos años tienen precisamente ese origen. Cuando determinadas instituciones no aceptan las propuestas del Gobierno, automáticamente pasan a ser presentadas como obstáculos. Y eso es algo que debería preocuparnos a todos, independientemente de nuestras preferencias políticas. Porque las instituciones no están para agradar al poder. Están para controlarlo cuando sea necesario.
Usted trabajó en cuestiones relacionadas con la seguridad y ha seguido muy de cerca la evolución de la llamada Paz Total. ¿Por qué considera que ha fracasado?
Porque, desde mi punto de vista, parte de una comprensión errónea de cómo funcionan realmente los grupos armados en Colombia. Sobre el papel, la propuesta parecía sencilla: sentar a todos los actores armados en una mesa de negociación para alcanzar acuerdos que redujeran la violencia y facilitaran la pacificación de los territorios.
El problema es que la realidad colombiana es mucho más compleja. Muchas personas imaginan que grupos como el ELN, las disidencias de las FARC o las distintas organizaciones criminales funcionan como un ejército convencional, con una cadena de mando rígida y una estructura perfectamente jerarquizada. Pero no es así. En muchos casos operan a través de frentes relativamente autónomos, con intereses, liderazgos y dinámicas propias. Eso significa que puedes tener a una parte de una organización sentada en una mesa de negociación mientras otra continúa actuando sobre el terreno. Y eso fue precisamente uno de los grandes problemas.
¿Dónde cree que estuvo el principal error de diseño?
En asumir que todos los grupos armados podían recibir el mismo tratamiento. Colombia tiene una realidad extremadamente compleja. Cada organización tiene objetivos distintos. Estructuras distintas. Capacidades distintas. Territorios distintos. Y formas distintas de relacionarse con las comunidades. Sin embargo, muchas veces se intentó aplicar una misma lógica a todos ellos.
Yo participé profesionalmente en espacios relacionados con algunas de estas dinámicas y pude observar cómo sobre el terreno las cosas funcionaban de manera muy diferente a como aparecían descritas en los documentos oficiales. En algunos territorios una calle podía estar controlada por un grupo armado y la siguiente por otro. Se podían producir acuerdos temporales. Se podían reducir determinados indicadores durante unas semanas. Pero la disputa territorial seguía existiendo. Y cuando esa disputa continúa, la violencia termina reapareciendo.
“La seguridad ha vuelto a convertirse en una de las grandes preocupaciones de los colombianos”
¿Cómo describiría la situación actual de seguridad?
Creo que existe una sensación creciente de preocupación. Y no se trata únicamente de una percepción subjetiva. Durante estos años hemos visto cómo los grupos armados han ampliado su presencia en determinadas zonas, cómo aumentan los conflictos territoriales y cómo muchas comunidades vuelven a sentir que el Estado pierde capacidad de control. Eso es especialmente preocupante porque la seguridad fue uno de los grandes argumentos utilizados para justificar determinadas políticas.
Cuando prometes reducir la violencia y los ciudadanos perciben exactamente lo contrario, inevitablemente aparece la frustración.
Uno de los acontecimientos que más impacto ha tenido en la opinión pública ha sido el atentado contra Miguel Uribe Turbay.
Sí. Porque independientemente de la posición política de cada uno, estamos hablando de un hecho extremadamente grave. Cuando un precandidato presidencial es víctima de un atentado, el mensaje que recibe la sociedad es muy preocupante. Y no se trata únicamente de una cuestión individual. Es una señal sobre el estado general de la seguridad y sobre la capacidad de las instituciones para proteger el debate democrático.
Por eso muchas personas sintieron que aquel episodio simbolizaba algo más profundo que un ataque contra una persona concreta. Representaba una alerta sobre el momento que atraviesa el país.
“Durante años nos advirtieron de Venezuela y mucha gente pensó que era una exageración”
Usted menciona con frecuencia el caso venezolano. ¿Por qué considera que sigue siendo una referencia tan importante para Colombia?
Porque Venezuela representa una lección política muy cercana para toda Hispanoamérica. Durante años muchas personas pensaron que determinadas advertencias eran exageradas. Se asumía que ciertas cosas nunca podrían ocurrir. Que las instituciones resistirían automáticamente. Que los contrapesos eran indestructibles. Y la realidad terminó demostrando que las democracias pueden deteriorarse gradualmente.
No suelen desaparecer de un día para otro. Lo hacen poco a poco. Primero se polariza a la sociedad. Después se desacredita a quienes piensan distinto. Más tarde se cuestiona a las instituciones independientes. Y finalmente se intenta concentrar cada vez más poder.
Por eso Venezuela sigue siendo una referencia constante para muchos colombianos. No porque ambos países sean idénticos, sino porque nos recuerda la importancia de proteger las instituciones antes de que sea demasiado tarde.
¿Por qué considera tan relevante el debate sobre una Asamblea Constituyente?
Porque ahí es donde, a mi juicio, se encuentra el verdadero riesgo institucional. Durante la campaña presidencial se prometió que no habría una Asamblea Constituyente. Sin embargo, posteriormente el debate reapareció. Y cuando uno analiza qué instituciones podrían verse afectadas por una reforma de ese tipo entiende por qué existe tanta preocupación.
Estamos hablando del Banco de la República, del Congreso, del Consejo de Estado, de la Fiscalía, de organismos que hoy funcionan como contrapesos frente al poder político. Y eso es precisamente lo que me preocupa. No una reforma concreta, no un artículo específico, sino la posibilidad de que se debiliten aquellos mecanismos que hoy limitan el poder de cualquier Gobierno.
“La independencia de poderes ha sido el gran muro de contención”
Usted sostiene que Colombia ha evitado escenarios más graves gracias a sus instituciones.
Sí, y lo digo sinceramente. Colombia tiene muchísimos problemas: corrupción, violencia, desigualdad, burocracia... Pero también tiene algo muy valioso: instituciones que todavía conservan cierto grado de independencia. Muchas de las iniciativas más polémicas de estos años no han prosperado precisamente porque existen organismos capaces de cuestionarlas, revisarlas o bloquearlas. Y eso es una fortaleza democrática.
A veces la gente se enfada cuando una institución impide que un Gobierno haga algo. Pero precisamente para eso existen los contrapesos. La democracia no consiste en que quien gana pueda hacer cualquier cosa. Consiste en que incluso quien gana tenga límites.
Durante los últimos meses también ha participado en la Ruta por la Democracia. ¿Qué han encontrado en ese recorrido?
Sobre todo algo muy interesante: escuchar directamente a la gente. Las redes sociales son útiles. Las encuestas también. Pero nada sustituye la conversación directa con los ciudadanos. Visitamos ciudades que fueron especialmente favorables a Gustavo Petro, como Cali, Pasto o Barranquilla, para preguntar cómo había afectado el Gobierno a sus vidas. Y encontramos respuestas muy diversas.
Por supuesto que todavía existen personas que siguen creyendo en el proyecto político. Pero también encontramos algo que quizás no siempre aparece reflejado en determinados discursos: un creciente desencanto. Muchas personas que votaron por el actual Gobierno sienten que las expectativas que tenían no se han cumplido. Y eso es algo que aparece constantemente cuando uno sale a hablar con la gente.
“Hay colombianos que votaron a Petro y hoy dicen que nunca volverían a hacerlo”
¿Percibe un cambio de ánimo en parte de la sociedad?
Sí, y creo que es evidente. Hay personas que apoyaron al Pacto Histórico con auténtica ilusión y que hoy se sienten profundamente decepcionadas. No porque hayan cambiado necesariamente sus valores o sus preocupaciones. Sino porque consideran que los resultados no han estado a la altura de las promesas. Y eso es algo completamente legítimo en democracia.
Los ciudadanos tienen derecho a evaluar la gestión de quienes gobiernan. Y también tienen derecho a cambiar de opinión. “Estas son las elecciones más importantes que recuerdo”
¿Por qué insiste tanto en que estas elecciones son diferentes?
Porque sinceramente creo que lo son. He seguido la política durante años, he estudiado instituciones, he trabajado en seguridad, y pocas veces he sentido un nivel de preocupación tan elevado.
Creo que estas elecciones tienen una dimensión que va mucho más allá de una simple alternancia política. Estamos hablando de la orientación institucional del país, de la relación entre el Estado y los ciudadanos, de la fortaleza de los contrapesos democráticos, de la independencia de las instituciones... Y por eso las considero tan importantes.
“Todavía hay esperanza”
Después de todo lo que hemos hablado, ¿es optimista respecto al futuro de Colombia?
Sí., porque si no lo fuera, probablemente no seguiría haciendo este trabajo. A pesar de todas las dificultades, sigo viendo algo que me da esperanza: cada vez más personas quieren entender lo que ocurre. Cada vez más jóvenes se interesan por la política. Cada vez más ciudadanos buscan información, comparan argumentos y cuestionan discursos. Y eso es fundamental.
Porque las democracias se fortalecen cuando los ciudadanos participan, cuando se informan y cuando entienden que la política no es algo ajeno a sus vidas. Por eso sigo creyendo que Colombia tiene futuro.
Pero también creo que ese futuro dependerá de la capacidad de los ciudadanos para defender sus instituciones, exigir resultados y preservar las libertades que hacen posible una sociedad abierta. Porque, al final, lo que Colombia se juega no es únicamente quién ocupará la Presidencia. Lo que está en juego es qué tipo de país quiere ser durante las próximas décadas.