Mi pasión

Responsabilidad torera

Responsabilidad torera, son dos palabras que simbolizan un todo, encarnando entre sí un acto virtuosamente de hombría, de conciencia y de moralidad, dignas de encomio.

El torero, dueño de sí y maestro en su profesión, ha de contribuir a conjugar con el toro bravo su buen hacer. Ha de poner su sabiduría y destreza al servicio de una fiesta que conlleva grandes ilusiones como graves riesgos. En la cual, debe afrontarla a fuerza de inspiración, técnica, arte, conocimiento, experiencia y mucho valor. Todo ello impregnado de cualidades generosas y de elegancia.

La responsabilidad es una competencia que a veces nada tiene que ver con el llamado amor propio, ya que este no pasa de ser una estimación. El diestro por su altivez u orgullo personal, debe alcanzar éxitos que fuesen lo ideal y aceptables de lo soñado, su aptitud y deseo seria conseguir ese trabajo difícil con naturalidad, es decir; poder hacer una buena faena, en la que él y su enemigo estuvieran ambos de mutuo acuerdo.

La persona que sea capaz de ponerse delante de una fiera indómita, ante un público expectante y exigente que asiste a presenciar una corrida de toros, ha de corresponder a las obligaciones y consecuencias para resolver todas aquellas dificultades y obstáculos que pudieran presentarse en ella, sin dilación. Un compromiso contraído y sufragado por una asistencia tradicional a un espectáculo bello cargado de emoción.

Cuando en el redondel trascienda el pundonor de un torero, ello da crédito y decoro de sentirse profundamente orgulloso, disponer de voluntad y entrega en su quehacer, dejando a los espectadores satisfechos y nunca defraudarlos. El diestro que afronte tal responsabilidad, le hará ser un verdadero acreedor por excelencia, dándole honor y gloria al traje de luces que viste. Lo opuesto, mostraría una manifiesta vulgaridad, falto de decisión y disposición para su oficio.

El matador de toros cuando pise firmemente el ruedo, tiene que pisarlo con dignidad y aprecio por su propia cualidad moral, momento que estaría derramando compostura y sensatez de un prestigio tan solemne y majestuoso que su figura realza, dando tono a una ejemplaridad respetuosa. 

En todas las épocas del toreo hubo y hay diestros que se han distinguido, unos por su arte, otros por su dominio y valentía, y otros por su propia dignidad que encierran la vergüenza torera. Si un torero por querer sumar un número importante de corridas, o por desencanto y apatía pretende salir del paso, o lo que es peor, aspirar a torear cuantas corridas les vengan sin interés de ninguna motivación, por lo tanto, hemos tropezado con un irresponsable sin escrúpulos, que vende sus valores a los mercaderes de la fiesta. Nunca un torero debería exteriorizar ni hacer ficticios cuando se encuentre en una plaza por falta de ilusión.

Hay que tener siempre presente, el ejemplo de aquellos apuestos toreros que han sabido ganarse a pulso los contratos a fuerza de jugarse la vida tarde tras tarde, los que alcanzaron glorias y ferias importantes, además con los machos bien atados, capaces de mantenerse fuerte para proseguir en la lucha.

La falta más grave que puede cometer un diestro toreando es la despreocupación, hija de la indiferencia, frío apelativo de la desgana.