Ojo de agua
Un cuento delirante
10 de agosto de 2026 (11:11 h.)
No dejo de releer el cuento Wakefield de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), publicado en 1837. El narrador elige el nombre de Wakefield para este raro personaje que luego de diez años de matrimonio feliz, le inventa a su mujer un viaje y desaparece de sus amigos y su familia durante veinte años. Todo ocurre en Londres. Es octubre. El señor Wakefield, intelectual, en el meridiano de su edad, se despide de su mujer con abrazos y besos, y le dice que estará de vuelta el viernes para la cena. La imagen que retiene la mujer es la de su sonrisa y su mano diciendo adiós desde el carruaje. Wakefield alquila una habitación muy cerca de su casa e inicia una nueva vida en soledad, comprando del baúl de un ropavejero judío una ropa de colores que jamás había usado, tan distintas a su convencionales vestidos de color marrón. Compra una peluca pelirroja y se somete a un implacable destierro personal, se engaña diciendo “pronto regresaré”, convencido de que “no piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo”. Poseído por esta decisión despiadada, no deja de espiar su casa cada madrugada, y un día descubre que lo han dado por muerto, que su herencia ha sido repartida, su nombre borrado de todas las memorias, y su mujer resignada a una viudez otoñal. Muchas veces caminando por las calles de Londres ha estado a punto de tropezarse con su mujer que no lo reconocería en su nuevas vestiduras. Ella tiene las mejillas pálidas y la frente ensombrecida por la ansiedad. A la tercera semana, vio el carruaje de un médico en casa. Pensó en que su mujer estaría enferma y moriría en su ausencia. Comprueba su recuperación días después y le perturba pensar que al regresar tarde o temprano, el corazón de su mujer “ya no arderá por él jamás”. La vida de Wakefield es excéntrica, absurda y hechizada. Solo cruza el umbral de su casa y se detiene en la puerta sin atreverse a entrar. Es fiel a su mujer en su destierro e intuye que en el corazón de ella, él se ha ido apagando. Ha perdido “la noción de singularidad de su conducta”. En una noche borrascosa de otoño se asoma a ver su casa y ve en el segundo piso la sombra de su mujer con una gorra y el “resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego”. Wakefield empuja la puerta de su casa. Entra tranquilamente por la puerta, “como si hubiera estado afuera solo durante el día”. El final de este cuento enigmático predilecto de Borges, está abierto a las infinitas posibilidades del lector. Uno de esos finales lo resuelve el narrador al decir en los primeros párrafos que Wakefield entró una noche a su casa después de veinte años, “y fue un amante esposo hasta la muerte”. ¿Con qué cara lo recibiría su mujer que lo daba por muerto?