Cautivos por Ernesto Arias (y Cervantes)
Desde los escenarios volvemos constantemente al Cervantes del «Quijote», también al de los ácidos «Entremeses», volvemos al Cervantes del humor inteligente y la mirada compasiva. Volvemos recientemente al otro Cervantes menos frecuentado, marcado por los cinco años de cautiverio en Argel, una experiencia que atravesó su escritura de principio a fin y que dejó rastros en comedias, novelas, poemas y episodios dispersos. La dramaturga y directora Brenda Escobedo ha decidido indagar en ese episodio, con inteligencia y sabiduría, pero también un punto macarra –cervantinísimo, por otro lado– que hace de su «El compuesto milagroso de Cervantes y Saavedra» (Escenaté prod.) un juguete delicioso que solo un intérprete como Ernesto Arias sería capaz de llevar a cabo. Lo llamativo no es tanto la elección del material como la manera de organizarlo, ya que no hay afán de reconstrucción biográfica, ni voluntad de convertir el escenario en un aula. Los textos dialogan entre sí hasta formar una voz nueva, la de un hombre que unas veces embauca y otras recuerda mientras conecta su relato con nuestro presente a través de materiales cervantinos diversos.
Arias emerge en ropa deportiva, con una sudadera estampada con un enorme crucificado, una botella de agua que reza «Loyola» en su lateral, una toalla al hombro y la tarea generosa de contar su historia de cautiverio, trasladando al protagonista a un espacio de calistenia. La bicicleta estática, el remo o la cuerda sustituyen a los elementos convencionales de una recreación histórica y, por ello, durante unos minutos uno piensa que la ocurrencia servirá únicamente para establecer un puente con el presente. Pero pronto el remo acaba impulsando una galera; la bicicleta nunca avanza, pero habla del viaje interminable del cautivo; la cuerda pesa como una cadena, el entramado de barras de ejercicio luce de pronto como suerte de barrotes carcelarios. No hay trampas escenográficas porque todo sucede delante del espectador, que acepta el pacto cervantino de la imaginación, con un Ernesto Arias que sostiene con la solvencia y la bonhomía que definen su carácter el edificio dramatúrgico entero. El pícaro, el cautivo, el actor ambulante, el escritor y él mismo como actor se cruzan continuamente sin necesidad de marcar las fronteras, con una dicción que no busca la solemnidad ni cae en esa falsa naturalidad con la que a veces se pretende acercar los clásicos al público actual.
No deja de tener mérito que una propuesta nacida de tan ardua tarea literaria termine funcionando con esa ligereza. Quien conozca bien la obra cervantina disfrutará descubriendo los distintos ecos; quien la ignore encontrará un relato perfectamente comprensible. Ese equilibrio es difícil de conseguir y probablemente explica buena parte del interés de este «Compuesto milagroso»: Sale ganando el espectador: al terminar la representación no queda la sensación de haber asistido a un homenaje a Cervantes, sino de haber pasado una hora en compañía de alguien que sigue haciéndose preguntas sobre los universales y su supervivencia. Cuatro siglos después, no parece un mal punto de partida para volver a escucharlo. De nuevo –al fin– un teatro de cuento, de fábula, sin alharacas ni pretensiones: nuestro.