Mi encuentro con el silencio
Hay encuentros que no ocurren con una persona ni con un libro, sino con una presencia invisible que nos acompaña durante años sin que logremos nombrarla. Mi encuentro con el silencio ha sido uno de ellos. No me refiero al silencio como ausencia de ruido, sino a esa región profunda donde la palabra nace y hacia la cual regresa después de haber cumplido su destino.
En uno de mis poemas escribí:
Sin ruido, la luz no lesiona
la eminencia de un punto irreductible.
Su ausencia
no hiere, siempre factorizamos
el signo del espacio en palabras.
Al volver sobre estos versos comprendo que hablan de una inquietud que me ha acompañado desde hace años: la imposibilidad de decir plenamente aquello que da origen a la palabra. Existe en el ser humano una zona irreductible que permanece intacta frente a las explicaciones, los discursos y las certezas. La poesía se acerca a ella, pero nunca termina de poseerla. Quizá su verdadera tarea no sea nombrarla, sino rodearla, intuirla o adivinarla.
La historia de la poesía moderna puede leerse como una larga meditación sobre este misterio. Stéphane Mallarmé fue uno de los primeros en comprender que el silencio no era un vacío, sino una fuerza creadora. Su célebre afirmación de que “nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del placer del poema; sugerirlo, he ahí el sueño”, cambió para siempre la manera de entender la escritura poética. A partir de entonces, los espacios en blanco, las pausas y lo no dicho comenzaron a formar parte del poema con la misma intensidad que las palabras.
En “Un golpe de dados jamás abolirá el azar”, Mallarmé transforma la página en una constelación donde el silencio adquiere presencia material. El lector debe recorrer vacíos, detenerse y escuchar. Alfonso Reyes supo advertir la importancia de esta revolución poética. Su singular ensayo “El silencio por Mallarmé” constituye uno de los homenajes más inteligentes que se han escrito sobre el poeta francés. Comprendió que existen formas de conocimiento que comienzan justamente cuando termina la explicación racional.
Esta reflexión encuentra también una continuidad luminosa en Octavio Paz. En” El arco y la lira” afirma que “el silencio humano es un callar y, por tanto, es implícita comunicación, sentido latente”. El silencio representa el fundamento del lenguaje. Antes de toda palabra existe un silencio lleno de posibilidades; después del poema sobreviene otro silencio transformado por la experiencia estética.
Paz llevó esta intuición a una de sus expresiones más hermosas en el poema “Silencio”, donde escribe:
“brota del fondo del silencio
otro silencio”
La imagen es reveladora. El silencio no desaparece cuando hablamos; simplemente se transforma. Las palabras emergen de él y regresan a él, como olas que vuelven al mar del que proceden.
Así, el silencio termina revelándose como una forma más profunda de presencia. María Zambrano vislumbró que existen verdades que sólo se entregan a quien sabe esperar y escuchar; por ello, la razón poética se adentra en aquellas zonas donde el pensamiento deja de imponer respuestas y aprende a recibir revelaciones. Mi encuentro con el silencio ha sido, en el fondo, un encuentro con la poesía misma.
En este sentido, la poesía se aproxima a lo que Henri Bergson entendía como intuición: una forma de conocimiento capaz de penetrar en el movimiento interior de la vida allí donde los conceptos resultan insuficientes. Como escribió el filósofo francés, “el ojo sólo ve lo que el espíritu está preparado para comprender”.