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  <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «José Escuder»]]></title>

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    <description><![CDATA[Noticias de Madrid y la Comunidad de Madrid. Actualidad, economía, política, cultura, sociedad, empresas, tecnología, entrevistas y análisis en el periódico digital de los madrileños.]]></description>
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  <title><![CDATA[Por sus frutos los conoceréis]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 11 Feb 2024 12:00:59 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Tras la actividad en el Congreso de los Diputados estas últimas semanas, algunos afirman que la política española es un circo. Pero se equivocan. Lo que una vez más hemos contemplado, no es un circo: es un espectáculo. Son cosas distintas. En el...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Tras la actividad en el Congreso de los Diputados estas últimas semanas, algunos afirman que la política española es un circo. Pero se equivocan. Lo que una vez más hemos contemplado, no es un circo: es un espectáculo. Son cosas distintas. En el circo, lo imposible se puede hacer realidad. En la política, lo indeseable se puede hacer cotidiano.&nbsp;</p>

<p>Por ejemplo: en el circo se lanzan cuchillos al cuerpo, y en la política, puñales por la espalda. En el circo hay payasos: en la política, bufones. En el circo hay saltimbanquis: en la política, tránsfugas. En el circo, afortunadamente, ya no se permite la explotación de animales: en la política se tolera la explotación de los ciudadanos. En el circo hay fantasía: en la política, falsas promesas. En el circo hay payasos que se han especializado en resultar cada día más torpes: en la política hay torpes de nacimiento que se han especializado en parecer cada día más hábiles. En el circo hay artistas del contorsionismo físico: en la política, especialistas del contorsionismo ético. En el circo hay escapistas: en la política, huidos de la justicia. En el circo hay titiriteros que hacen bailar a las marionetas como si fueran humanas: en la política hay empresarios que hacen bailar a los políticos como si fueran títeres. En el circo hay artistas que se tragan sables: en la política hay ciudadanos que se tragan programas electorales. En el circo hay domadores de leones: en la política, domadores de sindicalistas. En el circo, el artista cree que cualquier adulto puede volver a sentirse niño: en la política, el gobernante cree que todo votante puede ser infantilizado.</p>

<p>En cuanto al espectáculo autonómico, los catalanes, durante varias décadas, hemos tenido dos insignes familias: la Sagrada Familia, diseñada por Gaudí, y la Familia Sagrada, diseñada por Alí Papá y los 40 pujoles. Mientras duró el gobierno de éstos, todas las parcelas de la sociedad fueron estratégicamente politizadas. Tanto, como para que la política se fuera convirtiendo, poco a poco, en una religión. Una con sus mesías, sus projetas (perdón: sus profetas) y con el producto más vendible: sus mártires. Gracias a esta sacralización de la política, Alí Papá consiguió que los 40 pujoles tuvieran más influencia en la sociedad, que los 40 Principales en la radio. Fue tanta la sacralización de esta familia, que incluso la mujer de Alí Papá llegó a firmar sus oscuros contratos con el nombre de “Madre Superiora". He aquí el respeto que demostró tener por los catalanes en general, y la Iglesia en particular. ¿Y cuál fue la reacción de la Iglesia catalana?. Homenajearles a todos en el monasterio más simbólico de Cataluña: el de Montserrat. Un monasterio lo suficientemente politizado como para que muchos ateos lo hayan llegado a considerar sagrado. Por eso, cuando las negras flores de la pederastia comenzaron a brotar en sus santos jardines, a Alí Papá le faltó tiempo para acudir allí y solidarizarse públicamente con el abad. Es el milagro que se produce cuando se fusionan el paraíso celestial y el fiscal.&nbsp;</p>

<p>Primero saltó el escándalo de la corrupción política y más tarde el de la eclesiástica. Pero ambos reaccionaron de la misma manera. Cuando afectó a los primeros: “No es una denuncia contra nosotros: es un ataque contra toda Cataluña”. Y cuando afectó a los segundos: "No se nos acusa por nuestros delitos sexuales, sino por nuestro histórico compromiso con el catalanismo”. Respuesta de manual, mi querido Watson. Es decir: los políticos intentando blanquear sus delitos bajo el paraguas de la Iglesia, ésta intentando esconder los suyos con la bendición de los políticos, y al final, todos usando la bandera de los catalanes como escudo para evitar la acción de la justicia. Una bandera que, por el uso y abuso que han hecho de ella, ya desprende un olor semejante al de los pañales que Puigdemont lleva injertados en las caderas.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Pero la sensación de impunidad les duró poco, pues, al final, la Audiencia Nacional señaló a Alí Papá y los 40 pujoles como una organización criminal. En cuanto al abad de Montserrat, después de haber intentado comprar el silencio y la dignidad de una de las víctimas con 8.600 euros, al final tuvo que pedir perdón públicamente, no sólo por haber permitido que las negras flores de la pederastia crecieran alegremente en su jardín, sino por haberlas rociado durante muchos años con ambientador. Pero después de ambos escándalos, el compadreo entre unos y otros no acabó aquí, pues al cabo de un tiempo, el pederasta del monasterio tuvo las santas gónadas de escribir un libro. Las mismas que tuvo Alí Papá a la hora de prologárselo. Ni en una granja avícola se han visto nunca tantos huevos.&nbsp;</p>

<p>Y hoy, el espectáculo de la religión y la política, continúa. Pues hace sólo unos días, el cardenal Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española, fue citado en el Parlamento de Cataluña para declarar en la Comisión de Investigación sobre los casos de pederastia en la Iglesia católica. Oportunidad maravillosa, por dos razones. Una: para demostrar la indignación que le produce este repugnante y masivo fenómeno en su Iglesia, y dos, para solidarizarse con las víctimas. Pero parece que ninguna de estas razones le conmovieron lo suficiente, porque no se presentó. Ni en la primera citación, el 29 de enero, ni en la segunda, el 2 de febrero. Tampoco se presentaron el vicesecretario de la Conferencia Episcopal Tarraconense, Enric Termes, ni el presidente del Tribunal Eclesiástico de Barcelona, Santiago Bueno. Y a pesar de que la Mesa del Parlamento ha denunciado la incomparecencia de los tres ante la Fiscalía, todos alegan que no tienen obligación de acudir. Saben que en el Parlamento no les van a recibir con genuflexiones ni besos en la mano. Y lo que alegan sus incondicionales para excusarlos, es que no han querido participar en el circo que les tenían preparado. Y lo argumentan diciendo que el Parlamento catalán, ahora, está demasiado politizado. Claro, sólo faltaría. Pero alegar que un parlamento está demasiado politizado, es como quejarse de que un hospital está demasiado hospitalizado. ¿Qué esperan encontrar en un Parlamento: drag-queens, crupieres, sexadores de pollos?&nbsp;Otra cosa distinta es la calaña de los parlamentarios. Puede ocurrir que se encuentren de todo. O peor aún: que todos se parezcan tanto, que acaben teniendo la sensación de que todos pertenecen al mismo partido.&nbsp;</p>

<p>Pero además de la obligación legal de asistir que puede tener el presidente de la Conferencia Episcopal Española, ¿qué piensa hacer con su obligación moral?&nbsp;Según el Defensor del Pueblo, en el último Informe sobre la pederastia en la Iglesia católica, el número de víctimas, sólo en España, podría superar las 445.000. Para ser casos aislados, como ha defendido siempre la Iglesia, la cifra no está nada mal. Pero una vez más, sus jerarcas no sólo han dado plantón a los parlamentarios: también se lo han dado a las víctimas. Doblemente humilladas, doblemente abandonadas, doblemente victimizadas. Un plantón que se extiende a todos esos fieles católicos que, sin haber cometido delito alguno, tienen que agachar la cabeza de vergüenza cuando alguien les pregunta por qué siguen perteneciendo a una iglesia que nunca ha mostrado vergüenza, no sólo a la hora de negar, minimizar y justificar sus múltiples delitos, sino también por atreverse, en muchos casos, a culpabilizar a las propias víctimas. Por eso, si sus eminentísimos, reverendísimos y excelentísimos señores consideran que ellos no tienen la obligación moral de dar explicaciones a los representantes del pueblo por todas esas monstruosidades que se han cometido con tanta impunidad y que se han escondido durante tantas décadas, los demás sí tenemos la obligación de recordarles que, en este caso, no estamos hablando de circo ni de espectáculo. Estamos hablando del túnel del terror por el que miles y miles de menores han sido obligados a pasar arrodillados.</p>

<p>En nombre de esas víctimas se lo vamos a recordar una y otra vez a todos los que detrás del crucifijo que cuelga en su pecho, esconden un electrocardiograma plano.</p>
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        <media:text><![CDATA[José Escuder]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[José Escuder]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Las estrellas no brillan en el infierno]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 4 Feb 2024 11:40:57 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Cuando siendo joven, mi amigo empezó a trabajar en el mundo del porno, siempre decía que había sido por casualidad. Hoy, treinta y cinco años después, le añade un matiz: “Además de por casualidad, entré en ese mundo por ignorancia, pues si...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Cuando siendo joven, mi amigo empezó a trabajar en el mundo del porno, siempre decía que había sido por casualidad. Hoy, treinta y cinco años después, le añade un matiz: “Además de por casualidad, entré en ese mundo por ignorancia, pues si hubiese sabido lo que me esperaba, no me habría metido jamás”.</p>

<p>Fue en los primeros años 90, cuando su familia abrió un modesto videoclub. Eso le permitió relacionarse, poco a poco, con la industria del cine X. Gracias a ello, un día le dieron unos pases profesionales para asistir al Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona. En este evento, además de conocer a los gerentes de las distribuidoras, pudo conocer a los profesionales del género. Y gracias a su atractivo físico y su simpatía, un día le invitaron a asistir a un rodaje. Pero nada resultó como esperaba: ni los actores se divertían, ni las actrices se deleitaban... Además, ni un solo gesto se dejaba a la improvisación. Cualquier práctica está previamente pactada y legalmente firmada. Y todas tienen un precio estipulado. Por eso, nadie se sale del guión. Todo es frío, todo está calculado y todos están deseando que el actor masculino esté “a la altura”, pues de él depende que la escena se acabe cuanto antes, que es lo que todo el equipo está deseando. No hay atracción física, ni alegría y mucho menos morbo. El único momento de goce es cuando el director grita “Corten”. Y al igual que en cualquier otra película, el equipo de producción está vigilando atentamente para que ningún suceso inesperado pueda encarecer el presupuesto.&nbsp;</p>

<p>Por eso, siendo consumidor de este tipo de género, aquel día mi amigo se sintió decepcionado. Pero como ese año el Festival volvió a ser un éxito de público, consiguió que le invitaran a una de las fiestas privadas que se celebraron la noche de clausura. Allí, me cuenta, pudo conocer a algunas de las estrellas más famosas del momento: Rocco Siffredi, Nina Hartley, Ron Jeremy...&nbsp; Pero el hecho de no hablar inglés, aquella noche le cerró muchas puertas. Sin embargo, en ese tipo de ambientes, hay un idioma que casi todos conocen: el de la cocaína. Es un idioma que abre las puertas de par en par. Por eso, en la siguiente fiesta, el tiempo duró más de lo previsto. El suficiente como para que volviera a casa con un contrato bajo el brazo. “Tú tienes cualidades para triunfar en este mundo”, le aseguró una directora de fotografía. Y al mes siguiente, comenzó a trabajar. Era poco: unas treinta mil pesetas por día de trabajo. Pero enseguida le explicaron que esta es, quizá, la única profesión donde los hombres cobran menos que las mujeres, en algunos casos hasta la mitad. Pero era dinero fácil. Y lo más importante: le permitía conocer a ese tipo de gente con la que no sueles toparte a las doce del mediodía en la cola del autobús. Gente cada vez más rica, más glamurosa, más desinhibida y en busca de emociones muy, muy fuertes. Lo suficiente como para que le iniciaran en el consumo de un tipo de drogas de las que no había oído hablar jamás. Esas hierbas como la efedrina, la harmala o la yohimbina, que sirven para disparar los efectos de otras drogas, y cuya combinación está destinada a llevar la actividad sexual hasta el paroxismo. El problema es que este tipo de drogas, aunque sean naturales, no sólo duplican la potencia o el deseo: también multiplican los riesgos de padecer un infarto fulminante. O también un ataque de pánico lo suficientemente devastador como para que te veas entrando en una sala de urgencias "espatarrado en una silla de ruedas, como si te acabaran de fusilar". Y él las consumía habitualmente. Fueron unos años tan locos, que llegó un momento en que ya no podía decir cuándo se estaba divirtiendo o cuándo estaba trabajando. Ya no sabía si se drogaba para poder trabajar, si trabajaba para poder drogarse, o si intentaba divertirse cada noche para poder olvidar ambas cosas.&nbsp;</p>

<p>Por eso un día, con el fin de descansar, aceptó la oferta de un conocido diseñador para viajar en su yate de lujo durante un mes, con quince personas más, todas debidamente seleccionadas. Pero, en este caso, fue peor el remedio que la enfermedad. Porque después de hacer un recorrido por las islas griegas, al llegar al puerto de Croacia les estaba esperando la policía. Y de nada sirvió que la poca droga que les quedaba, la tiraran por la borda. Les estaban esperando por otra razón: la supuesta presencia de menores en el barco. Todos fueron detenidos, y hasta que se comprobó que en la travesía que acababan de realizar, esta vez no había ningún menor, no les dejaron regresar a España.&nbsp;</p>

<p>Pero cuando él volvió, no sabía que le esperaban dos sorpresas. La primera, nada más llegar, que su padre había fallecido de un derrame cerebral cuando le dijeron que en el videoclub tenía una película donde su hijo había participado. La segunda la recibió al cabo de tres semanas, cuando después de hacerse unos análisis, le confirmaron que era seropositivo. Su sueño de rodar un día en Los Ángeles, se esfumó de golpe. Aquí acabó su carrera como actor. Y lo peor de todo: a partir de ahora, las drogas ya no las iba a tomar por gusto: las iba a tomar por obligación. La cocaína, el éxtasis y los ácidos iban a ser sustituidos por medicamentos como el Abacavir, el Nelfinavir, la&nbsp; Delevirdina..., un cóctel de antirretrovirales que ya debería tomar el resto de su vida.</p>

<p>Y hoy, pasados más de treinta años, le pregunto cómo le hablaría de la pornografía y de las drogas a un hijo adolescente. "Respecto a la primera -me confiesa- le diría que la pornografía que va a encontrar hoy en Internet, en vez de ayudarle a conocerse a sí mismo, le va a ayudar a descubrir lo peor del ser humano. Por eso yo cerraría la mayoría de páginas web. Sus contenidos son tan degradantes para los adultos en general, y los jóvenes en particular, que en vez de enseñarle lo que una persona puede hacer con su cuerpo, le van a enseñar lo que un mal uso del cuerpo puede acabar haciendo con una persona. Este tipo de páginas se han especializado tanto en la corrupción sexual, que en vez de estimular todo tipo de fantasías, justifican todo tipo de perversiones. Desde las más exóticas hasta las más violentas, pasando por las más vejatorias. Son el sitio ideal para que todos los depravados de este mundo, en vez de sentirse menos solos, se sientan más legitimados. Son el sitio ideal para comprobar que si la imaginación no tiene límites, menos aún tiene la maldad. Es el concepto de paraíso terrenal que sólo tienen los más degenerados".</p>

<p>“¿Y respecto a las drogas, qué le dirías a ese hijo?”. “De forma resumida, le diría que al cielo no se puede subir con pastillas. Pues la velocidad con la que subes al principio, es la misma con la que rebotas luego en el infierno. Y lo peor del infierno no es que tenga fuego. Lo peor es que no tiene suelo. Por eso puedes estar cayendo indefinidamente, si no te retiras a tiempo".</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Una sonrisa de 24 quilates]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 28 Jan 2024 11:57:10 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Como llevaba mucho tiempo sin verle en los medios de transporte, pensaba que estaría preso o habría vuelto a su país. Pero hoy me lo he vuelto a encontrar en la estación de Sants. Le llaman “El Calambres”. Llegó a España a comienzos del año 2001...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Como llevaba mucho tiempo sin verle en los medios de transporte, pensaba que estaría preso o habría vuelto a su país. Pero hoy me lo he vuelto a encontrar en la estación de Sants. Le llaman “El Calambres”. Llegó a España a comienzos del año 2001 y desde entonces no ha parado de robar carteras, y algo más. Para él, es un trabajo como otro. Y le gusta tanto, que a pesar de que ya tiene la edad, no quiere jubilarse. Aunque ahora no lo hace por dinero. Según me explica, ha ganado suficiente como para poder comprar el pueblo donde nació. Y me enseña las fotos para demostrármelo: casas, terrenos, vacas, cerdos, caballos... En su pueblo, los animales son símbolos de riqueza. Lo único que no ha podido comprar, de momento, es la pequeña iglesia románica. Pero todavía le sigue haciendo ofertas a ese cura obstinado que, según él, no quiere entrar en razones. "He ganado mucho porque he trabajado mucho”, me explica, orgulloso. “Y siempre sin usar la violencia”. La única arma que lleva encima es un cortauñas, porque las uñas largas “molestan para trabajar", me aclara.</p>
&nbsp;

<p>Lo que nunca me ha aclarado es cuánto podía ganar cada día en sus años de máxima actividad. “Algunas veces he ganado en un día lo que muchos ganan en un mes”, es la respuesta que suele dar. Tampoco es lo mismo trabajar en verano, que en invierno. Con el frío, la gente se abriga más y el dinero va más protegido. Trabajando al ritmo que lo ha hecho, calculo que habrá podido robar unas cuantas miles de carteras al año. Principalmente, a extranjeros. Pues sabe que si le cogen y le denuncian, en ningún caso las víctimas volverán a España expresamente para asistir al juicio. Su estrategia siempre ha sido la misma: si le pillan con las manos en la masa, ni huir ni resistirse. Salir corriendo nunca fue una buena opción, pues sufre asma desde niño, debido a que nació junto a un vertedero. Y resistirse, tampoco. Si le enganchan, lo mejor es darle la vuelta a la situación. Por eso le llaman el Calambres: cuando le pillan in fraganti, si ve riesgo de linchamiento, se tira al suelo y simula un repentino ataque epiléptico, para que el resto de pasajeros o transeúntes salga automáticamente en su defensa. Nunca se resiste ni usa la fuerza, porque sabe que el hurto es un delito contra la propiedad, mientras que el robo, además, es un delito contra las personas. Y si le coge la policía, intenta que nunca sea con más de cuatrocientos euros.&nbsp;</p>

<p>Conoce muy bien los límites, porque conoce muy bien las leyes. Y todos estos años de experiencia, también le han permitido conocer a las personas. Por ejemplo, puede identificar más de veinte nacionalidades distintas. Eso le sirve para averiguar el perfil de las víctimas y prever su reacción si le cogen. “A los jóvenes borrachos que vienen de otros países a ver partidos de fútbol –me explica-, a éstos no debes ni acercarte, porque si te pillan con la mano en su bolsillo, te inflan la cara como si fuera la rueda de un tractor”. Las mujeres, asegura, suelen ser sus víctimas preferidas, porque son las más confiadas. Pero reaccionan de distinta manera, en función del objeto robado. Si se dan cuenta de que alguien les ha quitado el monedero, pueden ponerse a llorar, pero si se dan cuenta de que alguien acaba de robarles el teléfono móvil, entonces pueden ponerse a gritar como si estuvieran viendo a un fantasma. Y eso, dentro de un metro o de un autobús, llama demasiado la atención. Además, asegura, cuando robas un teléfono móvil has de silenciarlo inmediatamente, porque puedes tener la mala suerte de que suene con una melodía especial que el dueño le ha puesto, justo cuando ya ha cambiado de bolsillo. Las víctimas menos problemáticas son las que van en familia. Pero las ideales son las que van con bebés o niños pequeños, pues aunque te pillen in fraganti, su prioridad no es proteger el dinero, sino protegerlos a ellos. Eso te da tiempo para hacerte el loco y marcharte con las manos arriba, como si te estuvieran apuntando con una pistola. Tantos años de experiencia te permiten, incluso, conocer las características de las prendas de ropa y los bolsos. Por ejemplo, la calidad de las cremalleras es fundamental. Si la marca es buena, la cremallera de la chaqueta se desliza suavemente. Por el contrario, si es de mala calidad, hay que bajarla haciendo varios intentos, lo que facilita que la víctima descubra tus intenciones.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Y cuando entras en un bar buscando el descuido, me explica, también has de tener en cuenta una serie de cosas. Por ejemplo, ir directo al baño te permite atravesar todo el local y hacer una visión panorámica de las posibles víctimas. Las preferentes son las que están bebiendo alcohol, porque suelen ser las más despreocupadas. Otras especialmente vulnerables son las que están teniendo una discusión acalorada con el teléfono móvil. Esto les obliga muchas veces a agitarse, a moverse y a dar la espalda a sus pertenencias. Pero todas pueden servir. Pues aunque la víctima tenga la cartera a buen recaudo, si tiene las llaves del coche descuidadas, se las puedes quitar para que, cuando se dé cuenta de que han desaparecido, se ponga a buscarlas por todos lados, descuidando así las pertenencias que tenía a buen recaudo. Pero los sitios donde es más fácil robar es en los hospitales. De las habitaciones, afirma, podrías salir cada día con un carro del súper lleno. Lo mismo que en las funerarias. Como en muchas habitaciones hay más personas que espacio, la gente amontona sus cosas encima de una silla y, tú, después de dar el pésame a los familiares, te puedes llevar la silla llena de prendas, como si fueras a hacer la lavadora.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Antes de despedirnos, le pregunto cuántas veces le han podido detener en estos casi veinticinco años. ¿Cuatrocientas, quinientas?. No tiene ni idea. En cualquier caso, jura que jamás ha pisado una cárcel. Entra y sale de las comisarías como quien entra y sale de los hoteles: saludando al conserje y con un taxi esperándole. El metro y el autobús sólo los usa “para trabajar”. Pero como en Barcelona sale muy barato robar, se queja de que, desde hace ya unos cuantos años, hay demasiada competencia. Tanta, que en algunas esquinas de las Ramblas o de la Sagrada Familia, a veces hay más ladrones que extranjeros. Y aparte de la policía y de las posibles víctimas, ahora también son los propios carteristas los que se vigilan entre ellos, exigiendo su propio territorio.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Y cuando empieza a explicarme que en España nunca ha comprado un piso de propiedad y tampoco ha pagado jamás un alquiler, a pesar de todo el dinero que ha ganado, entonces aparecen dos vigilantes de seguridad. Ambos le han detenido las suficientes veces, como para no poderlas contar. En ese momento, el más mayor le increpa: “Vamos, Calambres: dile a mi colega cómo se vive en España”. Él duda, pero el otro vuelve a insistir: "¡Venga, dile cómo se vive en España, o te cacheo aquí mismo!". Entonces el Calambres abre la boca, y con una sonrisa que muestra de par en par sus dientes de oro, grita en voz alta:&nbsp; “En España se vive... ¡De okupa madre!”.&nbsp;&nbsp;</p>
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  <title><![CDATA[El ciberfeudalismo]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 21 Jan 2024 10:34:20 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Es un día cualquiera. Te levantas por la mañana. Enciendes el teléfono móvil y a pesar de que tienes todas las notificaciones bloqueadas, el fabricante sigue enviándote mensajes: uno fijo, que ocupa una parte de la pantalla y que no te da la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Es un día cualquiera. Te levantas por la mañana. Enciendes el teléfono móvil y a pesar de que tienes todas las notificaciones bloqueadas, el fabricante sigue enviándote mensajes: uno fijo, que ocupa una parte de la pantalla y que no te da la posibilidad de borrar, y luego otros que aparecen y desaparecen insistentemente a lo largo del día. Luego enciendes la grabadora y recibes otro mensaje diciéndote que tienes que compartir todas tus grabaciones en una cosa que el fabricante llama la “Nube”. Lleva meses insistiendo. Pero ahora ya no te lo pide: ahora te lo exige. Y lo hace bajo coacción, pues cuando no le das a “Aceptar", te das cuenta que te ha bloqueado el acceso a todas tus grabaciones. A partir de aquí, no sólo no puedes hacer ninguna nueva, sino que además no puedes acceder a las que tenías guardadas. No tienes posibilidad de decir que no: sólo tienes la opción de obedecer. Es la trampa que venía oculta cuando aceptaste la instalación del último virus. Perdón: de la última actualización.&nbsp;</p>

<p>Luego suena el teléfono y en la pantalla ves otro mensaje: “¿Es esto una empresa?”, se atreve a preguntarte alguien que no sabes quién es. Pero él sabe perfectamente quién eres tú. Y se cree con derecho a controlar todas tus llamadas (algo que en una democracia sólo puede hacer la policía con autorización judicial). Luego enciendes el ordenador portátil y antes de que puedas acceder al escritorio, el señor feudal del sistema operativo te dice “Un momento”, y luego añade: "Terminemos de configurar tu dispositivo”. Entonces te dice, entre otras cosas, que le des tu número de teléfono, “Porque nos importa tu seguridad". Todo esto para permitirte que enciendas el ordenador y te pongas a trabajar. Luego, el señor feudal que ha diseñado el sistema operativo, sólo te da dos opciones para dejarte tranquilo. Una: "Aceptar”, y dos "Recordármelo en tres días”. Y aunque tú no quieres que te lo recuerde, en contra de tu voluntad tienes que darle al botón “Aceptar”. Conclusión: te ha obligado a hacer algo que no querías, y lo ha conseguido impidiéndote hacer lo que querías, que no era otra cosa que encender el ordenador de tu propiedad. Lleva meses presionándote y lo seguirá haciendo en los siguientes, hasta que te sometas a sus exigencias. Una táctica que recuerda de forma escalofriante a la de los acosadores sexuales: "¿Quieres cenar esta noche conmigo, bonita?”. “No, gracias.". "¿Y mañana?”. "No, gracias". "¿Y comer: quieres comer hoy conmigo?”. "No, gracias". “¿Y mañana: quieres comer conmigo mañana?”. "No, gracias.". "Bueno, pues ya te volveré a preguntar cuando llegue el fin de semana, porque seguro que habrás cambiado de opinión.".&nbsp;</p>

<p>He aquí la estrategia típica del acosador: jamás aceptar un no por respuesta. Mientras la víctima no acceda, la vigilará y la acosará. Y si el baboso se mueve en el terreno laboral, la extorsionará con cualquier excusa, en cualquier esquina, aprovechando cualquier ocasión para demostrarle su superioridad. Lo mismo que hacen cada día fabricantes de móviles, propietarios de redes sociales, de sistemas operativos, de televisiones, de aplicaciones, de navegadores... Pero esta obediencia que ellos nos imponen, no sólo significa perder cada día un poco más de privacidad. Para el usuario, significa perder cada día un poco más de dignidad y también de seguridad. Porque los señores del ciberfeudalismo, como buenos acosadores, son insaciables. Además, tienen las leyes (o la falta de ellas) a su favor. Y si sobrepasan los pocos límites que tienen, entonces pagan unas multas lo suficientemente ridículas como para seguir delinquiendo alegremente. Pues saben que, aunque sus delitos perjudiquen a miles de millones de personas cada día, no irán a prisión.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Lo inquietante es que su tamaño y su poder han ido creciendo en la misma proporción que lo ha hecho nuestra vulnerabilidad. Porque ahora, los nuevos señores feudales ya no sólo exigen su derecho a espiarnos las veinticuatro horas del día para poder vender toda nuestra vida al mejor postor. No. Ahora, cuando encendemos nuestro aparatos, para que éstos puedan funcionar, ya han empezado a exigir que compartamos toda nuestra información en la “Nube”. Es decir: en ese territorio donde ellos son los señores absolutos y nosotros los vasallos permanentes. Ya no se conforman con espiar los lugares que nosotros visitamos en Internet. Ahora exigen que compartamos con ellos y con millones de desconocidos todos, absolutamente todos, los archivos que tengamos en nuestros teléfonos y ordenadores. Es decir: fotos nuestras, de nuestros hijos (sin importar que sean menores de edad), nuestras facturas, contratos, billetes de viaje, escrituras, documentos judiciales, seguros, declaraciones de Hacienda, historiales médicos... Ahora quieren saberlo todo, para subastarlo todo. Y todo, según ellos, “Para mejorar nuestra experiencia y garantizar nuestra seguridad”.&nbsp;</p>

<p>De esta forma, completamente engañados, confiados y sometidos, quieren que les regalemos “voluntariamente” toda esta información personal. Una información ultrasensible sobre la que perderemos todos nuestros derechos una vez que la compartamos en eso que ellos llaman la “Nube". Es decir: su dominio, su feudo, su reino. Primero, intentarán conseguirlo por las buenas, insistiéndonos en sus ventajas. Y si no aceptamos, entonces nos obligarán a aceptarlas por las malas, impidiéndonos un uso normal de nuestros aparatos, como algunos ya han empezado a hacer. No les importa que éstos sean de nuestra propiedad. Para ellos, el negocio no está solamente en vendernos el dispositivo. Lo que multiplica sus beneficios y consolida su régimen dictatorial es usar cada día el sistema operativo como un sistema de vigilancia continua, diseñado para interactuar constantemente con nosotros aunque nosotros no queramos, y para controlar nuestras vidas hasta el más mínimo detalle. Algo semejante a las pulseras telemáticas que llevan los presos en libertad vigilada. Los señores del ciberfeudalismo saben que la información personal es el oro del siglo XXI, y cuanto más confidencial, más delicada y más comprometida sea, más quilates valdrá. Por eso, sus sistemas operativos se actualizan cada día para elevar el nivel de presión, justificar el de persecución, mejorar el de coacción y legitimar el de extorsión. Sistemas operativos que permiten a estos codiciosos señores elevar cada día el nivel de abuso hasta hacerlo no solamente imperceptible, sino también socialmente aceptable. Su estrategia está basada en la progresividad. Es decir: que nos vayamos acostumbrando un poco más cada día, para conseguir de nuestra parte una pasividad fácilmente domesticable. Una docilidad que normalice nuestra mansedumbre con un fin:&nbsp; conseguir que nuestra percepción ante al peligro disminuya hasta lograr niveles de absoluta indefensión. Es la manera más eficaz de homogeneizar nuestra servidumbre: “¿Si lo aceptan los demás, por qué no lo voy a aceptar yo?”. Este es el objetivo diario del ciberfeudalismo: que normalicemos lo anormal, justifiquemos lo injustificable, cotidianicemos lo inmoral y vanalicemos lo que debería ser intocable.&nbsp;</p>

<p>Pero no nos engañemos: el propósito de los nuevos señores feudales no es sólo crear un nuevo modelo de negocio a nivel planetario. Es imponer por la fuerza una nueva cultura tecnológica y un nuevo modelo de sociedad piramidal, basado en la estrategia de estar presentes en nuestras vidas a cualquier hora del día o de la noche, y con un mensaje muy simple: “Aceptar, aceptar y aceptar”, para convertir a los usuarios, poco a poco, en adictos, y a los ciudadanos, sin que se den cuenta, en esclavos. Esta es su guerra diaria contra miles de millones de personas (de todas las edades) y la están ganando sin disparar un solo tiro, mientras los gobernantes que deberían proteger nuestros derechos, miran para otro lado. El ciberfeudalismo está conquistando cada día un territorio que no se mide por metros cuadrados, sino por seres humanos. Es la globalización de la tiranía más ambiciosa, más eficaz y más sofisticada.</p>

<p>La guerra más invisible, más silenciosa y más invasiva, de toda la historia de la humanidad.</p>
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        <media:title><![CDATA[El ciberfeudalismo]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[José Escuder]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[José Escuder]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La felicidad no se vende en internet]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 14 Jan 2024 10:04:31 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Gracias a la neurociencia moderna y a las técnicas de imagen como la resonancia magnética funcional, hoy podemos hablar de las diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer. Por ejemplo, sabemos que la maduración de la corteza...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Gracias a la neurociencia moderna y a las técnicas de imagen como la resonancia magnética funcional, hoy podemos hablar de las diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer. Por ejemplo, sabemos que la maduración de la corteza prefrontal (la que nos permite razonar), en las mujeres esta zona termina de interconectarse alrededor de los veintiún años, mientras que en los hombres puede tardar hasta los veintiséis. Otra diferencia se halla en el área tegmental ventral, una de las más importantes en la producción de dopamina, la hormona del placer. Este área es un setenta por ciento más grande en las mujeres, diferencia que, entre otras cosas, les permite descorchar unos orgasmos cuya intensidad y duración, a los hombres no se nos permite ni siquiera imaginar.&nbsp;</p>

<p>Pero con el paso del tiempo, una duración de tres años según los expertos, los receptores de la dopamina comienzan a perder sus conexiones. La atracción física disminuye y la pasión comienza a perder la importancia que tanto tuvo al principio. En ese momento entra en juego la oxitocina, una hormona que además de servir para que la mujer aumente la amplitud y la frecuencia de las contracciones durante el parto y después permitirle la lactancia materna, también le sirve para crear y mantener vínculos que van más allá de la maternidad. Por ejemplo, en las relaciones sociales y, principalmente, en el amor de pareja. Muchos la llaman la hormona del vínculo. Lo que ocurre es que la mujer la segrega en cantidades mucho más altas que el hombre. Quizá ello explique por qué, después de hacer el amor, él sea el primero (o el único) en darse media vuelta.&nbsp;</p>

<p>Pero después de la lluvia torrencial durante los primeros años de dopamina y de otras hormonas como la adrenalina y las endorfinas, si la pareja no conserva unas ilusiones compartidas, un proyecto en común y esa secreta complicidad que les permite pasear por el mundo como si todos los relojes de este mundo, gracias a un beso, dejarán de funcionar...,&nbsp; si la pareja no conserva nada de eso, no segregará esta hormona que provoca la empatía, la admiración, la confianza, la generosidad, la ternura, la esperanza... Es decir: todos esos ingredientes que le van a permitir agitar a cuatro manos la coctelera de la felicidad.</p>

<p>El problema es que en las relaciones humanas, hoy, se da más importancia a la química de la atracción, que permite la unión, que a la química de la conservación, que garantiza la pervivencia. De ahí que tantas relaciones se presenten frágiles, poco duraderas y condenadas a desaparecer una vez que disminuye la pasión. En definitiva: relaciones que reflejan la sociedad actual, caracterizada por la urgencia del deseo y la inmediatez del placer. Una sociedad diseñada por el cibercapitalismo para crear individuos con una necesidad permanente de necesidades y una tenaz sensación de insatisfacción. Todo resulta efímero, porque todo caduca con una rapidez imposible de controlar. “Carpe diem, carpe diem", exclaman los fanáticos de la inmediatez. Pero la mayoría desconoce que “carpe diem”, literalmente, significa “agarra el día”, y no "vive el momento". Por eso confunden "vive el día", que es el mensaje que nos transmite “carpe diem”, con “vivir al día". Para ellos, lo importante no es vivir, sino gastar. Pues el cibercapitalismo les ha adoctrinado para que crean que es imposible ser felices sin consumir. Vivir el momento, para ellos, no es tener ilusiones: es satisfacer caprichos. Lo que paradójicamente les obliga a vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir. Pues satisfacer las necesidades que les crea la publicidad, es su forma de vivir el momento.&nbsp;</p>

<p>Aunque no lo sepan, actúan como si tener fuera más importante que ser, poseer más urgente que compartir, dormir más necesario que soñar y producir más humano que aprender. Y además de vivir al día (en vez de vivir el día), viven obsesionados por estar al día. Es decir: al corriente de las últimas noticias y las últimas tendencias, lo que les convierte en poliadictos a la novedad. Como confunden lo clásico con lo viejo, creen que lo antiguo es enemigo de lo moderno. El futuro llega tan rápido que no les permite vivir el presente, lo que les obliga a vivir ignorando las lecciones del pasado. Voraces consumistas, creen que devorar el tiempo con ansia es lo mismo que degustar sin prisa el momento. Al igual que los cocodrilos, comen sin masticar y tragan sin digerir, pues dan más importancia al sabor de la comida que a las propiedades de los alimentos. Obsesionados con ofertas de todo tipo, se preocupan por averiguar el precio de las cosas, en vez de conocer el valor de las personas. De ahí que su concepto de la virtud acabe diluyéndose en el abismo de lo virtual. Y como todo es relativo, todo es cuestionable. Todo, menos la modernidad. Este es un tren al que hay que subirse en marcha. Y cuando lo hacen, no miran si los vagones están destinados a trasladar seres humanos, o borregos.</p>

<p>Por eso, cuando uno oye los argumentos que exhiben muchas parejas después de separarse, en vez de preguntarles por qué se han separado, a uno le entran ganas que preguntarles por qué se han casado. O por qué se han juntado. Pues una cosa es vivir juntos, y otra vivir unidos. Tanto si han sido muchos o pocos los años de convivencia, con sus argumentos sólo consiguen demostrar que en vez de una pareja rota, son un par de desconocidos. También se excusan culpando a las diferencias entre los sexos, sin saber que las diferencias de un hombre y una mujer que viven juntos, pueden ser las mismas que las de dos compañeras de trabajo que no se soportan, lo que demuestra que la causa del problema quizá no sea la diferencia de género, sino la exageración de los defectos ajenos. Pues en muchas de estas parejas, no son sus diferencias las que les separan, es su falta de amistad, la que poco a poco les distancia. Son amantes modernos que no rechazan el compromiso por temor a perder su libertad. Rechazan compartir su libertad, por temor a perder su individualismo. De ahí que, con el paso de los años, el único vínculo que les una sea el del aburrimiento. No saben que además del “carpe diem”, el poeta Horacio también nos recordó que, en el ámbito de la pareja, sólo podemos conocer nuestros recursos cuando nos enfrentamos a los contratiempos. Manteniendo la unidad en la diversidad, así se combate la hostilidad. Y cuando el nivel de las hormonas baja, la risa es el mejor afrodisíaco. Pues quien es capaz de hacerte reír hasta las lágrimas, también es capaz de secártelas. Quien tiene el poder de hacerte reír, tiene la facultad de hacerte olvidar. De olvidarte hasta de ti mismo, porque no te quiere sólo por lo que eres, sino a pesar de lo que eres.&nbsp;</p>

<p>Pues la felicidad no consiste en vivir sin problemas, sino en compartir los miedos.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[María Callas: la voz de un ángel sin alas]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 8 Jan 2024 08:10:05 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En cierta ocasión, un periodista le preguntó a María Callas, ya al final de su vida: "¿Qué tres cosas se llevaría a una isla desierta?”. Y la soprano contestó: “Me llevaría a la compañía adecuada”. Entonces el periodista, ante el silencio de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En cierta ocasión, un periodista le preguntó a María Callas, ya al final de su vida: "¿Qué tres cosas se llevaría a una isla desierta?”. Y la soprano contestó: “Me llevaría a la compañía adecuada”. Entonces el periodista, ante el silencio de ella, volvió a preguntar: “¿Y qué otras dos cosas se llevaría?”. Y ella respondió: “Si la compañía es la adecuada, es posible que no eche en falta nada más”.&nbsp;</p>

<p>María sabía muy bien de lo que hablaba, pues a pesar de haber sido la soprano más grande de toda la historia, había tenido que sufrir las malas compañías a lo largo de toda su vida. Empezando por la de su madre. Una madre que la rechazó nada más nacer, pues se sintió sumamente decepcionada al ver que María no era el varón que ella esperaba, el que tenía que haber venido al mundo con la misión de sustituir al que había fallecido tiempo atrás por meningitis. Ese fue el primer disgusto que le dio a su madre: haber nacido mujer. El segundo fue no haber nacido tan guapa como su hermana mayor, defecto que su progenitora se tomó también como una insolencia. De ahí que ya desde muy pequeña, empezara a llamarla gorda, fea, torpe y cuantos defectos se le ocurrían para mantener bien baja su autoestima. Es decir: la estrategia más eficaz para conseguir de por vida una hija tan insegura como dependiente. Típica conducta de lo que en psicoanálisis se conoce como maternidad narcisista: la de esa madre destructiva que se caracteriza por ser invasiva, egocéntrica, dominante, posesiva, celosa, controladora, fácilmente irritable y con ese poder de manipulación que le otorga su inagotable victimismo.&nbsp;</p>

<p>Pero siendo aún muy pequeña, María dio las primeras muestras del don que la naturaleza le había concedido: su angelical voz. Entonces su madre exhibió otro rasgo típico de la maternidad narcisista: servirse del talento de su hija para conseguir sus sueños más ególatras. Gracias a esa voz lírica que ya empezaba a conmover a cuantos la escuchaban, la pequeña niña creyó que por fin iba a convertirse en el centro de atención. Pero, nuevamente, se equivocó. Porque nuevamente fue utilizada para que el centro de atención pudiera seguir siendo su madre. De esta forma, ponerse a las órdenes de ella fue una manera de compensar todas esas satisfacciones que no le había podido dar desde que vino al mundo, debido al hecho de haber nacido mujer, gorda, torpe y fea. Por eso, el hecho de trabajar día y noche los siete días de la semana para desarrollar su talento artístico, se presentó como la gran oportunidad para poder hacer feliz a esa madre que jamás le dio una muestra de cariño. Es decir: una oportunidad para indemnizarla.&nbsp;</p>

<p>Pero el intento de satisfacerla aceptando su condición de niña explotada, también falló. Porque otro rasgo de la madre destructiva es que resulta insaciable en sus constantes demandas. Con la pancarta se acuesta y con la pancarta se levanta. Porque este tipo de madre no habla: grita. No pide: exige. No aconseja: ordena. No suma: divide. No dialoga: amenaza. Y como es imposible razonar con ella, en vez de negociar extorsiona, y aunque sepa que no tiene razón, en vez de pedir perdón, condena. Complica lo que es sencillo y simplifica lo que es complejo, mostrándose eufórica con los planes diseñados por ella y catastrofista si vienen de los demás. Como tiene la manía de responsabilizar a los otros de su felicidad, le cuesta poco responsabilizarlos también de su sufrimiento. Y como se cree con el derecho de acusar a los otros de todos sus males, esto le sirve para señalarlos como los causantes de todas sus enfermedades. Cuando se calla no es para escuchar: es para ignorar al que le habla, si no piensa como ella. Y antes de que le quiten la razón, prefiere que le corten un dedo. Maneja los sentimientos de culpa con el virtuosismo de un malabarista y el regateo emocional con la técnica de un futbolista. A pesar de su pirotécnica emotividad, no quiere gente que la quiera: quiere gente que la compadezca y la admire, y sobre todo, que la obedezca. Como siempre sabe lo que es bueno, cualquier sugerencia no se la toma como un consejo: se la toma como una ofensa. Su vida es una obra de teatro en la que ella, gracias a su capacidad de dramatización, siempre consigue ser la protagonista. Un papel estelar que sólo está dispuesta a compartir con su enfermedad, la cual le permite tener chantajeados a todos los miembros de la familia. Y lo más inquietante: como carece de autocrítica, si reconoce alguna culpa en ella misma, es la de ser siempre demasiado buena.</p>

<p>Acomplejada, insegura, angustiada y con múltiples carencias afectivas, María Callas asumió esta herencia de su madre para interpretar como nadie a aquellas heroínas de la ópera especialistas en tragedias. Por eso, cuando cantaba, el público sentía que lloraba, y si se le escapaba una lágrima, muchos dudaban de que estuviera actuando. Pero casarse a los 26 años con un hombre treinta mayor que ella, tampoco le libró del llanto. Con dicha infancia, podemos hacernos una idea de por qué María se casó con él, y si tenemos en cuenta la ruina económica que le supuso este matrimonio, podemos hacernos una idea de por qué él se casó con ella. Entre los dos: su marido y su madre (a la que seguía indemnizando) consiguieron que su primera fortuna se esfumara. Quizá por eso decidió que la próxima vez se enamoraría de un millonario.&nbsp;</p>

<p>Pero aunque el próximo no se quedó con su dinero, le hizo pagar un precio todavía más alto. Cuando empezó su tortuosa relación con Onassis, abandonó su carrera por él para que él no la abandonara a ella. Fue una mala inversión, porque él terminó abandonándola por Jacqueline Kennedy, la exmujer del presidente asesinado. Pero María no sólo perdió a alguien a quien jamás debería haber conocido. Por culpa de esa relación tan tóxica, perdió también su maravillosa e irrepetible voz. Lo que no perdió fue su dignidad. Y lo demostró rechazando a Onassis cuando éste quiso volver con ella, después de que Jackie Kennedy decidiera separarse de él tras enterarse, entre otras cosas, que el magnate le había sido infiel con su propia hermana. A partir de aquí, pensó, si todos los que aseguraban haberla amado, lo habían hecho sólo por su voz, ahora tenía la seguridad de que nadie volvería a intentarlo. De ahí que decidiera encerrarse en su apartamento de París los últimos años de su vida.&nbsp;</p>

<p>Quizá por eso, antes de morir a los cincuenta y tres años, le confesó a su ama de llaves:</p>

<p>“¿Sabe qué es lo peor?. En todas mis parejas he sufrido la traición, el abuso y la humillación. Y como siempre creí que no nací para ser amada, siempre tuve la necesidad de pedirles a todos perdón. Ahora me he convertido en una isla, para poder ser yo mi mejor compañía. Pues es difícil conseguir que los demás te amen a ti, cuando todos te han hecho creer que no tienes razones para amarte a ti misma”.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[El discreto encanto de la humildad]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 31 Dec 2023 09:16:15 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hace días le preguntaron a una conocida modelo que se acaba de retirar, si ser tan guapa le había obligado a sentirse constantemente perseguida por los hombres. Y ella, con fingida indiferencia, respondió: “No, porque la mayoría de hombres se...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hace días le preguntaron a una conocida modelo que se acaba de retirar, si ser tan guapa le había obligado a sentirse constantemente perseguida por los hombres. Y ella, con fingida indiferencia, respondió: “No, porque la mayoría de hombres se sienten tan inseguros ante mujeres como yo, que no se atreven a acercarse". De la minoría restante que sí se atrevía a acercarse no dijo nada, pero podemos hacernos una idea, después de que la exmodelo anunciara su noviazgo con otro conocido multimillonario. Lo cual nos lleva a la siguiente conclusión: los hombres que no se atrevían a acercarse no lo hacían porque ella fuera demasiado guapa, sino porque ellos no eran lo suficientemente ricos como para poder provocar su interés. Y cuando el periodista le preguntó cómo iba a encauzar su carrera profesional a partir de ahora, la exmodelo no se lo pensó dos veces: “Tengo muy claro que quiero ser actriz". No dijo que pensaba hacer el bachillerato artístico y luego prepararse unos años para estudiar un grado en Artes Escénicas. No. Ella dio por hecho que logrará ser una gran actriz, porque su belleza le concederá el privilegio de saltarse todos los obstáculos y los sacrificios por los que la mayoría de mujeres tienen que pasar para poder conseguirlo. Por eso se permitió el lujo de añadir que está estudiando las ofertas que le están proponiendo. “Ya he empezado a leer algunos guiones, pero voy a ser muy exigente a la hora de elegir un papel”, advirtió. Quizá alguien debería explicarle que uno no se convierte en especialista en arte dramático, por el simple hecho de dar pena cada vez que abre la boca.</p>

<p>Sin embargo, el mundo de la moda nunca ha sido incompatible con el cine. Todo lo contrario. Ahí están Audrey Hepburn y Givenchy para demostrarlo. Tampoco la belleza está reñida con la inteligencia, como la misma Audrey nos demostró. Es la inteligencia la que suele ser enemiga de la estupidez, como la elegancia enemiga de la vulgaridad. Creer que el hecho de haber sido modelo te va a permitir ser una gran actriz, es tan infantil como creer que por haber sido gogó en una discoteca vas a poder ser “Prima ballerina" en la Compañía Nacional de Danza. Mientras la belleza está condenada a desaparecer con el tiempo, el talento, gracias al tándem esfuerzo-experiencia, está destinado a aumentar con la edad. Ahí están actrices como Diane Keaton, Helen Hunt, Meryl Streep o Susan Sarandon, para demostrarlo. Y el secreto de su éxito, parece ser el mismo en todas: sacrificio, sacrificio y más sacrificio. Y según Audrey Hepburn: “Nunca creerte más de lo que eres, para poder ser cada día un poco mejor. Pues sólo intentando ser un poco mejor cada día, puedes descubrir realmente quién eres”. Conclusión: la juventud no es la mejor aliada de la belleza, porque la belleza de una mujer necesita el inevitable paso de los años, para conseguir una plenitud verdadera.</p>

<p>Otra mujer que también lo tenía muy claro, fue Jane Austen. En su época no existía el cine, pero existía el talento femenino, aunque por ser precisamente femenino, muchos no lo reconocían como talento. Siempre quiso tener una buena formación académica, pero en 1786 tuvo que abandonar junto a su hermana el internado para mujeres donde estudiaba, porque sus padres no podían pagarlo. Eso le llevó a definir más tarde su concepto de la riqueza: “Mi ambición en esta vida no es comprar una gran mansión ni tener los mejores caballos. Mi sueño es vivir en una casa sencilla, pero rodeada de los mejores libros”. Es decir: estar siempre rodeada de los grandes poetas, de los grandes historiadores, de los grandes filósofos, de los grandes novelistas: eso era lo que le haría sentirse tan rica como afortunada. Pues la mujer inteligente sólo se siente realmente rica, cuando se siente, por fin, bien acompañada. Jane sabía que los amigos, al igual que los amantes, a veces vienen con la misma rapidez que se van, pero los libros siempre se quedan, demostrando una fidelidad que muy pocos amantes pueden garantizar. Y cuanto más leía, más humilde se sentía. Por eso, la autora de Orgullo y prejuicio dejó clara la diferencia entre el orgullo y la vanidad: “Aunque se usen como sinónimos, orgullo y vanidad son cosas diferentes. Una persona puede ser orgullosa sin ser vanidosa, pues el orgullo está más relacionado con la opinión que tenemos de nosotras mismas, mientras que la vanidad está relacionada con lo que piensen de nosotras los demás”. Para ella, la humildad era necesaria tanto para la belleza como para el amor, pues nunca somos tan engañados, como cuando nos dejamos seducir por nuestra propia vanidad. Es ésta la que nos impide reconocer que no podemos hallar el camino de la felicidad, si antes no hemos encontrado el de la sencillez. Y para no dejarnos arrastrar por ella, hemos de recorrer la senda del autoconocimiento. Por eso aconsejaba: “Mira en tu propio corazón, pues quien mira hacia fuera sueña. Pero quien observa su interior, despierta”.</p>

<p>Sin embargo, la simplicidad no siempre revela falta de ambición: es ésta, la que muchas veces deviene en falta de profundidad. "Por eso –decía- el secreto del éxito en una pareja es conseguir amar los pequeños defectos del otro, ya que son nuestras mutuas imperfecciones las que nos hacen perfectos el uno para el otro. Mientras la atracción define nuestros gustos, el disgusto por las imperfecciones del otro es lo que va a definir el horizonte, y la calidad, de nuestro amor”. Es decir: quien en su pareja busca la perfección en vez de la intensidad, está condenado a pasar de largo ante la felicidad: ésa que nos recuerda que no nos sentimos más unidos cuando más juntos estamos, sino cuando más cómplices nos sentimos.</p>

<p>Jane Austen nunca pretendió convertirse en actriz, pero las mujeres de sus novelas actuaban tan bien, que todas han acabado en el cine, el teatro y la televisión. Conocía perfectamente la sociedad donde vivía, y era lo suficientemente refinada como para poner a los demás etiquetas sin dejar de respetar la etiqueta, y de burlarse de sus costumbres sin mofarse de la tradición. Respecto al talento, dejó claro que la ironía es el suspiro de la inteligencia y la modestia el perfume de la discreción. Y respecto al éxito, decía, sólo cuando una mujer es dueña de sus silencios, puede ser dueña de su libertad. Porque las puertas que en ocasiones la belleza abre, son las mismas que a veces cierra la falta de humildad.</p>
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        <media:title><![CDATA[El discreto encanto de la humildad]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[José Escuder]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[José Escuder]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Burbujas en el cielo]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 24 Dec 2023 10:33:28 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ “Hemos de acabar con la monarquía, por la misma razón que hemos de acabar con la Navidad”, ha dicho una tertuliana en televisión. De acuerdo, es una opinión respetable. Lo que sucede es que la respetabilidad debe ir siempre acompañada de la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>“Hemos de acabar con la monarquía, por la misma razón que hemos de acabar con la Navidad”, ha dicho una tertuliana en televisión. De acuerdo, es una opinión respetable. Lo que sucede es que la respetabilidad debe ir siempre acompañada de la coherencia, sobre todo cuando es la credibilidad lo que está en juego. Pues todo el que no quiera celebrar la Navidad, lo que debe hacer es ir a trabajar los días festivos, o pedir que se los descuenten del sueldo si decide quedarse en casa brindando por aquello en lo que no cree, o peor aún: por aquello que le gustaría prohibir. Y si además es verdaderamente republicano, por favor: que se cuide mucho de hacer o aceptar un solo regalo el día de Reyes. También debería exigir una reducción en su nómina si no va a trabajar cualquier santo que sea festivo, cualquier día de la Constitución, y por supuesto: todos los días de Semana Santa si tiene la costumbre de ir a esquiar, como hacen los niños pijos. Pues en caso contrario, y con toda la razón, le pueden acusar de hacer una demagogia dirigida a los demabobos, y de una pantomima dedicada a los pantomemos.</p>

<p>Pero si nosotros afirmáramos que declaraciones como ésta nos sorprenden, seríamos igual de hipócritas que ellos, porque a estas alturas del vodevil, inquietar, nos pueden inquietar mucho, pero sorprender, no nos sorprenden nada. Ya estamos habituados a la hipocresía de esa izquierda a la que los medios de comunicación no se atreven a llamar extrema, porque tanto ellos como sus tertulianos, están los suficientemente subvencionados como para intentar convencernos de que los únicos extremos que deben aterrorizarnos vienen siempre de la derecha. Y eso, aunque la violencia organizada que vemos desde hace décadas en las calles esté monopolizada y exaltada por esa romántica izquierda, cuyas posiciones, ellos, se niegan a definir como extremas. Porque a este tipo de izquierda le gusta tanto perseguir, tanto amenazar, tanto prohibir, tanto castigar y tanto reprimir, que incluso sus propios votantes tienen serias dificultades para poder verla como una alternativa a esa ultraderecha contra la que dicen luchar. Esa que debería denunciarles por plagio continuado, pues la extrema izquierda ha copiado descaradamente su odio, su prepotencia, su falsificación de la historia y esa continua justificación de la violencia con la que pretende blanquear su innovador totalitarismo. En democracia, la realidad puede, y debe, admitir todo tipo de interpretaciones. Pero con una condición: que dicha realidad sea aceptada como punto común de referencia. Pues quien llama blanco a lo que es negro y viceversa, en vez de ayudarnos a ver la vida de color rosa, nos puede obligar a todos a vestir de color fucsia. Ya que no está interpretando la realidad: la está ultraprocesando, como se hace con esos alimentos industriales que los expertos en nutrición llaman comida basura.</p>

<p>Hablamos de esta izquierda extrema que asegura, con razón, que la educación es la mejor manera de luchar contra la esclavitud, pero que luego, en nombre de ella, quiere ir arrinconando progresivamente asignaturas como la filosofía o la religión, alegando, por ejemplo, que ésta debería ser reducida al ámbito doméstico. Quizá no sabe, o pero aún: no quiere que los demás nos enteremos, de que una cosa es la fe personal, decisión que pertenece a la esfera de lo privado, y otra la cultura religiosa, un conocimiento al que todo alumno debería tener acceso, porque a ningún ser humano se le puede prohibir el derecho a reflexionar sobre su propia existencia. Una existencia sobre la que podrá interesarse gracias a la filosofía, y una esperanza sobre la que podrá sostenerse, gracias a la religión. Por eso resulta paradójico que todos ésos que dicen luchar por los derechos básicos de los ciudadanos, se empeñen en marginar el más básico de todos los derechos: el derecho a la trascendencia. Principalmente, porque la única certeza que los humanos tenemos en esta vida, es que es precisamente nuestra vida lo que un día vamos a perder. Gracias a la filosofía podemos dudar de lo que muchos dan por sentado, y gracias a la religión podemos dar a nuestra vida un sentido. La religión no nos protege de la muerte, pero nos recuerda que aunque todos estemos destinados a morir, no todos estamos condenados a desaparecer. Fe y razón pueden caminar juntas, pues la fe nos puede ayudar a librarnos de falsas filosofías, como la razón nos puede servir para denunciar los abusos de ciertas teologías.&nbsp;</p>

<p>Los filósofos de la antigua Grecia no eran sólo maestros de la razón: sus alumnos los consideraban maestros de vida, porque eran lo suficientemente coherentes como para vivir de acuerdo a su pensamiento. Un concepto de la ejemplaridad totalmente impensable en la mayoría de políticos actuales, tanto los que navegan a babor como a estribor. Por eso, en aquella época, dado que no había periódicos subvencionados, los filósofos buscaban el conocimiento que la razón te da, en vez de esa información que te da siempre la razón. Pues un gobierno que regala el dinero de los ciudadanos a un periódico, no está subvencionando a la prensa: está comprando su libertad, para que esos ciudadanos consuman luego la opinión, creyendo que están comprando la actualidad. Porque la libertad no consiste en decir siempre lo que uno piensa, sino en pensar siempre lo que uno dice, principalmente para no confundir la libertad de expresión con la libertad de agresión. Por eso, los filósofos siempre se han servido de la razón para protegerse incluso de las trampas que nuestra propia razón nos tiende en el camino del conocimiento. Pues si la razón no está al servicio de la justicia y la verdad al de la libertad, ambas pueden acabar siendo las más tóxicas de las mentiras. Es lo que nos ha demostrado la historia: que cualquier creencia que vaya en contra de la ciencia, en nombre de la fe acabará sustituyendo a la inteligencia. De ahí que no todas las filosofías sean recomendables, ni todas las religiones verdaderas. Y menos aún sus representantes, cuando tienen un concepto de la ejemplaridad parecido al de la extrema izquierda. La religión se convierte en el opio del pueblo, cuando la política se convierte en el placebo de la esperanza. Y toda doctrina que para escapar del odio ofrece terror, más que un consuelo es una amenaza, ya que la resignación que pide, en vez de aportar alivio, exige sumisión. Por eso deberían reflexionar quienes creen que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Pues quienes así piensan, cuando alguien les pregunta qué es lo contrario del odio, curiosamente, no dudan en responder que el amor. Por tanto, si A no es lo contrario de B, sino C, deberían plantearse cómo es posible que B pueda ser lo contrario de A.&nbsp;</p>

<p>En cualquier caso, lo que muy pocos se atreven a discutir hoy, es que si hay un claro antónimo del odio, es precisamente la Navidad. Y en los próximos días, cuando nos reunamos en familia, mientras la política nos ofrecerá unos temas para discutir acaloradamente, la filosofía nos dará otros para evitar que acabemos batiéndonos en duelo. Pero si esta Navidad falta algún ser querido, sólo la religión nos ofrecerá la esperanza de poder reencontrarnos con él algún día.</p>

<p>Para seguir brindando juntos en el cielo.</p>
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        <media:title><![CDATA[Burbujas en el cielo]]></media:title>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La buena educación]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 17 Dec 2023 10:35:02 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Los niños que íbamos al colegio en los años 70, aparte de llevar las golosinas en la cartera, llevábamos otra cosa no tan dulce, pero mucho más nutritiva: la buena educación. Esa que nuestras madres nos resumían al oído antes de salir de casa,...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Los niños que íbamos al colegio en los años 70, aparte de llevar las golosinas en la cartera, llevábamos otra cosa no tan dulce, pero mucho más nutritiva: la buena educación. Esa que nuestras madres nos resumían al oído antes de salir de casa, después de asegurarse que las uñas brillaban casi tanto como nuestros zapatos. Cuando salíamos a la calle y nos cruzábamos con el primer vecino, de nada servía saludarle con un desganado "Hola": había que saludarle con un entusiasta “¡Buenos días!”. Una vez en clase, cuando el profesor entraba, todos los alumnos nos poníamos automáticamente de pie, porque todos reconocíamos en él (o en ella) una autoridad no necesariamente hostil. Y al salir a la calle, cuando nos poníamos a jugar con la pelota y veíamos aparecer un guardia urbano, aunque no estuviéramos haciendo nada malo, bastaba una mirada de él para que la pelota se detuviera de golpe y no volviera a rodar hasta que su sonrisa desaparecía al girar la esquina.&nbsp;</p>

<p>Naturalmente, en aquella época, ni los profesores ni los guardias sufrían bajas masivas por depresión o ansiedad. Y los alumnos acabábamos la Educación General Básica sin haber oído hablar de dichos trastornos. Como nuestras madres no tenían una ridícula obsesión por parecer maniquíes de pasarela (ni siquiera de escaparate), ningún niño estaba tan contaminado como para decirle a otro: “La madre de Fulanito parece una ballena”. El respeto nos lo faltábamos entre nosotros mismos. Si alguien te llamaba gordo, tú le llamabas cuatro ojos, y si él te llamaba cuatro ojos a ti, tú te quitabas las gafas por si te devolvía la colleja que le acababas de dar. Claro que había matones, pero éstos conocían muy bien los límites, porque en aquella época aún no había llegado la moda de criminalizar a los policías para poder victimizar a los delincuentes. El noventa por ciento de los niños no sufría acoso escolar, porque el único acoso que se padecía en aquella época era el que sufríamos los guapos por parte de las niñas, que a pesar de su corta edad, ya mostraban un stendhaliana sensibilidad para reconocer a los que pertenecíamos a ese escaso diez por ciento restante. Quienes no mostraban ninguna sensibilidad eran nuestros padres cuando llegábamos a casa con un suspenso e intentábamos defendernos, argumentando que el profesor nos tenía manía. Al escuchar esto, ellos, en vez de presentarse como nuestros abogados defensores, uno se anunciaba como juez y el otro como fiscal, y después de un juicio sumarísimo, nos condenaban un mes entero a la privación de nuestros juguetes preferidos, un mes entero sin salir los fines de semana, o peor aún: un mes entero sin ver a las azafatas del Un, dos, tres... Por supuesto, en esos trabajos forzados iba incluido el asistir a clases extraordinarias para recuperar cuanto antes la asignatura suspendida, cuya nota, en la próxima evaluación, nos comprometíamos a que no bajara de un notable.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>

<p>No disfrutábamos con la violencia, porque en los salones recreativos no había juegos donde pudiéramos cultivarla hasta el paroxismo. Los más violentos eran la bolera, la máquina del millón, el futbolín y el billar, pero no nos excitaban lo suficiente como para salir a la calle a quemar contenedores, asaltar tiendas, destrozar coches, ni apedrear a los antidisturbios. Respetábamos tanto los uniformes, que no nos atrevíamos ni a contarle un chiste al cartero.&nbsp;</p>

<p>En aquella época, los niños no sólo sabíamos que los Reyes eran los padres. También que nuestros padres no eran reyes, porque ellos se encargaban de recordarnos su condición laboral a la hora de negarnos la compra de un juguete caro o de darnos la paga semanal. Esa paga siempre escasa que nos obligaba a visitar a la abuela y llenar su cara de besos, para después salir corriendo con la promesa de que no nos chivaríamos a nadie de su secreta complicidad. Nuestros padres no eran reyes, pero en la mesa nos obligaban a comportarnos como príncipes, pues ésta había que respetarla como si fuera un miembro más de la familia. El respeto a la mesa era casi tan exigente como el respeto a la abuela, a la que por cierto todos, absolutamente todos, llamábamos de usted. La mesa no era como ella, que a veces se hacía la sorda. En la mesa, cualquier falta o descuido hacían un ruido parecido al de la sirena de una ambulancia. Y cuando eso ocurría, el color de nuestras mejillas adquiría la misma tonalidad. La llave que abría todas las puertas era pedir las cosas por favor, y dar inmediatamente las gracias permitía dejar esas puertas semiabiertas para la próxima ocasión. La abuela se hacía la sorda, pero no la tonta, pues cuando el domingo nos preguntaba si habíamos ido a misa y nosotros le decíamos temerariamente que sí, ella nos interrogaba para saber qué había dicho el padre Tal en la homilía. Y en caso de no saberlo, la propina disminuía automáticamente a la mitad. Una sanción que en realidad sólo duraba hasta el momento que ella decidía conmutarte la pena, preguntándote cuáles eran las capitales o las montañas de ciertos países. Con toda naturalidad, tú las contestabas todas sin fallar ni una, entre otras razones porque ella, con la misma naturalidad, te preguntaba siempre las mismas.&nbsp;</p>

<p>En aquella época, los niños usábamos poco el victimismo, principalmente porque no servía de nada. El valor más preciado, y que destacaba por encima del resto, era la meritocracia. El talento se demostraba a través del esfuerzo y el éxito mediante el sacrificio. Todo lo contrario de lo que ocurre hoy, donde cualquier joven puede medir su éxito, no por el peso de su talento, ni de sus estudios, sino por el número de seguidores en una red social. Es el triunfo de la meritogracia, es decir: de todos ésos que se burlan de los valores clásicos, porque han llegado a la cima sin haber aprendido a escalar. Por eso, la mayoría se precipita al vacío con la misma velocidad que ha ascendido.</p>

<p>Según mi analista, de los años escolares en Barcelona, sólo conservo dos traumas. El primero, por haber pasado mi pubertad teniendo que escuchar la música de Miguelito Bosé para reblandecer el corazón de las chicas (un sacrificio que por no ser lo suficientemente valorado por ellas, nunca me sentí lo suficientemente indemnizado). El segundo trauma los sufrí por haber estado tantos años viendo la foto del Generalísimo junto a la pizarra. Respecto al primero, conseguí superarlo gracias a los abonos familiares que nos permitían asistir a los conciertos y óperas del Liceo. Respecto al segundo, he de confesar que sigo medicándome por culpa de los franquistas que aún me preguntan por qué Franco tuvo que haber muerto, y de los antifranquistas obsesionados en recordarme que está más vivo que nunca.</p>
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        <media:text><![CDATA[José Escuder]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[José Escuder]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Tatuajes bajo la piel]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 10 Dec 2023 10:04:42 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En la época victoriana, Gran Bretaña era la primera potencia mundial, gracias a su economía y la extensión de sus colonias. Pero la revolución que llegó incluso a los transportes con la aparición del ferrocarril y el barco de vapor, no impidió...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En la época victoriana, Gran Bretaña era la primera potencia mundial, gracias a su economía y la extensión de sus colonias. Pero la revolución que llegó incluso a los transportes con la aparición del ferrocarril y el barco de vapor, no impidió que en esta época el índice de mortalidad infantil fuera muy elevado. Lo sufrían principalmente las clases más pobres, debido a la mala nutrición, una total falta de higiene y el hacinamiento en los hogares que provocaba el contagio de todo tipo de enfermedades. La esperanza de vida de los recién nacidos era tan corta, que no se les bautizaba hasta pasados unos años. Pero este fenómeno, curiosamente, también afectaba a las clases altas. Los niños que estaban rodeados de todo tipo de lujos y alejados de la suciedad y de esas infecciones que se ensañaban con los más pobres, también morían ante el asombro de sus familias. ¿Por qué, si tenían de todo?, se preguntaban. Pero hoy la neurociencia nos ha demostrado que les faltaba algo esencial: el contacto físico. Algo nada sorprendente, pues dos de las características de la moral victoriana eran la represión de toda muestra afectiva y la evitación del contacto personal. Por eso, los niños no recibían caricias, ni besos, ni abrazos, ni cualquier muestra de cariño que, según dicha moral, pudiera debilitar su futura personalidad. Es decir: les negaban todo eso que, según la neurociencia actual, refuerza espectacularmente nuestro sistema inmunológico, a cualquier edad. En aquella época, también había un principio de derecho consuetudinario, llamado “Malitur manus imposuit”, que literalmente significa: “Impuso suavemente las manos”. Un derecho que permitía a los maridos golpear a sus esposas, siempre que no se ensañaran y su fin fuera claramente pedagógico. Es decir: mientras que a los niños no se les debía tocar ni dar amor para que pudieran desarrollar una personalidad fuerte, a las mujeres había que azotarlas de vez en cuando para evitar que desarrollaran una fuerte personalidad.</p>

<p>Medio siglo después de finalizar la era victoriana, el psiquiatra Joseph Wolpe desarrolló la técnica de desensibilización sistemática, un método que hoy se sigue utilizando en psicoterapia para superar fobias como el miedo a los ascensores, a salir a la calle, a determinados animales... Consiste en exponer al paciente al estímulo fóbico, siguiendo una curva de dificultad ascendente, es decir: de lo más fácil a lo más complicado. Al principio se le pone ante una situación que provoque ansiedad cero, y luego se va subiendo gradualmente el nivel de exposición ante el objeto o la situación que causa la fobia. Gracias a esta exposición controlada, el paciente irá consiguiendo una desensibilización progresiva que le permitirá lograr una extinción completa de la ansiedad. Como vemos, es una técnica de modificación de conducta. Pero la desensibilización sistemática, no sólo sirve para disminuir y anular la respuesta fóbica e irracional ante un objeto o una situación determinada. También sirve para todo lo contrario: disminuir y anular un rechazo ante algo que, por ser irracional, debería ser del todo inadmisible. Naturalmente, esta técnica no la usan los especialistas en psicoterapia, pero sí la utilizan a diario los maltratadores domésticos. Y al igual que ellos, usan el método de la gradualidad ascendente: primero exponen a su víctima a una humillación que les produzca una ansiedad aceptable, y luego, progresivamente, a medida que la víctima se va habituando, la intensidad del maltrato aumenta hasta que ella, no sólo lo normaliza, sino que acaba siendo incapaz de medir sus consecuencias. Desconoce que para el maltratador, el fin no sólo justifica los medios, sino también los miedos. Por ejemplo, el miedo a la culpa con el que la víctima vive a diario. Por eso, el objetivo que tiene con ella es alterar su percepción de la realidad para acabar invirtiendo su concepto de la justicia&nbsp; De esta forma, lo justo queda subordinado a lo necesario. Es decir, el mal acaba siendo aceptado como un bien imprescindible para la convivencia. Si el psicoterapeuta usa la desensibilización sistemática para curar los trastornos por evitación, el maltratador se sirve de ella para conseguir la sumisión ante lo intolerable. Y a veces su técnica es tan efectiva, que consigue que la víctima se desensibilice incluso ante lo macabro: el temor a vivir sin su maltratador.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Lo paradójico es que esta técnica que él usa para desensibilizar (y desestabilizar) a su víctima, no sirve para tratarle a él. Nunca se presentará como paciente ante un especialista, porque no es consciente de tener un perfil psicopático. A su favor puede alegar que no está enfermo, y en muchos casos tendrá razón. Pues un comportamiento como el suyo no siempre puede ir asociado a un trastorno mental, ya que muchas veces no presentará deficiencias cognitivas, ansiedad, depresión, discapacidad funcional, ni riesgo de conducta autolesiva. Como tampoco sufre alucinaciones, no será diagnosticado como paciente psicótico. Y si le preguntan, ni siquiera se verá a sí mismo como un sádico, pues alegará que no busca placer en el dolor ajeno, sencillamente porque no lo reconoce como tal. El maltratador consigue justificar su conducta, cuando logra que la víctima cotidianice su dolor. Un dolor que pasa a ser un miembro más de la familia.</p>

<p>Pero hay otro tipo de castigo, que por ser más sutil, no deja de ser maltrato. Hace pocos días, mi masajista me contó una experiencia reciente. Estaba tratando a una clienta de mediana edad que sufre desde hace años unos dolores cada vez más intensos, debido a la fibromialgia. Y cuando ya estaba acabando, le preguntó si quería terminar la sesión con un masaje facial. La mujer aceptó, pero, al minuto de haber comenzado, el profesional sintió una humedad extraña en sus dedos. Y no era su aceite. Entonces se dio cuenta de que estaba usando como lubricante las lágrimas que en ese momento se deslizaban por las mejillas de la clienta. Desconcertado, el masajista le ofreció unos pañuelos de papel para que se sonara y continuó su trabajo, secándole discreta y suavemente con los dedos esas lágrimas que no dejaban de brotar. Al terminar la sesión, la clienta, ya más serena, se disculpó intentando esconder sus ojos por la vergüenza: "Lo siento mucho, no sé qué me ha pasado. Pero cuando has empezado a acariciarme la barbilla, las mejillas, las sienes, la frente... En ese momento me he preguntado a mí misma cuántos años hace que nadie me toca, a pesar de que tengo un marido y cuatro hijos. Cuántos años hace que nadie me da un abrazo. Cuántos años que nadie me besa, sin pedirme algo a cambio. En ese momento me he dado cuenta que, a pesar de tenerlos a ellos, también tengo un cuerpo. Un cuerpo del que soy consciente, sólo cuando me duele algo. Un cuerpo de mujer que necesita caricias. Todas ésas que, por sentir que no era merecedora de ellas, ya las había olvidado".</p>
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        <media:title><![CDATA[Tatuajes bajo la piel]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[José Escuder]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[José Escuder]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La estupidez no se cura con bicarbonato]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 3 Dec 2023 09:54:38 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, Dietrich Bonhoeffer, pastor luterano, fue arrestado y encarcelado por la Gestapo. En los años del cautiverio que padeció antes de ser ejecutado, se dedicó a reflexionar sobre la lamentable situación de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, Dietrich Bonhoeffer, pastor luterano, fue arrestado y encarcelado por la Gestapo. En los años del cautiverio que padeció antes de ser ejecutado, se dedicó a reflexionar sobre la lamentable situación de la sociedad en la que vivía. ¿Cómo es posible, se preguntaba, que un país como Alemania, que había dado al mundo a teólogos como Lutero, músicos como Beethoven, filósofos como Kant, escritores como Goethe, inventores como Gutenberg, físicos como Einstein..., cómo es posible que un país como éste hubiese puesto la alfombra roja del poder a un ser tan monstruoso y despreciable como Hitler?.&nbsp;&nbsp; &nbsp;</p>

<p>Durante su cautiverio, Bonhoeffer llegó a dos conclusiones: una, que la causa de esta tragedia colectiva era la estupidez humana, y dos, que la estupidez puede ser aún más peligrosa que la maldad. Contra ésta podemos luchar porque es fácil detectar su presencia, pero contra la estupidez estamos indefensos. Y lo más grave, continúa Bonhoeffer, es que la estupidez no puede ser prevenida ni detectada en el espacio y el tiempo, pues no va unida a la cultura ni a las capacidades cognitivas de los ciudadanos. Es decir: uno muy inteligente puede ser extraordinariamente estúpido, y otro muy iletrado puede, sin esfuerzo alguno, ser inmune ante la estupidez. ¿Y cuándo aumenta el riesgo de que caigamos en ella?. Cuando permitimos que, poco a poco, se vaya integrando en nuestras vidas. Por ejemplo, la manera más eficaz de que esto ocurra es identificarnos con un grupo de estúpidos que luche por una noble causa, una que, a pesar de su nobleza, pueda ser lo suficientemente manipulable. Una causa que, debidamente socializada, permita a los individuos ser activistas de su propia estupidez, tras haberla justificado en defensa de una identidad colectiva. De ahí que sea más peligrosa que la maldad. Porque el malo, cuando gobierna, es consciente de todo lo malo que hace, pero los estúpidos que le votan, como son estúpidos, pero no necesariamente malos, son incapaces de detectar su peligrosidad, una sonriente peligrosidad disfrazada casi siempre de esperanza. &nbsp;</p>

<p>Seguramente, Hitler fuera el más estúpido entre los estúpidos, el más mediocre entre los mediocres, pero sabía algo que tanto los estúpidos como los mediocres desconocían: que la mano que mece la bandera es la mano que mueve el mundo. Principalmente, porque tiene el poder de justificar cualquier guerra. Hitler no era un tipo brillante, pero después de intentar un golpe de Estado fallido, entendió que la mejor manera de destruir una democracia es servirse de ella para llegar al poder, y una vez conseguido, utilizar ese mismo poder para acabar con ella desde dentro. No podía solucionar la gran crisis económica que sufrían los ciudadanos, pero podía curarles el orgullo herido tras haber perdido en la Primera Guerra Mundial. Por eso se sirvió del nacionalismo: para añadir más descontento a la indignación y poder así presentarse luego como el único capaz de contentar al pueblo. Sabía que es más fácil manipular a los ciudadanos a través de sus emociones que a través de su entendimiento, pues el estímulo constante de la hiperemotividad consigue que la reflexión acabe siendo una necesidad secundaria. El nacionalismo señala con el dedo a los ciudadanos y apela a la esencia de su identidad, tanto como a la ausencia de su inteligencia. Así es como consigue anular el pensamiento crítico. Reclama constantemente la soberanía para su nación, con el fin de que los ciudadanos, lentamente, acaben perdiendo su soberanía como pueblo. Y todo, en nombre de la libertad. De esta forma, no es la nación la que crea el nacionalismo: es éste el que, exaltando la nación, crea e impone un nuevo modelo de sociedad. El partido nazi se presentó como el partido de los trabajadores, y Hitler se ofreció para solucionar todos los problemas laborales que la guerra había causado. Pero en vez de invitar a los ciudadanos a que aprendieran la lección y lucharan por la paz, se puso a agitar la bandera y los llevó a todos a luchar en una nueva guerra. El fascismo no es precisamente sutil, pero es lo suficientemente hábil como para disfrazarse de antifascismo, de socialismo, de comunismo o de un capitalismo tan adictivo como para que ninguna sociedad pueda ya vivir sin él. &nbsp;</p>

<p>Por eso, para entender por qué el nacionalismo puede resultar tan seductor en determinadas épocas, es necesario recordar que nació en la misma que el romanticismo. De ahí que compartan elementos comunes: la exaltación de la fantasía, el rechazo al intelectualismo, el predominio de los sentimientos sobre la razón, y sobre todo el culto al yo y al individualismo. Lo curioso de este último es que el nacionalismo invita a sus ciudadanos a reconocerse diferentes, pero gracias a esta diferencia que les permite sentirse tan únicos, todos acaban convirtiéndose en miembros de un rebaño que, paradójicamente, consigue igualarlos a todos. Y a esta lista de semejanzas, no hay que olvidar la última característica que el nacionalismo comparte con el romanticismo, quizá la más inquietante de todas: su nostalgia por el pasado. Una nostalgia que los ciudadanos, con un presente lleno de desengaños y un futuro vacío de ilusiones, pueden acabar fácilmente idealizando. Excitar el miedo al futuro es la manera más eficaz de justificar la añoranza del pasado. Este es el producto estrella que el nacionalismo pone a la venta cuando llega el Black Friday electoral. &nbsp;</p>

<p>Hace ya muchos años, tuve la oportunidad de compartir mesa y mantel con un hipnotizador que aún no era famoso. Durante la cena le propuse que demostrara conmigo sus facultades, pero, a pesar de mi entrega, fue un intento vano. Sin embargo, terminados ya los postres, convocó a una docena de personas para que salieran con él a un improvisado escenario. Y en esta ocasión, logró hipnotizarlas a todas. Y si no las hipnotizó, al menos consiguió que hicieran todas las payasadas que él les ordenó. “¿Por qué has logrado con ellas lo que no pudiste conmigo?”, le pregunté más tarde, cuando nos fuimos de copas. Entonces él, ya con un whisky en la mano, me explicó: “Cualquier hipnotizador profesional sabe que es más fácil hipnotizar a doce personas, que a una sola. Cuando las subo todas juntas al escenario, elijo a las que se van a entregar desde el primer momento, es decir: las más sugestionables. Y aunque ellas no lo sepan, son las que se van a encargar de hipnotizar al resto. Pues ya sabes que una fantasía, si es compartida por muchos, tiene más posibilidades de ser aceptada como una realidad. Créeme: yo no anulo su voluntad. Son sus deseos de protagonismo los que anulan su sentido del ridículo. Por eso, cuando consigo que una parte del público se deje arrastrar por la otra, a partir de aquí, amigo mío, el espectáculo está garantizado”.&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[La estupidez no se cura con bicarbonato]]></media:title>
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        <media:description><![CDATA[José Escuder]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Oscar Wilde: la solemnidad de lo cotidiano]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 26 Nov 2023 11:22:14 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ “Amarse a uno mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida. Por eso, si me quedara solo en una isla desierta, le aseguro que me vestiría todas las noches para cenar”, dijo en cierta ocasión Oscar Wilde. Y luego añadió: "Si cada...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>“Amarse a uno mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida. Por eso, si me quedara solo en una isla desierta, le aseguro que me vestiría todas las noches para cenar”, dijo en cierta ocasión Oscar Wilde. Y luego añadió: "Si cada momento de nuestra vida es irrepetible, ¿por qué no aprovechar cualquier oportunidad para hacerlo inolvidable?”.</p>

<p>Acusado de superficial, para él la naturalidad era poder hacer de lo simple algo extraordinario. Convencido de que la mayoría de gente, en vez de dedicarse a vivir, se dedica sólo a existir, repetía: “Huyan del tedio, porque no hay suicidio más lento que el del aburrimiento. Y hagan lo que hagan, nunca den explicaciones. Entre otras cosas porque sus verdaderos amigos no las necesitan, y sus verdaderos enemigos no se las van a creer ”.&nbsp;</p>

<p>En su época de estudiante en Oxford fue lo suficientemente rebelde como para que le retiraran la beca de forma temporal, lo suficientemente sensible como para le concedieran el premio más codiciado de poesía, y lo suficientemente brillante como para terminar la carrera con el mejor expediente académico. En aquella época, su única decepción fue amorosa, pues su novia, Florence, le abandonó para irse con otro. Pero no le humilló marchándose con cualquiera. Abandonó a Oscar Wilde, el futuro autor de El retrato de Dorian Gray, para casarse con Bram Stoker, el futuro autor de Drácula.</p>

<p>Educado en el luteranismo, Wilde estaba acostumbrado a la sobriedad de sus iglesias. Pero como buen esteta, se sentía conmovido por el ornato, la pompa y la antievangélica ostentación del catolicismo. Al ser informado de ello, un pastor protestante le preguntó: “¿No te da miedo pasarte toda la eternidad quemándote en las llamas del infierno?”. Y el esteta le respondió: “Lo que de verdad me aterroriza es pasarme toda la eternidad viviendo en un cielo sin espejos”.</p>

<p>Consciente de que los libros que el mundo califica de inmorales son los que enfrentan al mundo a sus propias vergüenzas, Oscar Wilde se dedicó a escribir obras de teatro sin vergüenza alguna, aun sabiendo que la moral victoriana de finales del siglo XIX iba a mirar a todos sus personajes con lupa. Naturalmente, fue criticado por la censura y censurado por la crítica, consciente de que a veces no hay diferencias notables entre una y otra. Y como sus críticos tampoco conocían la diferencia entre ser indolente, diletante y displicente, él se empeñaba en ser descaradamente impertinente: “Es cierto que mantengo largas conversaciones conmigo mismo. El problema es que soy tan inteligente, que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo”. Y convencido de que lo peor en este mundo no es que la gente hable mal de ti, sino que no hable en absoluto, cuando le acusaban de excéntrico, se defendía: “No me acusen de excéntrico, pues no hay nadie más centrado que yo en mi legendaria extravagancia”.&nbsp;</p>

<p>Intentando reprocharle su obsesión por el lujo en su forma de vestir, un día le preguntaron: “¿Hay algún lujo que usted no se pueda permitir?”. Y él, oliendo el clavel que lucía en la solapa, respondió: “El único lujo que no puedo permitirme es la ordinariez”. En otra ocasión, cuando en una cena le acusaron de ser demasiado frívolo, él, cogiendo la guinda de un pastel con la misma delicadeza que se coge una perla, antes de acariciarla con los labios sonrió: “La frivolidad es el más seductor de los perfumes. Pero sólo lo pueden usar quienes buscan la excelencia en cada gesto”. Y cuando le recordaban su incapacidad para pasar desapercibido, suspiraba: “El día que la belleza pase desapercibida ante mí, ese día pasaré yo desapercibido ante la sociedad”.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Como reacción a la fealdad del puritanismo que le rodeaba, Wilde defendía la belleza por encima de la moral, pues consideraba la primera más fiable a la hora de poner en práctica las virtudes. Y lo razonaba así: “La elegancia, al igual que la caridad, empieza por uno mismo. Y como todo el que ha sido bendecido con el don de la sensibilidad estética tiene una responsabilidad ante sus semejantes, salir a la calle bien vestido, bien peinado y con una sonrisa capaz de devolverles la esperanza, eso también es una forma de caridad”.&nbsp;</p>

<p>Mientras que los grafiteros llaman arte urbano a manchar con incendiarios esprays todas las fachadas de una ciudad, el arte urbano de Wilde consistía en embellecer las calles con pequeños detalles, como el color de sus pañuelos, el brillo de sus zapatos, o simplemente con su forma de mover el bastón y saludar con el sombrero. En definitiva: esas sencillas aportaciones que, a pesar de su nimiedad, contribuyen a que nos olvidemos poco a poco de nuestro pasado simiesco.&nbsp;</p>

<p>“Vestir de cualquier manera es la mejor manera de despreciar la belleza de este mundo”, decía. Por eso, quien sale a la calle sucio, harapiento y andrajoso, no puede ir luego presumiendo de ecologista, pues pasarse un ratito delante del espejo antes de salir de casa, es una de las maneras más sinceras de cuidar el medio ambiente. Un medio que cada día se ve más contaminado por culpa de todos ésos que van en el metro con los pies encima del asiento y escuchando música sin los debidos auriculares, de todas ésas que por ir sin depilar más que ésas parecen osos, y de los otros que aseguran proteger el medio ambiente, pero cuando llega el fin de semana no saben hablar sin gritar, comer sin ensuciar, conducir sin derrapar y beber sin vomitar. Y en cuanto a los defensores del planeta que tienen la solidaria costumbre de repartir sus olores corporales cuando viajan en tren o autobús, a éstos, además de rociarles con un desodorante del tamaño de un extintor, habría que obligarles a pagar una ecotasa especial que oscilara entre cinco mil y diez mil euros anuales, dependiendo de la intensidad de su porcino hedor. Un hedor que se remasteriza cuando llega el verano, motivo por el que el precio de la sanción debería aumentar, al ser temporada alta.</p>

<p>Mezcla perfecta de dandi británico y "bon vivant" francés, Wilde decía que un niño se convierte de verdad en adulto cuando aprende a hacerse el nudo de la corbata. Y no sólo escogía cuidadosamente el color de éstas: también seleccionaba el color y la textura de cada una de sus palabras. Era su distinguida manera de conservar limpia la atmósfera y de hacer una sociedad más digna. Por encima del corte de sus trajes y el estampado de sus chalecos, la ternura con que trataba el idioma era su inconfundible carta de presentación, su verdadera seña de identidad. Oscar Wilde nos enseñó que en una sociedad como la nuestra no hay nada más caritativo que la belleza, nada más solidario que la elegancia...&nbsp;</p>

<p>Y nada más contaminante que la vulgaridad.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Su majestad: Coco Chanel]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 19 Nov 2023 09:44:48 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Biológicamente, todos somos únicos. Laboralmente, todos somos prescindibles. Pero artísticamente, sólo unos pocos son irremplazables.&nbsp; 

 A comienzos del siglo XX, Coco Chanel tuvo un romance con un señor que duró varios años. Cuando la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Biológicamente, todos somos únicos. Laboralmente, todos somos prescindibles. Pero artísticamente, sólo unos pocos son irremplazables.&nbsp;</p>

<p>A comienzos del siglo XX, Coco Chanel tuvo un romance con un señor que duró varios años. Cuando la prensa se enteró de que él había compartido lecho con otras mujeres, un periodista, con la más venenosa de las intenciones, le preguntó a ella: “¿Qué se siente cuando te enteras de que tu novio te ha sido infiel con tu mejor amiga?”. Y la diseñadora, en vez de romper a llorar, suspiró: “Que tu novio te sea infiel con tu mejor amiga, es algo malo. Pero hay otra cosa peor: que, al final, por culpa de esa traición, todas tus amigas acaben enterándose de lo poco con lo que sexualmente te has conformado”.&nbsp;</p>

<p>A los doce años, después de haber sido abandonada por su padre, Coco, cuando todavía se llamaba Gabrielle, se crió en un orfanato. Pero como la vida de costurera que habían diseñado para ella no le seducía, decidió seguir el consejo de Oscar Wilde: "Sé tú mismo, porque en esta comedia que es la vida, el resto de papeles ya están cogidos". Por eso, en vez de estudiar para ser algo, empezó a luchar para ser alguien. “Cuando decides mostrarle tu talento al mundo, no has de ser exigente con los demás: has de ser implacable contigo misma”, repetía. Y vestir a las mujeres fue su manera de conquistarlo. El objetivo: que gracias a sus diseños, la elegancia de ellas fuera aún más alta que sus tacones. La estrategia: que el diseño de sus vestidos fuera una expresión de su refinada inteligencia.</p>

<p>Coco nunca fue una mujer bella, pero siempre fue una luchadora astuta. Cuando llegó a la conclusión que en este mundo no hay mujeres feas, sino mujeres vagas, consiguió devolver la esperanza a todas esas señoras que, al igual que ella, no habían sido tocadas con la varita mágica de la belleza. El fundamento de dicha esperanza era: “Puedes ser preciosa a los treinta, encantadora a los cuarenta e irresistible durante el resto de tu vida”. Quienes la trataban de cerca aseguraban que cualquier cosa podía irritarla, pero había una palabra que la enfurecía especialmente: la humildad. “Admiro a las mujeres ambiciosas, porque son las únicas que tienen la posibilidad de escapar algún día de sus suegras, de los pañales y de esa cárcel que ha sido siempre la cocina”. Y para demostrar su lucha contra la esclavitud femenina, en sus diseños rebajó el peso de los sombreros, acortó la longitud de las faldas y eliminó los accesorios superfluos, con el fin de que las mujeres gozaran de un mayor y más cómodo movimiento. No contenta con esto, fue la primera diseñadora que osó lucir pantalones, y para acabar de revolucionar el mundo de la moda, hizo algo inaudito en aquella época: liberó a todas las mujeres del corsé, esa prenda que venía apretando sus cuerpos durante siglos, como si llevaran una faja de cemento.</p>

<p>Otra palabra que le sacaba de quicio, era la vulgaridad. Para ella, ésta iba sospechosamente unida al progreso. De ahí que tuviera tan clara la diferencia entre ser rico y tener dinero. “No es la apariencia: es la esencia. No es el dinero: es la educación. No es la ropa: es la clase”. También estaba convencida de que la inteligencia de una mujer no se mide tanto por la inteligencia que tiene ella, sino por la inteligencia de los amigos que ella tiene. Gracias a esta forma de pensar, o mejor dicho: gracias a esta forma de vivir, Mademoiselle Chanel consiguió ese toque de distinción que la hizo única. Mientras los ricos se sentían orgullosos de poder comprar obras de artistas famosos como Dalí o Picasso, esos artistas se sentían orgullosos de que Coco Chanel les invitara a cenar en su casa. También consiguió enamorar al gran duque de Rusia, Dmitri Pavlóvich, uno de los únicos Romanov que sobrevivió a la sanguinaria masacre bolchevique. Años más tarde, también tuvo un romance con el famoso y multimillonario duque de Westminster. Pero cuando los periodistas le preguntaron por qué al final no aprovechó para convertirse en duquesa, Coco respondió: “Duquesas de Westminster podrá haber muchas, pero Coco Chanel sólo hay una”. Sin embargo, a pesar de moverse en los círculos más altos, tanto políticos, intelectuales, como financieros, Coco Chanel nunca presumió de tener grandes amigos. "Prefiero tener imitadores –decía-, porque estos son los que se encargan de confirmar mi grandeza”. Y respecto a sus enemigos, cuando despreciaba a alguien, en vez de insultarle, le clavaba un adjetivo con la misma precisión, y la misma elegancia, que clavaba una aguja de coser en sus magníficos trajes.</p>

<p>“El perfume de una dama anuncia su llegada y alarga su despedida”, decía. Y convencida también de que una mujer sin perfume es una mujer sin futuro, su curiosidad le llevó al mundo de las fragancias. “Una mujer debe usar su perfume justo allí donde anhela ser besada”, sonreía pícaramente, demostrando con ello que sabía muy bien de lo que hablaba. Y entonces creó ese mítico perfume que Marilyn Monroe universalizó, cuando admitió que unas gotas de éste eran las únicas prendas con las que se metía cada noche en la cama.&nbsp;</p>

<p>Por desgracia, el éxito de su vida afectiva siempre estuvo muy por debajo del de su vida profesional. Mientras su imperio de la alta costura crecía como los rascacielos, su vida sentimental empequeñecía al ver cómo sus amantes siempre acababan casándose con otras. “Las mujeres necesitamos la belleza para que los hombres nos amen, y la estupidez para que nosotras amemos a los hombres”, suspiraba. Pero ante el fracaso amoroso, ella nunca se amilanaba: “Cuando te han abandonado y sientes que ya nada tienes que perder, es justamente cuando tienes todo que ganar”, añadía. Por eso, después de que una vez le preguntaran por qué nunca se había casado, respondió: “Con los años he descubierto que la única manera de no tener que soportar a las amantes de tu marido, es seguir siendo la amante oficial de los demás”.</p>

<p>Hay mujeres que han aprendido a soltar lágrimas en público sin tener motivos para llorar, pero también hay otras que han aprendido a llorar en soledad, sin poder soltar una lágrima. Al final de su vida, Coco Chanel nos enseñó que una mujer no triunfa en el amor cuando consigue casarse con los hombres que ha amado. Una mujer triunfa cuando, muchos años después, todos esos hombres siguen enviándole cartas de amor para confesarle que, a pesar de los esfuerzos que han hecho, no la han olvidado.</p>
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        <media:title><![CDATA[Su majestad: Coco Chanel]]></media:title>
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        <media:description><![CDATA[José Escuder]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Los socorristas del Titanic]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 12 Nov 2023 10:04:25 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Decía Groucho Marx: “Para mí, no hay nada más educativo que la televisión, pues cada vez que alguien la enciende, me retiro a mi habitación y comienzo a leer un libro". Si el más intelectual de los hermanos Marx viviera hoy, habría dos ensayos...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Decía Groucho Marx: “Para mí, no hay nada más educativo que la televisión, pues cada vez que alguien la enciende, me retiro a mi habitación y comienzo a leer un libro". Si el más intelectual de los hermanos Marx viviera hoy, habría dos ensayos que tendría en su mesilla de noche: uno, para huir de la televisión, y el otro, para poder entenderla. El primero se titula Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder, del filósofo Alain Deneault, y el segundo: La víctima es el héroe de nuestro tiempo, de Daniele Giglioli, profesor de Literatura Comparada. En el primero, el autor define a los mediocres como personas con mucha ambición, escasa preparación y con un único talento: su habilidad para apartar a los verdaderamente competentes, con el fin de homogeneizar su propia mediocridad bajo el paraguas del conformismo. Objetivo: que todos asimilemos esa mediocridad de manera progresiva y con la suficiente naturalidad, como para que acabemos siendo incapaces de reconocerla. Con la mediocridad ocurre lo mismo que con algunos medicamentos: crea tolerancia. Es decir: cada vez necesitamos dosis más altas para poder sentir sus efectos. Por eso, a pequeñas dosis diarias, la mediocridad no sólo acaba siendo tolerada: acaba siendo inapreciable.&nbsp;</p>

<p>Respecto al libro de Daniele Giglioli, el victimismo (que al igual que algunos medicamentos, además de crear tolerancia, hay que agitarlo antes de usarlo) otorga una serie de ventajas a quien lo practica para llegar al poder. La primera es que el victimista no necesita aportar ningún mérito, porque su tragedia ya le capacita para conseguir su puesto. La segunda es que no lucha para dejar de ser víctima: litiga para convencernos de que su tormento es superior al de los demás. La tercera es que, en vez de reconocer sus errores para poder corregirlos, los interpreta como ataques a su persona para poder camuflarlos. Conclusión: si la mediocridad justifica el conformismo y normaliza la ineficacia, el victimismo cultiva el rencor y perpetúa el sufrimiento.&nbsp;</p>

<p>Por eso no es de extrañar que siempre acaben pactando: como el mediocre disfraza sus errores de aciertos y el victimista sólo está dispuesto a admitir que los errores son siempre de los demás, al final el mediócrata indulta al victimista y éste apoya al mediócrata. Pero no nos engañemos. Cuando el mediócrata se muestra indulgente con el victimista, lo que está haciendo, en realidad, es condonar su propia incompetencia. Y viceversa: cuando el victimista negocia con el mediócrata, lo que pretende es exigir una amnistía a su pública cobardía. Por ejemplo, esa que le obliga a huir cuando hay peligro, obligando a los demás a apagar los múltiples incendios que él mismo ha provocado. Y una vez terminada la reunión de pirómanos, todos acaban ovacionándose entre ellos. Es el enaltecimiento de la adoxografía, es decir: el elogio de lo vano, lo fatuo, lo insustancial. Ese ejercicio retórico donde, en palabras del filólogo Arthur Stanley Pease, "los legítimos métodos de la adulación, en este caso se aplican a personajes que en sí mismos son inmerecedores de ese halago, principalmente por ser triviales, feos, estúpidos, inútiles, ridículos o viciados por su íntima peligrosidad".&nbsp;</p>

<p>Y la estrategia de estos personajes es muy simple: como saben que el artículo 1.1 de nuestro Código Civil establece que la costumbre es fuente del Derecho, lo que pretenden es que nos acostumbremos a su indecente forma de hacer política, con la siguiente hoja de ruta: la felonía primero se cotidianiza, luego se naturaliza y al final se profesionaliza. De esta manera, con el tiempo se institucionaliza y acaba teniendo fuerza de Ley. Es el elogio de la locura, del que nos advirtió Erasmo de Róterdam en su libro del mismo título, donde hace reflexiones como esta: "Todo el que, violentando su propio ser, pretende cubrirse con apariencias de virtud, no hace más que poner sus defectos al descubierto". En este libro, nos habla de las ventajas que conlleva imponer la estulticia sobre la razón y lo satisfechos que pueden sentirse los ciudadanos cuando viven anestesiados por su propia necedad. Ya nos avisó Antonio Machado: “Todo necio confunde valor y precio”. Y lo que el mediocre y el victimista ponen encima de la mesa de negociación no son valores, sino precios a las cosas. Por eso se creen con derecho a venderlo todo, incluso aunque no les pertenezca. Venden lo que no es suyo y compran lo que no está en venta, como si los votos fueran cromos que se pueden cambiar cuando están repetidos. Es su delirante concepto de la democracia.</p>

<p>La diferencia es que, mientras el loco se caracteriza por no usar la razón y por la pérdida de juicio, el mediocre y el victimista se caracterizan por tener siempre la razón, después de haber perdido todos los juicios. No estamos, pues, ante una justicia surrealista, sino ante una política de lo absurdo que pretende que confundamos la realidad con la verdad, la posibilidad con la probabilidad y la certeza con la evidencia. Por eso, el loco más peligroso no es el que se niega a ver la realidad, sino el que se ampara en su condición de víctima para justificar su odio y después se apoya en éste para legitimizar la venganza.</p>

<p>Groucho Marx aseguraba que "la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados". Sabía que la nesciencia es peor que la ignorancia, porque mientras ésta consiste en la ausencia de un conocimiento para el que se tiene aptitud, la otra es la falta de un conocimiento para el que no se posee capacidad suficiente. Por eso, cuando apagaba la televisión, no era para estar a oscuras: era para encender un libro. Consciente de la vulgaridad que le rodeaba, cuando Groucho bebía, no lo hacía para emborracharse. “Bebo –aseguraba- para hacer más interesantes a los demás". Como judío, nunca explotó la judeofobia para que le abrieran las puertas de la fama. Al igual que Erasmo con sus sátiras a la Iglesia (unas sátiras tan finas que ni siquiera el papa León X fue capaz de entender), Groucho no era un comediante que utilizaba el cine para hacer humor: era un actor que se servía de la mediocridad ajena para hacer filosofía. Se dio cuenta siendo muy joven, mientras representaba un número de vodevil en un escenario de tercera. Estaba actuando con sus hermanos, y al percibir que el público era demasiado burdo para apreciar su talento, en mitad del número rompió el guión, y en vez de hacerse la víctima para que los espectadores tuvieran algo de compasión, empezó a improvisar chistes para que él y sus hermanos pudieran burlarse descaradamente de todo el público. Fue tal su éxito, que ese día nació el marxismo cinematográfico.</p>

<p>El único que, a pesar de ser rodado en blanco y negro, sigue dando color a nuestras vidas.&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[Los socorristas del Titanic]]></media:title>
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                        <item>
  <title><![CDATA[El irresistible abismo del éxito]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 5 Nov 2023 10:48:42 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Ha sido, sin lugar a dudas, el sacerdote más conocido de toda la historia de la televisión. Por la lealtad que le debo a él no voy a decir su nombre, pero por la fidelidad que le debo a los lectores, voy a dar las suficientes pistas como para que...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Ha sido, sin lugar a dudas, el sacerdote más conocido de toda la historia de la televisión. Por la lealtad que le debo a él no voy a decir su nombre, pero por la fidelidad que le debo a los lectores, voy a dar las suficientes pistas como para que intuyan quién es, sin necesidad de mencionarlo. Cuando le conocí, más que un juguete roto, era un juguete olvidado, que es el más inservible de todos los juguetes. Cada mañana se tomaba las suficientes pastillas como para no molestarse en contar cuántas, y cuando me confesó que cada día solía levantarse a las siete de la tarde, le pregunté cuántas se tomaba para dormir. Su respuesta fue tajante: “Yo no tomo pastillas para dormir, yo tomo pastillas para no volver a despertarme".&nbsp;&nbsp;</p>

<p>A pesar de los efectos de la medicación, esa noche se mostró lúcido durante toda la cena, tanto como para no querer seguir siendo, ya, el centro de atención. Oportunidad que aproveché para crear una cierta intimidad con él, cuando tuvo la amabilidad de acompañarme a la calle para que yo pudiera fumar. Una vez allí, los que pasaban junto a nosotros le miraban, se sonreían, le saludaban... Incluso uno se atrevió a pedirle un autógrafo, petición a la que él, amablemente, accedió. "La gente te sigue queriendo", le guiñé un ojo, mientras encendía un cigarrillo. "No, la gente no me sigue queriendo -aclaró-: me sigue reconociendo tanto como me sigue desconociendo. Son cosas distintas”. "¿Nunca te has sentido querido?", añadí. “A veces me he sentido querido, pero cuando el éxito te acompaña, es fácil confundir la atracción con el cariño y la curiosidad con la admiración”. “¿Te sientes un juguete roto?", pregunté. “Me siento como ese juguete que el niño descuartiza para conocer su interior. Pero no puedo echar la culpa a nadie. Porque, a veces, más que sentirme como un juguete roto, me siento como el niño que lo ha destrozado”. “He visto que no fumas, ni bebes y eres moderado en la comida”, observé. “Porque durante muchos años –se encogió de hombros-, el éxito ha sido la única droga que he tomado”. “¿También se puede morir de sobredosis?”, pregunté.</p>

<p>Y mientras decidía la respuesta, recordé sus intervenciones en la televisión: cuando estaba simpático se mostraba irónico, cuando estaba molesto se mostraba sarcástico, y cuando alguien le desafiaba, entonces no dudaba en mostrarse orgullosamente déspota. “¿Por qué estoy viendo a un hombre tan distinto esta noche?”, le pregunté. “El éxito es la peor de las drogas –comenzó a explicarme-, porque mientras que al adicto a la heroína nadie le apoya por ser heroinómano, al adicto al éxito todos le aplauden por ser un exitómano”. Y después de reírnos por haber aportado una nueva palabra al diccionario, continuó: “Por ejemplo, cuando al adicto a la heroína se le pasan los efectos y se mira en el espejo, se da cuenta de lo que es. Pero cuando al adicto al éxito le pasa lo mismo, se da cuenta de lo que ya no es. El proceso es muy distinto, porque cuando el heroinómano deja la droga, quiere volver a ser la persona que era antes, pero el adicto al éxito siempre quiere volver a ser el personaje que la gente aplaudió en su momento. La historia de un adicto a la heroína es la historia de un fracasado, pero la historia de un adicto al éxito es la historia de un triunfador. Mientras que el heroinómano, en su rehabilitación, huye de todos los que antes le ofrecían la droga, el exitómano busca desesperadamente a aquellos que le pueden devolver el éxito. Por eso es tan difícil rehabilitarse. No sé si me estoy explicando bien”. "Perfectamente", le dije. Entonces, continuó: “Cuando eres músico y vendes un disco, es tu disco lo que la gente critica. Lo mismo ocurre cuando eres actor y haces una película, o cuando eres escritor. Pero cuando no tienes un producto que vender, el producto eres tú. La gente quiere ver un personaje y tú te conviertes, poco a poco, en él. Y lo haces sin saber que mientras el personaje se va haciendo cada vez más grande, la persona que hay dentro se va haciendo cada vez más pequeña. Tanto, que cuando los focos se apagan y el personaje desaparece, la persona se mira en el espejo y ya no se reconoce. Se mira como si acabara de levantarse de la cama y todo hubiera sido un sueño. Pero al revés de lo que ocurre cuando tienes una pesadilla, el terror empieza ahora, cuando estás despierto".&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Y ajenos ya a las miradas de la gente que nos señalaba al pasar, le pregunté: "¿Hay alguna diferencia entre éxito, triunfo y victoria?”. Antes de responder se miró las manos, unas manos tan cuidadas que no parecían masculinas, y luego se encogió de hombros: “El éxito es conseguir vender un libro, aunque no sea el que tú querías haber escrito. El triunfo es terminar el libro que tú querías escribir, aunque no tenga éxito. Y la victoria es poder seguir escribiendo, consciente de que la gente ya no te admira por lo que vendes, sino por lo que te atreves a escribir”. "¿Puedo hacerte una confesión?", le dije, en voz baja. “No –se puso de puntillas-, porque hace tiempo que me han prohibido el ministerio sacerdotal público. Por lo que no sería válida mi absolución sacramental". Y después de soltar una suave carcajada, volvió a ponerse serio y miró al suelo, para hacerme ver que esta suspensión, en realidad, no le hacía ninguna gracia. En ese momento estuve a punto de preguntarle qué pensaba de todos esos sacerdotes que después de cometer graves delitos penales, en vez de haber sido suspendidos “in aeternum”, han sido solamente trasladados de parroquia. Pero no quise añadir leña a un fuego que ninguno de los dos había encendido.</p>

<p>Luego seguimos hablando de otras cosas, de ésas que sólo pueden hablar dos hombres que han cometido los suficientes errores como para no tener ganas, ya, de juzgar al resto. Y cuando parecía que nos habíamos olvidado de los otros invitados que acudieron a la cena, bajó el amigo en común que nos había presentado y me apresuró a que nos despidiéramos, alegando que había prometido dejarle en casa antes de las doce. “Te van a llamar el Ceniciento”, le dije, excusándome después por haberle agasajado con mis preguntas. Luego les acompañé hasta el coche, y cuando se montó en el asiento de atrás (no le gusta conducir y tampoco ir de copiloto), me di cuenta que habíamos hablado de todo, menos de lo más importante. Y haciéndole un gesto para que bajara la ventanilla, le pregunté: "¿Qué le dirías a alguien que tiene la misma sensación de haberlo perdido todo, pero que además ha perdido la fe?”.&nbsp;</p>

<p>Y con esa sonrisa que le había hecho tan famoso, respondió: "A veces, cuando veo la inclinación del ser humano para odiar, pienso que es demasiado malo para haber sido creado por Dios. Pero cuando veo su capacidad para perdonar, entiendo que el ser humano no puede ser fruto del azar”.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[No es poesía todo lo que reluce]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 30 Oct 2023 08:59:35 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Ocurrió este verano. Un grupo de amigos fuimos invitados a una cena, y cuando ya habíamos ocupado nuestros asientos, la anfitriona, alzando la copa, nos dijo: “A la hora de los postres, vendrá un amigo poeta a deleitarnos con la presentación de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Ocurrió este verano. Un grupo de amigos fuimos invitados a una cena, y cuando ya habíamos ocupado nuestros asientos, la anfitriona, alzando la copa, nos dijo: “A la hora de los postres, vendrá un amigo poeta a deleitarnos con la presentación de su última obra”. En ese momento, el marido de la anfitriona me dio un codazo y me susurró: “Entonces habrá que apurar las botellas de vino hasta que las podamos volcar sin ensuciar el mantel”. Pero el poeta apareció cuando aún se estaban sirviendo los entremeses. Y en vez de aparecer con un regalo para la anfitriona o un par de tintos con la debida solera, se presentó, sin la debida licencia de armas, con su poemario bajo el brazo. “¿Te has traído el chaleco antibalas?”, me dio otro codazo el marido. Y como suele suceder en este tipo de reuniones, el poeta se sentó en la mesa alegando que ya había cenado. Sin embargo, a los dos minutos, ya estaba halagando a la anfitriona por lo bueno que estaba todo: todo eso que los demás no pudimos catar, debido a esa velocidad de crupier que él demostró tener en las manos.&nbsp;</p>

<p>Y como suele ocurrir en este tipo de reuniones, el poeta no esperó a los postres para deleitarnos con sus sonetos. Se puso en pie, y después de golpear suavemente la copa con una cucharilla, empezó a recitar con el índice apuntando al techo (como si éste fuera el culpable de sus desamores), y dejando, cómo no, un prudente silencio en cada terceto para poder recibir la ovación adecuada. De nuevo, el marido de la anfitriona volvió a darme un codazo: "¿Has traído un diccionario de sinónimos?”, me susurró, al ver que el poeta disparaba clichés ("mi alma", "mi corazón...") con un inmisericorde efecto metralla. Y cuando llegó la hora de los postres, después de habernos fusilados a todos con su talento, nos dio la gran sorpresa: “Y ahora voy a recitaros unos fragmentos de la obra de teatro que acabo de terminar”. En ese momento, me puse aún más rígido de lo que ya estaba para poder soportar un nuevo codazo del marido. Pero, cuando me giré, vi que estaba fumando un habano mientras se balanceaba en la hamaca del jardín. Una expresiva manera de confirmar lo que siempre he pensado: que la poesía admite géneros, pero, al contrario que las demás artes, no admite concesiones. Es decir: o el poeta es indiscutiblemente conmovedor, o es rematadamente insoportable.</p>

<p>Por ejemplo: para que podamos gozar de una película, ésta no necesita haber sido dirigida por Terrence Malick. Para poder suspirar ante un cuadro, no es imprescindible que esté firmado en el siglo XVII. Lo mismo ocurre con la literatura: una buena novela puede regalarnos entrañables momentos, sin necesidad de que haya sido escrita por Dostoyevski. Y de igual manera le sucede a la música: no hace falta que una canción nos recuerde al último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven (himno oficial de la Unión Europea) para que podamos tararear alegremente su letra cuando vamos conduciendo.&nbsp;</p>

<p>Pero con la poesía, repito, esto es inadmisible. O el poeta lo es de verdad, o sus piruetas lingüísticas son capaces de cortar la mayonesa. Cuando esto ocurre, lo que el intruso práctica no es el lirismo, sino el patetismo. Como sus rimas se agitan más que una dentadura postiza, en vez de fijarlas con el bolígrafo, las fija con un destornillador. Es su sello personal: confundir la rima con la cacofonía. También se le reconoce por el uso y abuso de los adverbios dubitativos: “acaso", “tal vez", “quién sabe"..., lo que confirma el tedio que siente cuando se lee a sí mismo. Como nunca consigue provocar lágrimas de emoción en la audiencia, fríe y refríe sus endecasílabos hasta conseguir un exquisito perfume a churrería de feria. Como no puede resultar brillante, se define irreverente, y como no puede resultar introspectivo, se muestra lastimero. Su concepto del verso libre es tan liberal, que cuando llegamos a la cuarta estrofa de un poema suyo, comprobamos que tiene menos ritmo que un canto gregoriano. Naturalmente, a la hora de elaborar su currículo, lo llena de una paja tan inflamable como la que arde en sus pleonasmos, y entonces aprovecha para reflejar en él todos los premios literarios que ha ganado. Unos premios, por lo general, tan solventes como la Visa Luxury de Carpanta.&nbsp;</p>

<p>El oído poético se puede educar, pero la sensibilidad no se puede maquillar a brochazos. Por eso, aunque la poesía se puede descubrir a cualquier edad, la mala chirría como una tiza en la pizarra. Sobretodo cuando el pseudopoeta, en vez de inhalar talento, transpira vanidad. Quizá no sabe que vano procede del latín vanus, que significa vacío, y que&nbsp; en el mundo de la poesía, el superego es la metadona de la mediocridad. Basta con decirle que sus églogas podrían recitarse bailando el hula hoop, para conseguir que no vuelva a dirigirnos la palabra (algo que en vez de ser vivido como un castigo, ha de asumirse como un premio). Por eso, las personas que necesitan gustar a los demás pueden, en algunos casos, resultarnos entrañables, pero las que necesitan impresionarnos en todo momento, acaban provocando una sensación más agotadora que intentar poner música a las letras del Boletín Oficial del Estado.&nbsp;</p>

<p>Y como para el pseudopoeta, las musas sólo sonríen a los escritores de la coz y el martillo, en las reuniones presume de ignorar a todos los que no ensayan alejandrinos con el puño en alto. Pero si todos hiciéramos lo mismo y leyéramos las obras de los grandes autores sólo después de haber analizado su biografía con la navaja del prejuicio o la lupa de la moral, entonces nuestra vida literaria se vería reducida a leer el periódico cada día. Por ejemplo, no podríamos gozar de Allan Poe, Marguerite Duras o Scott Fitzgerald por ser dipsómanos, ni de Oscar Wilde, Proust o Gil de Biedma por ser homosexuales. Tampoco de Quevedo, Larra o Jardiel Poncela por su machismo, ni de Jane Austen, Alfonsina Storni o Virgnia Wolf por su feminismo. Tampoco podríamos leer a Emilia Pardo Bazán, al Marqués de Santillana o Garcilaso de la Vega por ser aristócratas, ni a&nbsp; poetas como Ángel Ganivet, Goethe o César Pavese (“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”) por haberse suicidado. Y aún menos podríamos gozar de Sylvia Plath, Hölderlin o Anne Sexton, por escribir sus poemas en la desoladora habitación de un psiquiátrico.</p>

<p>Tampoco podríamos leer a poetas con anécdotas violentas, como la que protagonizó Verlaine, cuando le disparó un tiro en la muñeca a Rimbaud, o a premios Nobel como Vargas Llosa, por haber tumbado de un puñetazo en 1976 a otro Nobel, García Márquez, en el vestíbulo de un teatro. Y si acercáramos aún más la siempre empañada lupa de la moral, también deberíamos ignorar a Dickens, que a los 46 años se casó con una actriz de 18, o a Antonio Machado, que a sus 34 se casó con una de 15. Y tampoco podríamos recitar a Lope de Vega, porque en su juventud abandonó el seminario para fugarse con una mujer casada, y en su época de madurez, después de haberse ordenado sacerdote, continuó persiguiendo faldas como un podenco liebres asustadas.&nbsp;</p>

<p>La diferencia entre el estereotipo y el prejuicio, es que el estereotipo es la simplificación gratuita de aquello que se desconoce, mientras que el prejuicio es la hostilidad contra aquello que se rechaza. Hay pseudopoetas que viven a costa de la poesía, y hay otros que, sin ser poetas, están dispuestos a morir por ella. Como Massimo Troisi, el protagonista de la película El cartero y Pablo Neruda, que en plena filmación le llamaron para hacerle el trasplante de corazón que llevaba años esperando, pero él decidió aplazarlo hasta que no terminara el rodaje.</p>

<p>Y justo cuando acabó, horas después murió de un infarto.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Dime a quién rezas y te diré de qué careces]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 22 Oct 2023 10:37:54 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Antiguamente, la pseudoepigrafía era una práctica común que consistía en atribuir la autoría de un texto a alguien que no lo había escrito. Por ejemplo, algunas cartas neotestamentarias atribuidas a Pablo de Tarso las escribieron los discípulos...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Antiguamente, la pseudoepigrafía era una práctica común que consistía en atribuir la autoría de un texto a alguien que no lo había escrito. Por ejemplo, algunas cartas neotestamentarias atribuidas a Pablo de Tarso las escribieron los discípulos después de su muerte&nbsp; (entre seis y siete, según la exégesis moderna), para que los seguidores de generaciones posteriores aceptaran en ellas una autoridad que en realidad no tenían. Como vemos, la pseudoepigrafía es lo contrario del plagio. Y aunque éste es más común en nuestros días, la pseudoepigrafía aún se practica, aunque su finalidad sea menos intelectual.&nbsp;</p>

<p>Por ejemplo: hace un par de semanas me topé con el anuncio de un escaparate que decía así: “Sana tus emociones con nuestra terapia holística basada en el potencial energético de los meridianos akásicos de tu cuerpo astral”. El nombre de una terapia tan científica ya me dejó sin aliento, pero lo mejor del anuncio es que la susodicha venía avalada por los últimos descubrimientos de la Universidad de Massachusetts. Nadie sabe por qué, pero esta universidad (la de Wisconsin parece que lleva el mismo camino) siempre acaba pagando la cuenta de los banquetes que celebran otros. Por eso tengo pensado hacer uno de estos cursos para sanar mis emociones, de manera que cuando llegue la hora de abonar el importe, pueda hacerle un “simpa” a la dueña, sólo para ver cómo ella sana las suyas cuando vea que me voy de su negocio sin pasar por caja.&nbsp;</p>

<p>Estos chiringuitos multienergéticos ofrecen terapias para casi todo. Si quieres hacerte una limpieza de chakras, en vez de venderte una botella de lejía que vale dos euros para que te restriegues bien, te venden un curso de biocibernética metamórfico-catalítica ortomolecular, que vale mil. Lo bueno es que, si haces el curso, te regalan un manual para aprender a levitar sin coger carrerilla. Algo muy práctico, sobre todo para ahorrarte la cola cuando estás en la puerta del cine. Lo que no acabo de ver claro es lo de la orinoterapia. Yo pensaba que esta práctica tan relajante era lo que muchos hacen cuando se meten en la piscina comunitaria, aprovechando que los vecinos están mirando para otro lado. Pero no. Por lo visto, es algo mucho más serio que pronto estará avalado por la Universidad de Raticulín. La verdad es que cuando entras en un chiringuito de éstos y ves todo el catálogo multiterapéutico, te sientes mucho más espiritual. Es como si llevaras tu karma a pasar la ITV.</p>

<p>Conozco a un vidente africano que asegura tener más de cincuenta años de experiencia, a pesar de que tiene sólo cuarenta y cinco años de edad. Esto sí que es ser un niño precoz, le comenté cuando me ofreció un hechizo para amarrar a mi mujer. “¿Y no puedes hacer un hechizo para desamarrar a mi suegra?”, le dije. Pero, en ese momento, el precio se disparó y no pudimos llegar a un acuerdo.</p>

<p>Otro día también vi el anuncio de un santero cubano que, por un módico precio, te enseñaba cómo rezarle al universo para que éste te conceda todos tus deseos. Estuve a punto de llamarle por teléfono para explicarle que rezarle al universo es lo mismo que rezarle a un botijo, con la diferencia que el botijo sirve, al menos, para calmar la sed. Rezarle al universo es tan absurdo como intentar venderle una cabina de rayos UVA al conde Drácula, principalmente porque el universo no existe. Es un ente de razón, como lo es el mundo, la naturaleza, la sociedad, la economía... Y un ente de razón es algo que sólo existe en nuestra imaginación. Por eso, rezarle a algo que sólo existe en nuestra cabeza y esperar que sirva para algo, es tan ridículo como tomar la sopa con tenedor o pelar una naranja para hacer el zumo. Lo curioso es que, siendo el ente de razón algo que sirve para ser aprehendido por nuestra inteligencia, al final pueda acabar sirviendo para desvelar una lamentable falta de ésta. Como ejemplo, los que dicen que en este mundo sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana..., y por no estar muy seguros de lo primero, acaban atribuyéndole esta frase a Groucho Marx.&nbsp;</p>

<p>“Lo bueno del saber es que no ocupa lugar. Y lo malo de la ignorancia es que le ocurre exactamente lo mismo”. Esta frase se me ocurrió ayer por la noche mientras veía un programa de Tele 5, pero a partir de este momento voy a decir en las redes sociales que es de François de la Rochefoucauld, a ver cuánto tardan los ciberadictos en atribuírsela a este escritor experto en la creación de sentencias.&nbsp;</p>

<p>Algo parecido ocurre con las influencers, esas glamurosas exhibicionistas de juventud incierta, (que no infinita) con menos estudios que la novia del Pato Donald (y muchas veces con un rostro semejante por culpa del cirujano cáustico) y que venden su charcutería anatómica a peso, conscientes de que siempre llegará algún patrocinador dispuesto a pesar sus discretos encantos en una báscula industrial. Por ejemplo, son ésas capaces de afirmar que un palíndromo es un helado de pistacho, el alfeñique una figura del ajedrez y el Machu Picchu el hermano de Pikachu. Son ésas que confunden el estructuralismo antropológico con la marca de unos tejanos, cuando oyen el nombre de Lévi- Strauss. Las mismas que en las redes sociales atribuyen frases de Steve Jobs a Antonio Machado, de Mohamed Alí a Gandhi, y de Antonio Gala a Bruce Lee.&nbsp; Las mismas cuyo pulso no tiembla a la hora de adjudicarle la autoría de un analecta de Confucio al desdichado Principito, que por cierto ya debe estar harto de que algunas se atrevan incluso a hacerle el protagonista de la célebre: “Be water, my friend”. Pero al entrañable personaje de Saint-Exupéry no sólo le atribuyen frases que jamás ha dicho. Las influencers se atreven a algo peor: utilizan aquellas que sí ha dicho, como por ejemplo “No llores porque se ha terminado. Llora porque ha sucedido”, y acaban atribuyéndoselas al protagonista de Los puentes de Madison. Pero no seamos pesimistas. Hace unos días detecté que alguien había atribuido una frase de Umberto Eco a Shakira, y cuando se lo comenté a un amigo catedrático de Literatura, me dijo que no me inquietara en demasía, pues la tragedia sería que esto hubiese ocurrido al revés.</p>

<p>Lo que demuestra la validez del efecto Dunning-Kruger: ese experimento que en la década de los 90 llevaron a cabo un profesor de Psicología social, David Dunning, y su alumno, Justin Kruger, gracias al cual pudieron comprobar que cuanto más incompetente es una persona, menos suele notar su incompetencia, y cuanto más competente es, más suele, paradójicamente, infravalorar su competencia. Por eso llegaron a la conclusión de que el ignorante, cuanto más ignorante es de su incompetencia, más posibilidades tiene de sufrir una hipertrofiada imagen de sí mismo, y lo peor: cuanto más incompetente es, más dificultades muestra para reconocer la competencia de los demás.</p>

<p>De esta cibermanía de imputar a los otros frases que nunca dijeron, no se ha librado ni el pobre Francisco de Asís, al que se le atribuye la sentencia “Cada vez necesito menos cosas, y las pocas que necesito, las necesito poco”. Lo curioso es que, de todas las órdenes franciscanas que existen, a ninguno de sus miembros le suena esta máxima, por cierto más socrática que franciscana. La explicación es que en las redes sociales, tanto los influencers como los ciberadictos necesitan poca cultura, y como la poca que necesitan, la usan poco, ya muy pocos se atreven a discutir que esta atribución no sea verdad. Pero esta frase no la dijo Francisco de Asís en sus cuarenta y cuatro años de vida. Estoy tan convencido, que si alguien consigue encontrar este pseudoepígrafe en alguna de las Alabanzas, las Bendiciones, las Cartas, las Exhortaciones, o en cualquiera de las tres Reglas del santo, no tendré inconveniente alguno en invitarle a cenar en el restaurante que sea de su agrado.&nbsp;</p>

<p>Y por supuesto, sin cometer la vulgaridad de mirar de reojo el precio del menú.</p>
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        <media:title><![CDATA[Dime a quién rezas y te diré de qué careces]]></media:title>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La banalización del mal]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Thu, 12 Oct 2023 13:08:56 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Eran jóvenes, estaban riendo, cantando y bailando, como sólo pueden bailar aquellos que se reúnen para celebrar el hecho de estar vivos. Pero de golpe apareció el mal. Ese disfrazado de bien. Ese mal que enmascara la venganza con el falso rostro...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Eran jóvenes, estaban riendo, cantando y bailando, como sólo pueden bailar aquellos que se reúnen para celebrar el hecho de estar vivos. Pero de golpe apareció el mal. Ese disfrazado de bien. Ese mal que enmascara la venganza con el falso rostro de la esperanza. Es decir: el mal necesario, el terapéutico, el peor de todos los males. Como salidos de la nada, aparecieron los enemigos de la vida, y excitados por el hedor de su propio odio, empezaron a disparar contra todos aquellos que en ese momento parecían el espejo de su amargura, de su resentimiento, de su frustración. Mataron a todos los que pudieron y secuestraron a todos los que no les interesaba matar. Su instinto criminal es tan irracional que, días después, ni siquiera pueden decir que esta espectacular masacre la tenían que llevar a cabo para defender a los ciudadanos del pueblo palestino, pues sabían perfectamente que por su culpa, al otro día empezarían a morir centenares de palestinos inocentes, condenándolos así a todos a morir bajo el fuego del mismo odio.</p>

<p>Pero lo que desconocen estos criminales es que el pueblo judío puede ser vapuleable, difamable, criminalizable... Puede ser asesinado en masa, pero no es exterminable. Ya lo intentó el imperio persa, el asirio, el egipcio, el babilónico, el griego, el romano... También lo ha intentado el imperio cristiano, con un manual de instrucciones que tiene un escalofriante parecido con el que usaron los nazis, tal y como lo demuestra Hans Küng en la tabla comparativa que expone en su libro El judaísmo, página 228 y siguientes, de editorial Trotta. Para quienes no lo recuerden, Hans Küng no fue un judío ultraortodoxo, ni un enemigo acérrimo del cristianismo, ni un indocumentado: fue sacerdote católico y uno de los teólogos más importantes del siglo XX, y que en 1962 fue llamado por el papa Juan XXIII para participar como perito en Concilio Vaticano II. Por decir lo que pensaba, o mejor dicho, por compartir lo que aprendía, el siguiente papa, Juan Pablo, II lo apartó del ejercicio de la docencia. Muchos consideran a este insigne teólogo un hereje, que en realidad no significa otra cosa que pensar diferente. Pero a veces es necesario no pensar como los demás, porque es la única manera de poder ejercer el derecho a pensar. El odio al pueblo judío no lo inventaron los nazis. Ya lo recomendaba y practicaba la incipiente Iglesia católica en el siglo II, por ejemplo, cuando el obispo Crisóstomo afirmó que los judíos sólo eran aptos para el matadero. Al pueblo judío se le ha criminalizado tanto, que ha sido el único pueblo acusado de matar a Dios, como afirmó el obispo Melitón de Sardes en esa misma época. Por eso, en siglos posteriores, llamar deicidas a todos los judíos se convirtió en una evangélica costumbre que al pueblo judío le ha costado cientos de miles de muertos. Y el argumento era muy simple: si Jesús de Nazaret es Dios (para los judíos una blasfemia a los ojos de Jesús y a los del mismo Dios, porque Jesús nunca dejó de ser judío y Yahvé nunca dejó ser el único Dios, pues lo contrario es considerado por ambos, además de una blasfemia, una idolatría) si Jesús es Dios, insisten, y si los judíos exigieron la muerte de Jesús, los judíos son necesariamente los asesinos de Dios. Naturalmente, esta injuria criminalizante contra el pueblo judío se ha sostenido durante siglos porque nadie se ha hecho la siguiente reflexión: si los judíos exigieron la crucifixión del rabino judío Jesús de Nazaret, y si él se dejó crucificar sólo porque ésta era la sagrada voluntad del Padre, ¿quién es realmente el inductor de este asesinato?. Y no menos importante: en esta historia ¿qué pueblo obedeció, realmente, la voluntad de Dios?.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>No hay más preguntas, señoría.</p>

<p>Desde el momento en que el bien se polariza, el mal se banaliza y la mentira se institucionaliza. Cuando este fenómeno ocurre, el odio se cotidianiza hasta convertirse en un producto de consumo habitual. Y a partir de aquí, el morbo criminal aparece como un botón más en nuestro mando a distancia. Pero aunque su consumo sea fácil e inmediato, convendría no olvidar que el cortisol (la hormona del estrés que se convierte en tóxica a partir de ciertas cantidades) tarda horas en desaparecer completamente de nuestro organismo. Por eso no ha de extrañarnos que en los próximos días, muchos se empeñen en cortisolizar nuestras vidas. Por ejemplo, veremos a turbas enfurecidas de la extrema izquierda denunciando los crímenes de Israel y exigiendo la libertad para el pueblo palestino, aunque esta exigencia jamás incluya el derecho del pueblo palestino a liberarse de una vez por todas del grupo terrorista que dice representarlo. Porque este grupo no quiere convertir a Palestina en un pueblo libre, quiere convertirlo en un país islámico. Pero a la siempre atea extrema izquierda española, esto le resulta un matiz indigno de mencionar. Esta extrema izquierda que nunca condenaba a los terroristas que mataban guardias civiles, pero ahora quiere que sean guardias civiles los que les protejan a ellos y sus familias. Esta extrema izquierda que moja sus piojos en champán francés, pero que jamás habla de derechos humanos, ni de la libertad de los pueblos, ni de crímenes intolerables cuando estos son cometidos por el gobierno comunista de China contra el pueblo tibetano, que desde la invasión en 1949 ya puede rozar el millón de muertos, número que varía según las fuentes que se consulten. Una minucia, dirán algunos, si comparamos esta cifra con los millones de muertos que ha provocado el comunismo a lo largo de su historia. Por ejemplo: sesenta millones en la República Popular China, veinte millones en la extinta Unión Soviética, dos millones en Corea del Norte, dos millones en Camboya...&nbsp; Un total aproximado de casi cien millones de víctimas, según <em>El Libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión</em>, un libro escrito por profesores de universidad e investigadores europeos y editado en España por Espasa Calpe y Planeta. Naturalmente, lo que le indigna a la extrema izquierda no son los datos, es decir: el número de muertos. Lo que le indigna es que este acreditado grupo de profesionales, después de escribir el libro, reconozca que la mayoría son de izquierdas. Moraleja: para el fanático, no hay peor enemigo que el amigo que le dice la verdad.&nbsp;</p>

<p>En los próximos días veremos aparecer como setas a expertos en el “Conflicto árabe-israelí”. Todos hablarán sobre el pueblo judío, aunque la mayoría no sepa las diferencias entre ser judío, israelita sionista, e israelí. Muchos dirán que todos los judíos son iguales, y por eso muy pocos podrán explicarnos cuáles son las diferencias entre un judío ultraortodoxo, uno conservador y otro progresista. Tampoco nos dirán que entre los mismos judíos ultraortodoxos, muchos de ellos no reconocen al Estado de Israel porque es un Estado laico. En los próximos días, todos destacarán las diferencias religiosas, aunque la mayoría desconozca que el Islam considera a Abraham, el padre del judaísmo, como el primer musulmán. Tampoco reconocerán que Israel tiene dos idiomas oficiales, el hebreo y el árabe. Otros habrán olvidado que el pueblo judío, a pesar de representar sólo un 0,2% de la población mundial, ha cosechado más del 20% de los Premios Nobel.&nbsp;</p>

<p>En los próximos días, los que desconocen que usted puede ser judío y ateo, y que incluso puede ser israelí sin ser judío y viceversa, todos ellos opinarán y pontificarán. También, por culpa del odio en esas tierras tan queridas, como son Palestina e Israel, seremos testigos de pavorosas tragedias. Veremos, por ejemplo, a niños gritando por calles en ruinas los nombres de unos padres que jamás volverán a ver.&nbsp;</p>

<p>Pero si estos niños no llevan una bandera en su camiseta, ¿seremos nosotros capaces de distinguir su nacionalidad?</p>
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        <media:title><![CDATA[La banalización del mal]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[José Escuder]]></media:text>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Besos con lengua]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 1 Oct 2023 12:29:44 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ A mediados del siglo pasado, cuando el médico le comunicaba a unos padres que su hijo era imbécil o idiota, ninguno se ofendía, porque eran dos categorías diagnósticas propias de la oligofrenia, o retraso mental. En el caso del imbécil, su...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>A mediados del siglo pasado, cuando el médico le comunicaba a unos padres que su hijo era imbécil o idiota, ninguno se ofendía, porque eran dos categorías diagnósticas propias de la oligofrenia, o retraso mental. En el caso del imbécil, su cociente intelectual (por caridad: eviten decir coeficiente) no superaba el 60 por su incapacidad para leer y escribir, y en el caso del idiota, su CI llegaba como máximo a 30, por sus dificultades hasta para comunicarse. Y como la lengua viva de la sociedad acabó convirtiendo dichas categorías en lamentables insultos, éstas fueron sustituidas por otras nuevas, como ocurrió con el antiguo trastorno maniaco-depresivo, llamado hoy trastorno bipolar. La ciencia se adapta a la lengua, como ésta se adapta a la evolución de la sociedad. Es decir: se sensibiliza.&nbsp;</p>

<p>El buen uso de la lengua nos permite, por ejemplo, conocer las diferencias entre el lenguaje, la lengua y el habla. Mientras que el lenguaje es nuestra capacidad innata para usar los signos orales, escritos y gestuales de la lengua, y ésta es el sistema de comunicación formado por los signos orales, escritos y gestuales que usamos para comunicarnos dentro de un mismo grupo lingüístico, el habla es la expresión verbal del lenguaje, un complejo sistema por el cual una idea se convierte en un grupo de sonidos con significado propio para la persona que los escucha.</p>

<p>Pero en esta sociedad donde la palabra “maltrato” se usa tanto: maltrato escolar, animal, conyugal, ambiental..., muy pocos se preocupan por el maltrato de la lengua. La maltratamos mucho a la hora de hablar, más aún a la hora de escribir, pero la rematamos definitivamente cuando no reconocemos que la estamos maltratando. Quizá no somos conscientes de que, aunque nosotros usemos la lengua para hablar, la lengua también se usa a sí misma para hablar de nosotros. Principalmente porque, seamos conscientes o no, la usamos de una forma autorreferencial. El poder de la lengua es tan grande, que es capaz de desnudarnos públicamente en un minuto, aunque hayamos tardado una hora en vestirnos con el mejor de los trajes. Ya nos avisó Wittgenstein, en su Tractatus Logico-Philosophicus, una obra que por su alto índice que recomendabilidad, roza lo imprescindible: "Los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo". Es decir: cuanto más pobre sea nuestra lengua, más pobres seremos nosotros, pues por más dinero que tengamos, nunca seremos tan ricos como cuando seamos capaces de expresar exactamente lo que pensamos, para que evitar así que los demás puedan pensar por nosotros. En su defensa, Wittgenstein escribió su ensayo desde la trinchera, mientras luchaba con el ejército austriaco en la Primera Guerra Mundial. Una bella metáfora de lo que deberíamos hacer los demás.&nbsp;</p>

<p>El uso de la lengua nos permite ser herederos de un patrimonio, frente al cual no hemos hecho mérito alguno para poder beneficiarnos de todas sus posibilidades. Por eso, la lengua define a los que son respetuosos con ella. Y a los que no lo son, además de definirlos, los anuncia. Los anuncia tanto como los denuncia, pues la lengua es inmisericorde con aquellos que subestiman su poder. Si es verdad que somos lo que comemos, no es menos cierto que también somos lo que decimos. Además, la lengua tiene el poder de hacernos callar en el momento oportuno. Y como es humilde, cuando nos susurra al oído sus límites, nos regala palabras tan bellas como ésta: “inefable”.&nbsp;</p>

<p>La lengua es tan sutil, que también nos permite conocer las diferencias entre sensación, emoción y sentimiento. Mientras que la sensación es la habilidad de sentir algo en el cuerpo a través de los sentidos físicos, y la emoción es la respuesta a un estímulo externo o de nuestra propia imaginación, el sentimiento es la capacidad de definir las características de una emoción determinada. Por eso, cuanto más hablamos de ese amor que nos emociona, más enamorados nos sentimos. La lengua, por ejemplo, nos permite saber que, mientras la alegría es una emoción, la compasión es un sentimiento. La lengua es tan maravillosa, que a veces es capaz de reconciliar a la poesía con la ciencia. Por ejemplo, los poetas siempre han defendido que es el corazón, y no el cerebro, la sede del amor. Quizá intuían lo que la neurociencia hoy ha descubierto: que el cerebro, a pesar de ser el encargado de procesar las señales de dolor de todas las partes del cuerpo, es, paradójicamente, el único órgano de todo el cuerpo incapaz de sentir dolor.</p>

<p>Hace mil ochocientos años, el retórico Hermógenes de Tarso afirmaba que la relación entre el nombre y lo nombrado es producto de la costumbre y la convención. Los nombres, decía, no expresan la esencia de las cosas y pueden sustituirse por otros, si quienes hacen uso de ellos lo deciden así. Esto es, exactamente, lo que ocurre cuando dos personas se enamoran: a medida que comparten experiencias, comienzan a crear una lengua propia. Tanto, que sólo ellos la pueden entender. Y esto, entre otras cosas, sirve para estimular y mantener su complicidad. Después de compartir juntos una situación determinada, cualquier palabra que antes tenía un significado común para todo el mundo, para los amantes puede adquirir un significado nuevo, gracias al recuerdo que les dejó. Por ejemplo, la pareja que se besó por primera vez en las Ramblas de Barcelona, la expresión "ramblear” puede cambiar de sentido, desde el día en que uno de los amantes le dice al otro: “Rambléame, por favor”. A partir de este momento, ramblear ya no significará dar un paseo por las Ramblas. Para ellos, ramblear supondrá pasear por el jardín secreto de unos labios, esos labios donde una lengua nueva se acaba de inaugurar.&nbsp;</p>

<p>Es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Pero también es cierto que un beso sincero vale más que mil promesas. Y cada palabra nueva o cada nuevo significado, es un homenaje que la pareja se hace a sí misma. De ahí que el amor a la lengua y la lengua del amor, al igual que los amantes, paseen siempre de la mano. Por eso, una vez que éstos se separan para siempre, para siempre salen volando todas las páginas de ese diccionario que ya nadie podrá volver a usar. La lengua secreta de una pareja es como el río de Heráclito: nadie puede bañarse dos veces en el mismo diccionario. La lengua es tan poderosa que, si pasados varios años después de la ruptura, uno de los amantes vuelve a escuchar inesperadamente la expresión "ramblear", es posible que se deslice por su mejilla una furtiva lágrima.</p>

<p>Una de esas lágrimas que sólo la lengua, y también la música, tienen derecho a evocar.</p>
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  <title><![CDATA[Fakeminismo S.A.]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Thu, 21 Sep 2023 17:57:53 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[José Escuder]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En los años 60, Martin Luther King gritaba en las manifestaciones: “¡No soy negro, soy un hombre!”. Pero si hubiera hecho lo mismo hoy, habría sido denunciado por los iconos del fakeminismo, como Pauline Harmange, autora del libro Hombres, los...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En los años 60, Martin Luther King gritaba en las manifestaciones: “¡No soy negro, soy un hombre!”. Pero si hubiera hecho lo mismo hoy, habría sido denunciado por los iconos del fakeminismo, como Pauline Harmange, autora del libro Hombres, los odio. El título ya es una falsedad, pues cuando uno ve fotos de la autora, comprueba que, si realmente odiara a los hombres, no tendría esa imagen tan androgenizada, una imagen ante la que el psicoanalista Jaques Lacan, francés como ella, no hubiese dudado en hacer un diagnóstico inmediato. El libro ha tenido mucho éxito, por dos razones: una, porque un funcionario del Ministerio de Igualdad francés lo quiso censurar, y dos: porque el odio se ha convertido en un producto de consumo que puede crear adicción en los circuitos del placer de nuestro cerebro, realidad que conocen muy bien los especialistas en neuromárketing. Gracias a la torpeza del funcionario, la autora que odia a los hombres pero se corta el pelo como ellos, ha tenido un golpe de suerte espectacular, comparable al que tuvo Dan Brown, cuando sectores católicos quisieron censurar El Código Da Vinci, una novela que a pesar de tener una prosa tan exquisita como la de Marcial Lafuente Estefanía, alcanzó fama internacional.</p>

<p>El feminismo no vende, pero el odio, sí. Porque mientras el feminismo utiliza la razón, proponiendo debate y reflexión, el odio explota la hiperemotividad. El primero es de consumo continuado, mientras que el segundo es de usar y tirar. Por eso, la estrategia de la autora de Hombres, los odio, es que, gracias a este odio, el feminismo sea transformado en misandría. Es decir: en fakeminismo. Para ella, la costumbre criminal que los hombres tenemos de hacernos los dormidos en el sofá a la hora de fregar los platos, debería figurar como delito en el Código Penal. Para ella, el relativismo se debe aplicar a todos lo valores, ya que no existen los valores absolutos, pero jamás al propio fakeminismo, que quiere presentarse como el más absoluto de los valores. Su estrategia no es construir una sociedad fraternizada, basada en la igualdad, sino una sociedad bipolarizada, basada en el continuo enfrentamiento. Por eso, el fakeminismo no se fundamenta en la moral propia, de la que carece, sino en la criminalización ajena, de la que va sobrado.. El fakeminismo detesta valores morales como los de Sócrates, Kant o San Agustín, pero se presenta algunas veces como nietzscheano, no porque se identifique con el superhombre de Nietzsche, precisamente, sino por las oportunidades que éste le da para ser anticristiano.&nbsp;</p>

<p>El fakeminismo no es malo por ser feminista. Es por ser falsamente feminista, por lo que es realmente malo. Es un peligro, porque se aprovecha de la lucha histórica del feminismo, para justificar el fanatismo. El feminismo lucha, mientras el fakeminismo llena la hucha. El feminismo nos dice que la mujer no debe ser considerada inferior, por el hecho de ser mujer, mientras el fakeminismo nos dice que todo hombre debe odiarse a sí mismo, por el simple hecho de ser hombre. El fakeminismo nos dice que toda mujer tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, pero si una mujer decide, libremente, usar este derecho y mostrar su cuerpo semidesnudo en un anuncio, entonces el fakeminismo acusa a la empresa anunciante de cosificar y humillar el cuerpo de la mujer. Como las fakeministas odian la belleza de la mujer, por ser una belleza que ellas jamás tendrán, con la excusa de defender a la mujer, exigen la represión constante de su belleza. Una conducta que recuerda a la de los diseñadores de los años 80, que se servían de las mujeres para promocionar sus vestidos, pero en el fondo las odiaban, porque envidiaban esa belleza natural que ellos jamás lucirían. Narcisistas hasta el paroxismo, imitaban los gestos de la mujer, la voz de la mujer, pero odiaban a la mujer por el simple hecho de que ninguno de ellos, a pesar de mostrarse tan cómicamente afeminados, jamás sería una mujer verdadera. Por eso masculinizaban de forma cruel a sus modelos, exigiéndoles unas medidas imposibles, lo suficiente como para que muchas acabaran en el hospital, con gravísimos problemas de anorexia. En los años 80 y siguientes, cientos de menores de edad, por querer imitar a las modelos, acabaron en el cementerio. Es el triunfo de la envidia, el odio y la mediocridad.&nbsp;</p>

<p>También las fakeministas gritan: “El machismo mata”. Pero esto es tan falso, como su falsa solidaridad. El hombre que mata a una mujer, no lo hace porque sea un machista: lo hace porque es un asesino. Y si lo hace porque sufre un trastorno mental, las fakeministas le niegan la posibilidad de estar enfermo. El hombre que mata a su esposa o su amante, no lo hace abanderando la causa machista. Al igual que la mujer que mata a su marido o a sus hijos, lo hace por eso: porque seguramente sufre un trastorno mental que, en muchas ocasiones, nadie le ha diagnosticado. Lo que ocurre es que, en el caso de que el asesino sea un hombre y su trastorno haya sido diagnosticado debidamente, aunque no debidamente tratado, el presentador del Telediario, fakeminista a sueldo, jamás nos lo va a decir. Cuando esto ocurre, la noticia se presenta así: “Nuevo crimen machista en....”. Y luego la noticia se tertulianiza por los colaboradores del programa, graduados todos en Expertología. Ya nos avisó Aristóteles: el pathos, es decir: el recurso a la emoción, es una de las maneras más sutiles, y más eficaces, de manipular a la audiencia.&nbsp;</p>

<p>Todo fake es malo por definición, pero lo malo que se aprovecha de lo bueno, es doblemente intolerable. El fakeminismo es un machismo disfrazado de hembrismo. Y lo peor: el fakeminismo es el más peligroso enemigo del feminismo, pues por culpa de su delirante victimismo, acaba caricaturizándolo y ridiculizándolo ante toda la sociedad.&nbsp;</p>
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