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  <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Gonzalo Leiva»]]></title>

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    <description><![CDATA[Noticias de Madrid y la Comunidad de Madrid. Actualidad, economía, política, cultura, sociedad, empresas, tecnología, entrevistas y análisis en el periódico digital de los madrileños.]]></description>
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      <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Gonzalo Leiva»]]></title>
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  <title><![CDATA[¿Quién demonios ha escrito este artículo?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 28 Jan 2024 12:09:11 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Leiva]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Cuando termine de leer este artículo, quiero que se haga la siguiente pregunta: ¿Quién cree que lo ha escrito? ¿Una inteligencia artificial o quien lo firma? Párese un segundo a pensar si una inteligencia artificial podría interpelarle a usted de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Cuando termine de leer este artículo, quiero que se haga la siguiente pregunta: ¿Quién cree que lo ha escrito? ¿Una inteligencia artificial o quien lo firma? Párese un segundo a pensar si una inteligencia artificial podría interpelarle a usted de esta manera. Si ella misma podría concebir semejante posibilidad, ir tan lejos en su reflexión para sembrar en su mente esa duda. Y sepa que sí, que lo está haciendo ahora mismo. ¿O tal vez no?</p>

<p>No es difícil darle las indicaciones adecuadas a una aplicación de inteligencia artificial para que elabore un texto como éste. En unas cuantas iteraciones puede lograr reflexiones complejas sobre su propia naturaleza y su capacidad a la hora de generar párrafos similares a los que usted está leyendo ahora mismo. Y que dé la sensación de que es un escrito genuino sacado de la pluma de un articulista de opinión.</p>

<p>Esto plantea dudas – fascinantes y aterradoras – sobre las aptitudes, posibilidades y límites de las máquinas. La inteligencia artificial, a través de sus tentáculos algorítmicos, ha llegado al punto de ser capaz de esbozar argumentos persuasivos con una precisión muy fina, en ocasiones incluso mayor a la de los seres humanos. Y usted está siendo ahora mismo testigo. ¿No le abruma? A mí mismo me da pavor ver cómo se forma este texto en mi pantalla, delante de mis narices, accionado por un simple botón, sabiendo que lo ha escrito una máquina.</p>

<p>¿Pero puede la inteligencia artificial llegar a comprender la pasión íntima que late en el corazón de una convicción humana? ¿Puede un ordenador, despojado de emociones y experiencias, realmente procesar la subjetividad inherente a la realidad que vivimos? ¿Puede una máquina, nutrida por una infinidad de datos, emular la singularidad de nuestras experiencias y convertirla en una narrativa convincente? Si la respuesta es que sí: ¿qué nos separa de ellas entonces? ¿Qué distinguirá, dentro de quinientos años, a un ser de hecho de carbono e hidrógeno de otro de silicio y polietileno? Todos estos interrogantes abren la puerta a numerosos debates en torno a la naturaleza humana, al sentido de nuestra existencia y al futuro de la Humanidad. Será, precisamente, la forma en la que los abordemos lo que marque los futuros desarrollos de la inteligencia artificial y, en última instancia, el nuestro propio como especie.&nbsp;</p>

<p>Por lo pronto, y cada vez más, nos iremos habituando a encontrar rastros de inteligencia artificial en los textos a los que nos enfrentemos cada día. Pues, aunque usted aún no sea consciente, plataformas y aplicaciones como ChatGPT ya se han infiltrado en nuestra sociedad y están por todas partes: en los artículos que aparecen en periódicos como éste, en los informes que lee por las mañanas en el trabajo y hasta en los guiones de las series que vemos por las noches antes de irse a dormir.</p>

<p>Regreso ahora a la pregunta que le formulaba al principio: ¿quién cree que ha escrito este artículo? ¿Una inteligencia artificial o quien lo firma? Puede que ninguno de los dos por completo. Puede – y sólo puede – que el autor haya formulado ciertas preguntas a una plataforma de inteligencia artificial que le ha ofrecido posibles respuestas; que haya extraído algunas ideas o frases de las reflexiones que ella le planteaba. O que haya copiado y pegado el texto completo que ésta había generado. O que lo haya escrito él en su totalidad, sin ningún tipo de ayuda computacional, en un febril delirio reflexivo de fin de semana.</p>

<p>Quién sabe. A usted el dar con la respuesta correcta. Pero recuerde: ésta ha sido tan solo la primera de las muchas veces que tendrá que intentar encontrarla a partir de ahora.</p>
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        <media:text><![CDATA[Quién demonios ha escrito este artículo - Gonzalo Leiva]]></media:text>
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                        <item>
  <title><![CDATA[El niño que soñaba con volar]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 5 Nov 2023 10:45:08 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Leiva]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Érase una vez un niño que soñaba con volar. Que, cuando paseaba por el campo, alzaba siempre la vista al cielo y, señalando con su dedo al avión que en ese momento lo atravesaba, le decía inocentemente a su madre "un día yo estaré ahí". Ochenta...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Érase una vez un niño que soñaba con volar. Que, cuando paseaba por el campo, alzaba siempre la vista al cielo y, señalando con su dedo al avión que en ese momento lo atravesaba, le decía inocentemente a su madre "un día yo estaré ahí". Ochenta años más tarde, el niño se ha convertido en un anciano que sigue acudiendo religiosamente a su estudio en Tokio cada día para dibujar, para imaginar historias, y con ello volar más alto que cualquier aeronave.</p>

<p>Hablamos de Hayao Miyazaki, ese señor discreto, de pelo cano y mandil sempiterno, que fundó el estudio de animación japonés Studio Ghibli en 1985 de la mano de Isao Takahata y Toshio Suzuki, y que desde entonces ha venido surcando los cielos de la imaginación convertido en garza y en duende, en bruja y en dragón.&nbsp;&nbsp; &nbsp;<br />
Miyazaki ha construido un imaginario inabarcable, hecho de mundos inverosímiles poblados por brujas tristes y peces que hablan, simpáticos robots y cerdos que vuelan, los cuales crecen en riqueza y profusión con cada visionado de sus películas, hasta el punto de que llega uno a preguntarse cuántos dioses y monstruos diferentes pueden llegar a caber en un espacio tan reducido como la piscina de unos baños termales (quien haya visto “El viaje de Chihiro” sabrá bien a qué me refiero). Pero del mismo modo que se multiplican los seres mágicos en sus películas, lo hacen los temas y tramas que recorren sus obras, en apariencia sencillas, pero que evolucionan hacia un grado de profundidad&nbsp; insólito en un panorama creativo donde se premia cada vez más la simpleza y la unidireccionalidad. Porque, en Miyazaki, no existe el blanco ni el negro, los absolutos se difuminan y uno nunca consigue dejar de hacerse preguntas.</p>

<p>Podrían llenarse cientos de páginas abordando los arcos temáticos que se superponen en sus películas, donde un rito de paso a la edad adulta se conjuga con una honesta y decidida reivindicación del feminismo, a la vez que el duelo por una pérdida cercana puede esconder mensajes anti-belicistas o ecologistas. Pero, al gusto del propio maestro, de entre toda esa variedad de posibilidades, nos quedaremos con un pequeño detalle apenas perceptible pero muy presente en la mayoría de sus películas, uno de esos discretos golpes de pincel que confieren inexplicablemente a la escena toda su magia: su pasión por volar.</p>

<p>Desde la primera hasta la última de sus cintas, en todas ellas hemos podido comprobar que si Hayao Miyazaki soñaba de pequeño con poder volar es porque ello implica mucho más que desplegar las alas y lanzarse al cielo. El vuelo es un acto de libertad, es paz, es ir más allá. Es ver el mundo en toda su amplitud y vastedad, mar y tierra al mismo tiempo, la diversidad que lo compone. Volar es darse cuenta de que todos habitamos el mismo planeta y que de nosotros depende que todo ello sobreviva. “Cuando observas desde las alturas, muchas cosas se revelan ante ti”, llegó a decir el propio Miyazaki. Volar es creer que podemos crear mundos mejores y comprender que es nuestra responsabilidad hacerlo, a través del particular "viaje del héroe miyazakiano" que cada uno emprendemos en nuestras vidas. Con sus alegrías y sus sinsabores, sus dificultades y sus misterios.</p>

<p>En su última película, "El chico y la garza", el dibujante parece pensar que sus creaciones terminarán con él, que los mundos por él imaginados se desmoronarán pronto, sin encontrar un sucesor decidido a continuar su obra. Sin embargo, puede que, sin saberlo, a través de sus historias y sus personajes, nos haya legado a todos su tesoro más preciado: ese afán candoroso por volar, por seguir creando infinitos universos, y por cuidar del nuestro.</p>
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  <title><![CDATA[El sonido del silencio]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sat, 23 Sep 2023 14:17:51 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Gonzalo Leiva]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ El tocadiscos empieza a girar y el anticuado ruido a fritura de huevo que sale de los altavoces da paso a la tímida voz de Georges Moustaki. De fondo, una mañana tranquila de sábado y un cielo azul como pocas veces antes lo había visto; en mis...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>El tocadiscos empieza a girar y el anticuado ruido a fritura de huevo que sale de los altavoces da paso a la tímida voz de Georges Moustaki. De fondo, una mañana tranquila de sábado y un cielo azul como pocas veces antes lo había visto; en mis manos, la portada del vinilo donde una persona enorme y verde monta una bicicleta. C’est là, se titula. Está ahí. Da la impresión de que el personaje en cuestión – no termino de saber bien si se trata de un hombre, de una mujer o de algo más allá (¿un dios?) – es todo lo libre que alguien puede llegar a ser.</p>

<p>Suenan ahora en mi salón los acordes de la canción compuesta por el griego Si elle entendait ça, si ella escuchase eso, hecha de “sies”, “puedes” y “quizás”. Pero lo que más llama mi atención son las palabras que faltan, las frases inacabadas que salpican la letra. En un instante, me veo atrapado en el misterioso poder de sus silencios.</p>

<p>De sobra sabemos que la música no sería música sin los silencios. El torrente incesante de sonido terminaría por asfixiarnos, sin tregua ni solución de continuidad, martilleándonos con sus certezas sonoras, con sus do y sus la y sus mi y sus fa concatenados, hasta la saciedad. Lo mismo ocurre con las palabras.</p>

<p>Pero no hablo aquí de los opuestos que se necesitan para existir, para afirmarse en la mente de un ser humano al que le cuesta mucho salir de sus esquemas dualistas.&nbsp;Hablo del silencio por el silencio, de la belleza que nace de su misterio, ese que abre las puertas al Todo, a las interminables posibilidades de la noche, “al jardín secreto donde comienza el mundo”.</p>

<p>Con sus ausencias, sus sous-entendus, Moustaki parece querer acercarse cariñosamente a lo que hay más allá, a aquello que no puede ser nombrado. Estamos convencidos de que el ser humano necesita certezas para vivir, pero a menudo olvidamos que también precisa de los enigmas, las figuraciones. Me pregunto entonces si no será esa la intención secreta de cualquier artista, de los músicos, de los cantautores: ¿por qué si no nos daba a conocer Leonard Cohen a la feérica Suzanne, nos interpelaba Sixto Rodríguez con sus lacerantes preguntas o se relamía Bob Dylan en esos acordes perezosos de armónica en los que siempre parecía quedar algo por decir?</p>

<p>El silencio es deseo, expectativa: puede ser lo que se espera de él, o puede no serlo, y ser algo muy distinto. Pero es esa ambigüedad mágica, la que canta a lo que es y a lo que no es al mismo tiempo, la que lo contiene todo. Y así, las “palabras de amor perdidas” que recita Georges Moustaki evocan, precisamente por no haber sido dichas, la posibilidad de un amor mayor que cualquier otro que sí lo haya sido.</p>
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